Una carta abierta a la Gran Generación

Editor's note: An open letter to the Great Generation was originally published (La versión en inglés original) in English on Global Sisters Report Jan. 12, 2015.

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Siento que es una obligación moral escribir esta carta en memoria de la Hermana Dorothy Ettling, CCVI, una de las mujeres más increíbles de su generación.  Ahora descansa en la paz de nuestro Dios, pero su visión permanece con nosotras.

Queridas Hermanas de la Gran Generación de la vida religiosa:

Sí, la Hermana Dot perteneció a la Gran Generación. Ustedes, – la gran generación que escuchó el llamado del Concilio Vaticano II, que transformó la vida religiosa con la energía que le dedicaron a la renovación, que reescribió nuestras constituciones, que aprendió que todos éramos el “Pueblo de Dios” y celebró esta identidad, que optó preferencialmente por los pobres, caminó y vivió con las personas en los márgenes, que escribió una teología que nos enseñó quién era Dios, su creación y quiénes somos como iglesia – sí, ustedes, la gran generación de mujeres valientes, atrevidas, fuertes, sin miedo, abiertas al riesgo y la experimentación.

Ustedes, las que estuvieron dispuestas a intentar nuevas formas de vivir en comunidad y salieron de los grandes conventos institucionales para “habitar entre” la gente. Las que aprendieron a colaborar con los laicos, transformaron nuestros ministerios en sistemas de salud y espacios de lucha por la justicia, que cerraron aquellos que no eran congruentes con nuestros carismas redescubiertos. La generación que marchó por los derechos humanos y que a veces fue arrestada por sus convicciones. La generación que se atrevió a confrontar a la iglesia jerárquica: ¿Podría alguna de nosotras olvidar aquel día en Washington, D.C., cuando se pusieron de pie con esa banda en el brazo para exigir que nuestra iglesia trate a las mujeres como personas? Todavía cierro los ojos para recordar esas imágenes de la televisión, y la dignidad que sentí ese día.

Sí, a ustedes, la Gran Generación de la vida religiosa, a ustedes les escribo hoy. Primero, les quiero compartir mi más sincero y profundo agradecimiento. Gracias, gracias a todas. Tal vez no lo sepan, pero sus vidas fueron el primer catecismo de mi generación – ¡sí, sus vidas! Sus intentos, su búsqueda de significado y sentido, sus preguntas, su guitarra, su compromiso con la paz y la justica, sus nuevas liturgias, sus cantos populares, su teología, su poesía y su arte. Sus vidas, de hecho, fueron nuestra primera teología.

Nacimos después del Concilio en esas décadas tumultuosas cuando ustedes estaban decidiendo el largo de su hábito, crecimos sin catecismo; – el nuevo catecismo tomaría casi 20 años para publicarse – así que como niñas y como adolescentes, ustedes son todo lo que tuvimos. Fuimos los primeros estudiantes de su búsqueda sincera por el lugar de la vida religiosa.  Estábamos en sus salones de clases, cuando por primera vez, hablaron de una iglesia que busca la justicia, cuando lloraron la muerte de los mártires de El Salvador, cuando se indignaron con una iglesia que no le daba a la mujer el lugar que le corresponde. Oramos con las liturgias que también eran nuevas para ustedes. Nos encantaba que se quitaran el hábito, se pusieran esos pantalones de mezclilla y jugaran al futbol con nosotras, ¡también eran personas! Fuimos las pequeñas en las bancas, que escucharon que Jesús era nuestro cuate y que cantaron con ustedes, “Alguien reza, Señor, kumbaya!” Ustedes, hermanas de la Gran Generación de la vida religiosa fueron nuestro primer “modelo de iglesia”, ¡mucho antes de que supiéramos quién era Avery Dulles!  Y no tienen idea de lo liberadora y hermosa que fue nuestra experiencia de iglesia gracias a ustedes. Su peregrinación fue nuestro libro de texto.

Hemos caminado a su lado llenas de admiración. Ustedes fueron las heroínas de nuestra juventud; mártires de las causas de justicia, cuando el racismo, la Guerra Fría y la destrucción ecológica oscurecían nuestra niñez, haciéndonos sentir que el futuro sería tan gris y desesperanzador como las películas del fin del mundo que veíamos en el cine.  Cuando el escándalo Irán-Contra, Sendero Luminoso y el accidente petrolero del Exxon Valdez estaban en las noticias – fue entonces, que su sed insaciable de justicia se convirtió en la “esperanza para las flores” de nuestras vidas. Su esfuerzo tenaz, su sacrificio desinteresado de reputación, amistad y hasta familia, nos llenó de esperanza, de que, en efecto, otro mundo es posible. Si hoy notan el apoyo de todos los que buscan la justicia, que creen en la tolerancia y la diversidad, que cuidan nuestro planeta, ¡Regocíjense! Estas son las semillas que ustedes plantaron en nuestras vidas.

Pero escribo esta carta porque su andar es más lento; el tiempo las está alcanzando. Me llena de tristeza verlas dejar sus ministerios tan queridos o ver su llanto en los funerales de sus amigas queridas que no libraron el infarto; cuando entregan las llaves del carro o cuando llega la última mudanza.  Me doy cuenta de lo doloroso que es el viaje a nuestras casas de jubilación. Veo la preocupación en su mirada: “¿Quién verá por estos pobres, quién cuidará las flores?” Muchas de ustedes han sido la última hermana en esta escuela, aquel hospital, esa parroquia, este proyecto de justicia-y-paz. Siento el peso de su corazón cuando apagan la luz de nuestra presencia en esa ciudad o aquel pueblo y empacan para regresar a casa al fin. Están regresando de esas misiones lejanas y cercanas. He visto cómo entran a sus habitaciones con los ojos llenos de lágrimas.

Sí, se les está acabando el tiempo, y por favor, no se engañen con los espejismos de normalidad. Se les está acabando la energía. Lo hemos notado; y por favor, no tengan miedo de reconocerlo ustedes mismas. Su salud ya no podrá aguantar mucho más. Quieren que esta misión continúe. Aman la vida que han escogido en nuestra iglesia. Las he visto implorarle a Dios por otro año, por mejor salud. A ratos, pienso que quisieran que el tiempo se detuviera. Sin embargo, los granos de arena han mantenido su ritmo implacable. Parece apenas ayer que terminó el Concilio, pero ya pasó medio siglo, su medio siglo. ¡Los 50 años más increíbles de nuestra iglesia moderna que han sido suyos,  de la forma más absoluta y completa!

Llegó el momento. Pero tienen una tarea más por realizar. Probablemente sea la responsabilidad más importante de su generación a la vida religiosa y a la iglesia, su responsabilidad más sagrada al futuro. No ayudará pretender que el tiempo no se está acabando. Necesitan reconocer que estos años son los más preciados de todos –  los años cuando nos heredan su sabiduría. Mi Hermana Dot estaba empezando a orientarnos para el futuro, pero se le acabó el tiempo. ¡Por favor no dejen que se les acabe el tiempo antes de entregar lo que saben!

Siento una obligación de compartir esto con ustedes. Por favor cuídense, pretender que no está pasando nada no ayudará, esto resultaría en un mal uso del tiempo tan preciado que les queda. Mi generación necesita su sabiduría, las necesitamos como guías, para aconsejar, para compartir los relatos, para pasarnos su pasión, para pararse a nuestro lado y asegurarnos que está BIEN cometer errores, intentar de nuevo, para inspirarnos a asumir su legado. Escucho lo que dicen de mi generación, todas lo escuchamos. Soy consciente de que tienen miedo. Sí, y es cierto que somos menos, que no tenemos sus dones. Sé que no están seguras de nuestro compromiso. Pero también sé esto: somos las que Dios llamó. Sí, es cierto que no tenemos su celo revolucionario, y estoy segura que se preguntan si todo ha sido en vano. Pero aquí estamos, listas o no, y no estamos solas. A nuestro lado están los laicos de nuestros ministerios y de nuestra iglesia.

Hermanas de la Gran Generación, llegó la hora. Es hora de pasar la batuta. Dejen que Dios haga lo demás,

Con sincera gratitud y admiración,
Sus Hermanas en las Siguientes Generaciones.

[La Hna. Teresa Maya pertenece a la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, San Antonio Texas. La educación ha sido su principal ministerio. Actualmente sirve en el equipo de liderazgo de su congregación]

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