Antonia Brenner dejó su vida acomodada en Beverly Hills, California, Estados Unidos, para vivir en una celda de la prisión de Tijuana, México, a los 50 años como religiosa. Durante tres décadas sirvió a reclusos y también a enfermos y pobres fuera de la cárcel. Doce años después de su muerte, las Siervas Eudistas inician su causa de canonización. "Detrás de cada delincuente hay un niño herido", solía decir la Madre Antonia.