Durante una misión realizada en febrero de 2026 en Villa Ramallo, religiosas, laicos y vecinos se reunieron para tejer y dialogar en torno a palabras como perdón, amor y respeto, dando forma a la paz en lo cotidiano. (Foto: cortesía Susana Pasqualini)
Una plaza y dos agujas de tejer. ¿Esas son armas contra la guerra?
León XIV nos invita a una paz desarmada y desarmante. Es la paz que se construye en la fragilidad de lo cotidiano, de los instantes que se esfuman en el tiempo y que —sin embargo, por la densidad de su contenido— van derechito al banco de bienes de la eternidad.
Eso pasó una tarde de febrero de este mismo verano.
Un grupo misionero formado por tres religiosas y laicos de diferentes edades —desde el joven Hugo hasta la experimentada Benita, de 83 años, que no se queda quieta a pesar de su bastón— viajó en tren, desde el conurbano de Buenos Aires hasta una ciudad de menos de 40 000 habitantes: Villa Ramallo.
Allí iban a hacer una misión de 7 días en algunos barrios ya señalados.
"Buscamos la paz, cuidando la hermandad" era el lema que los acompañaba. El sábado por la tarde propusieron una actividad especial, un momento de "hacer lío", como decía el papa Francisco.
Se juntaron en una plaza, llevaron mate, llevaron sillas. La plaza era grande, bonita, tapizada de verde, con muchos árboles. Hacía bastante calor.
A la sombrita tendieron algunas telas, lonetas, esterillas, de esas que uno lleva a la playa para no sentarse directo en la arena. Pusieron un cartel con el lema. Había lana, ovillos, agujas de tejer.
¿Qué se puede tejer en una plaza llena de sol y esperanza?
"Muchas personas en diversos lugares del planeta están diciendo —con sus palabras o con sus vidas— que para la paz es necesario hacer una pausa, esa pausa que habilita el 'otro mundo posible'...": Hna. Susana Pasqualini
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En febrero de 2026, en una plaza de Villa Ramallo, jóvenes y mayores tejieron juntos la palabra paz, entre mate, lana y conversación, como gesto concreto de encuentro y hermandad. (Foto: cortesía Susana Pasqualini)
Evidentemente, allí no se estaba por tejer ningún negociado extractivista, como esos a los que nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes. Menos aún se armaría la trama de la corrupción, de las fake news, o los enredos de insultos y agresiones que solo logran polarizar posturas y convencernos de que somos todos enemigos.
Allí, esa tarde, estaba por pasar otra cosa.
Fueron llegando. Se les arrimó gente del lugar; algunos se sumaron, otros miraban desde lejos. Una plaza, en una tardecita linda, sigue siendo un lugar de encuentro, gracias a Dios.
Los misioneros se acercaban a la gente y los invitaban a sumarse a la ronda. La ronda del tejido de la paz.
Y comenzaron a trabajar, o a jugar, mejor dicho. A jugar con las letras. A jugar con las letras de la palabra PAZ, así en mayúscula.
Había carteles con palabras que comenzaban con 'p': perdón, paciencia, perseverancia y muchas otras. Palabras de valores que amasan la paz.
Otras comenzaban con 'a': amor, alegría, aceptación. Partidas o arribos del camino de la paz.
La 'z' fue para ponerse en los zapatos del otro. Se conversaron actitudes que ayudan a mirarnos como humanos, como hermanos; a tratar de comprendernos. Actitudes para la compasión y la solidaridad: respeto, escucha, diálogo, atención, ternura.
Antes habían adornado el lugar con guirnaldas hechas de deseos de paz: cada persona que llegaba colgaba una tirita de color en la que había escrito ese deseo. Había ambiente de fiesta.
Mientras conversaban, comenzaron a tejer. Había personas de edades diversas. Algunas no habían tejido nunca. Se rompieron barreras: Huguito, con sus 20 años, se dejó enseñar por Azucena, de 76.
El símbolo era claro y concreto: estaban tejiendo la paz, el encuentro entre generaciones, los vínculos que acercan. Entramaban la Buena Noticia del Evangelio.
Muchas personas en diversos lugares del planeta están diciendo —con sus palabras o con sus vidas— que para la paz es necesario hacer una pausa, esa pausa que habilita el 'otro mundo posible' que los humanos nos estamos debiendo.
Esa tarde, en clima de misión, esa pausa se hizo tejiendo, porque como escribió el papa León en su mensaje para la Jornada mundial de la paz 2026, "hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa".
