(Foto: Pixabay/Klimkin)
En este camino, Dios nos regala personas que nos tocan el alma de maneras que no sabemos explicar, que nos acompañan en la oscuridad y nos devuelven a nosotras mismas. He tenido ese privilegio dos veces, y aunque ambas amigas ya partieron, su presencia sigue viva en mí.
La libertad del amor
Nos encontramos en Chile, justo cuando llegaba a mi primera misión como joven religiosa. Ana María era chilena de nacimiento y sudafricana de corazón; yo, mexicana de nacimiento y con el sueño de la misión. Desde el principio, su corazón abierto y amante me acogió. Al contemplar a la distancia, puedo ver claramente su capacidad de escucha, su cariño profundo y esas conversaciones interminables. Ella creó el espacio donde pude 'vivirme' vulnerable, rota y amada.
Con Ana María pude redescubrir esta pasión que hasta hoy no me abandona: por esta vida abundante que el Resucitado nos ofrece y que, en la cotidianidad, tenemos la oportunidad de acoger y compartir. Sentarme con ella a tomar un té por la tarde, se convertía en un tiempo profundo de compartir.
Recuerdo que me regaló una imagen de la Visitación, y creo que esa es la imagen que mejor describe aquello que vivimos como amistad. Esta experiencia de sentirnos, cada una, preñadas de la presencia de un Dios que se abaja para estar con su pueblo; y allí, encontrarnos y reencontrarnos en el gozo, en el llanto, en los sueños y en los fracasos.
El regalo de su presencia me permitió saborear momentos de crisis, sueños compartidos, lágrimas y abrazos. ¡Ohhhh, qué manera la suya de abrazar!: un abrazo donde los pedacitos rotos se volvían de nuevo una pieza.
"¿Cómo puede una persona llegar a tocar el alma tan profundamente? Creo que ese es el milagro de la amistad": Hna. Lourdes Lopez Munguia
En esta presencia, ella fue capaz de escuchar mis oscuridades y mis luces, sin escapar, y acompañándome para no escapar yo misma.
Con ella me atreví a mirar con ternura la belleza de mi vida.
Recuerdo que en algún lugar del mundo, al despedirnos, me compartió su decisión sobre posibles tratamientos y nos despedimos. En ese momento no entendí mucho, y la verdad es que no quería aceptar su decisión, pero la vida nos permitió reencontrarnos de nuevo en su país. Allí me acompañó cuando mi papá partió.
Cuando me dijo que su cáncer había regresado, sentí la impotencia y las ganas de retenerla, aun sabiendo que su alma libre necesitaba descansar. Me permitió acompañarla en ese último pedazo del camino, una vez más, teniendo esas conversaciones del corazón. Creo que me acompañaba para ayudarme a aceptar que había llegado el momento.
Y sí, esas últimas horas fueron un regalo de Dios. Ya me había dado la lista de los cantos que quería que le cantaran durante su funeral. Al principio, mi rebeldía no quería dejarla ir; y allí estaba, con su paciencia, con su libertad, que me permitió acoger su partida y dejarla ir, en medio de esos cantos que eligió, y acompañada de las personas esenciales en su vida.
Sí, esto fue lo que aprendí de Ana María: una terca libertad del amor que me permite ser la mejor versión de mí misma.
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El gozo de vivir
Mi corazón aún se siente dolorido por la partida de Nadine.
¡Vivimos juntas una verdadera aventura! Hicimos comunidad por dos años, un tiempo corto supongo, pero intenso en términos de la misión y en la amistad que fuimos creando de a poquito.
Juntas vivimos una de las más hermosas misiones junto a los niños y niñas en Goma. ¡Qué desafío ser un destello del amor de Dios para estos pequeños cuyas vidas han sido tan duras por las realidades y la violencia! En Goma vivimos una misión de 24/7, sin descanso, llevando una gran responsabilidad. Fue una misión hermosa que nos abrió el corazón.
Cuántas veces nos sentamos en la capilla, cansadas, simplemente para compartir la Palabra y una carcajada que nos devolvía la vida. No recuerdo qué pasaje del Evangelio era, pero decía algo sobre como en nuestra misión estamos de paso. Ella tomó esas palabras como un motivo que animaba nuestra ofrenda cotidiana.
Cuando llegué a Goma, MV tenía apenas un año, y estaba siempre enferma, siempre con su carita triste. Ella le dio algo, no puedo explicarlo, pero la vida volvió a ella, junto con la alegría de vivir. Cuánto me insistió en vestirla como sœur Nadine: con su foulard parecía una mini Nadine. Sí, yo creo que lo que le dio fue amor incondicional a ella y a cada pequeño en el centro, algo que tal vez nunca habían experimentado y que les devolvió el amor a la vida.
Muchas veces discutimos en torno a una decisión, y ella tenía una gran capacidad de escuchar y de dejar ir. Después vino el covid, la erupción del volcán Nyiragongo, pero nada podía apagar su deseo de vivir y de dar su vida por los anawin de Dios.
Recuerdo que cuando se despidió de esa misión los pequeños no querían dejarla ir y Nadine les dijo que seguiría muy presente. ¡Quién iba a imaginar que la enfermedad la devolvería a su país, a pesar de que ella misma no quería!
Su deseo hasta el final fue regresar a su misión en Congo. Durante esos meses de enfermedad, su fe inquebrantable, su amor por la vida, la hicieron continuar, luchar y esperar.
Traté de estar presente en la distancia, pero era ella en realidad quien se hacía presente. Gracias Nadine por ese amor profundo por tu misión, por el pueblo que Dios regaló a tu corazón y sobre todo por tu amor profundo y lleno de alegría por la vida.
Ciertamente, a lo largo de mi vida personas entrañables han partido, y cada una deja un vacío diferente. Hoy al reflexionar sobre mi amistad con estas dos mujeres, mi corazón se llena de un duelo, pero es un duelo que viene de un amor profundo, de una experiencia que ha marcado mi vida.
¿Cómo puede una persona llegar a tocar el alma tan profundamente? Creo que ese es el milagro de la amistad.
La experiencia de partir el pan y reconocer al Resucitado es esta experiencia de poder tocar mi vulnerabilidad más profunda y permitir que la otra persona la toque también. Es reconocer cómo Dios se encarna y resucita en medio de nuestra humanidad rota y redimida en el amor.
Mi corazón se siente profundamente emocionado por el regalo que Dios me ha dado en Ana María y en Nadine. Ellas viven en mí y su presencia, ahora tan diferente, sigue acompañando mi caminar.
Gracias, thank you, merci, asanti.
