Nuestra comunidad no nació para quedarse en un solo lugar. Desde el principio fue tomando forma al ritmo de las rutas migratorias, dejándose mover por las fronteras donde la dignidad humana se ve más amenazada. Melilla, Marrakech y ahora Mallorca son etapas de un mismo camino vivido junto a personas migrantes en tránsito, especialmente jóvenes y menores que cargan historias de sufrimiento, desarraigo y esperanza.
Todo comenzó como respuesta a una llamada que había resonado con fuerza en la Asamblea General de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en 2015: "Abrir comunidades interprovinciales en lugares cruciales de inmigración". Sin imaginar hasta dónde nos llevaría aquella invitación, en 2018 comenzamos el primer tramo de este camino al ser enviadas a Melilla, tierra de frontera marcada por la migración, el tránsito y la espera.
En ese lugar aprendimos Allí fuimos a acompañar desde la cercanía. Compartimos la vida y creamos vínculos con las personas migrantes, especialmente jóvenes y menores marroquíes no acompañados que llegaban a nado desde la playa de Nador en Marruecos y quedaban en situación de calle.
Después de un tiempo de adentrarnos en su realidad, fuimos respondiendo con la apertura de un centro de día, en donde podían cubrir sus necesidades más básicas de higiene, alimentación, comunicación con sus familiares y acompañamiento de su situación.
Se trataba de ofrecerles un espacio seguro donde descansar, sentirse acogidos incondicionalmente y comenzar a aprender la lengua española. Todo ello en un contexto complejo y cambiante como el de la ciudad de Melilla, frontera con Marruecos.
En este tiempo recibimos en la misión a una nueva hermana mexicana que permaneció dos años con nosotras. Su presencia enriqueció la vida fraterna y la misión a lo largo de todo el camino y nos abrió un poco más a la interculturalidad y la internacionalidad.
"En cada persona migrante hemos descubierto hermanos y hermanas de camino a través de quienes Dios sigue moldeando nuestra vocación": Hna. Marisa Pérez, de las Hijas de la Caridad, sobre su misión itinerante con migrantes en las fronteras de España
De izquierda a derecha: sor Marta Antoñancas, HC; sor Clara Román, HC; sor Marisa Pérez, HC; y sor Maite Martínez, HC. (Foto: cortesía Marisa Pérez)
Dos sacudidas que cambiaron el rumbo
En septiembre de 2023, dos hechos significativos propiciaron un cambio de rumbo en la comunidad. El primero fue el terremoto ocurrido en las montañas del Al Hauz, en Marrakech. El segundo fue el cambio en las condiciones de acogida para los jóvenes marroquíes, a quienes se les dio acceso al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (Ceti) de Melilla.
Estos dos acontecimientos, unidos a los cambios que se estaban produciendo en esta ruta migratoria, nos impulsaron a trasladarnos a Marruecos para dar respuesta a la emergencia provocada por el terremoto.
Hasta allá nos trasladamos y, durante dos años, en colaboración con Cáritas Marrakech, participamos en proyectos de reconstrucción, promoción y desarrollo en las aldeas de las montañas del Atlas marroquí. Allí también nos abrimos a descubrir la realidad de los migrantes en tránsito que atraviesan el país.
A los pocos meses de llegar, en la parroquia de los Santos Mártires de Marrakech, la única iglesia católica de la ciudad, y a cargo de los padres franciscanos, comenzaron a llegar cada vez más jóvenes y menores migrantes subsaharianos, devueltos desde la frontera de Ceuta en condiciones muy precarias.
Personal de salvamento marítimo en el puerto de Palma de Mallorca, Islas Baleares, con una patera recién rescatada, el 17 de enero de 2026. (Foto: cortesía Marisa Pérez)
Esta realidad nos llevó a ampliar la misión. Nos ofrecimos, junto con otros voluntarios, para hacer posible la acogida, el cuidado y el acompañamiento de estos hermanos pequeños, dando respuesta a sus necesidades básicas y escuchando y sosteniendo sus historias entrelazadas. Eran historias marcadas por mucho sufrimiento y, al mismo tiempo, por mucha valentía y esperanza.
Con el proyecto del terremoto llegando a su fin y el trabajo con personas migrantes continuado por un equipo más amplio de voluntarios, volvimos a interrogarnos sobre la llamada que un día resonó con fuerza. Volvimos a escuchar la pregunta de fondo: ¿Dónde hoy la frontera reclama nuestra presencia?
Esa pregunta confirmó una llamada que había ido configurando a la comunidad en su proceso: la de vivir en itinerancia para dar una respuesta más ágil en función de los cambios en las rutas migratorias; también la de acercarnos, en la medida de lo posible, a la itinerancia forzada que viven las personas migrantes.
Realizamos un discernimiento compartido, primero en la comunidad y después junto a las visitadoras y la consejera general. En ese proceso, el aumento significativo de llegadas de pateras a las Islas Baleares y la escasez de recursos de acogida fueron señalando un nuevo horizonte.
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Un nuevo horizonte: Mallorca
El 29 de septiembre, las visitadoras nos comunicaron el envío de la comunidad a Palma de Mallorca.
Hoy nuestra misión se concreta, por un lado, en el trabajo directo con personas migrantes en frontera, colaborando de manera especial con Cruz Roja, lo que nos permite estar en primera línea en la acogida de pateras. En cada llegada procuramos ofrecer algo más que una respuesta material. Buscamos humanizar cada gesto, dignificar cada encuentro, ofrecer cercanía real y sostener su esperanza en medio de la fragilidad.
Tenemos la oportunidad de acompañar a las personas durante el tiempo que permanecen en la isla, hasta que son derivadas a centros de acogida humanitaria en la península. Los hombres, si no presentan otra situación que requiera atención sanitaria más especializada, son trasladados en poco tiempo. Mientras tanto, permanecen en carpas habilitadas en el puerto de Palma, donde pueden cubrir necesidades básicas de alimentación, higiene, descanso, escucha y acompañamiento.
Las mujeres que llegan con menores a cargo necesitan permanecer más tiempo en la isla para que se pueda comprobar la filiación mediante las pruebas de ADN pertinentes. Ellas son atendidas también a nivel sanitario en todo lo necesario, dadas las condiciones de vulnerabilidad en las que llegan.
Además de nuestra colaboración con Cruz Roja, también trabajamos con Cáritas y otros proyectos de la Iglesia en Palma de Mallorca, donde se acoge y acompaña a personas migrantes que permanecen en la isla y que presentan dificultades relacionadas con la vivienda, la necesidad de regularizar su situación administrativa y el acompañamiento psicológico para sobrellevar las consecuencias del proceso migratorio.
Nos integramos también en equipos diocesanos de discernimiento y acción relacionados con la movilidad humana, la justicia y la paz. Buscamos unir fuerzas para analizar la realidad y llevar a cabo acciones de sensibilización a través del testimonio. Queremos ofrecer respuestas cada vez más integradas y coordinadas.
Nos sentimos privilegiadas de poder vivir esta misión. Damos gracias a Dios por permitirnos encontrarnos con Él en cada hermano y hermana que llega a esta tierra después de mucho sufrimiento en el camino, buscando un futuro digno para ellos y sus familias. Su acogida es un momento privilegiado para hacer vida nuestra vocación.
Al final de la exhortación apostólica Dilexit Nos (n. 121), el papa León XIV escribe: "Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: 'Yo te he amado'.
Este recorrido —Melilla, Marrakech, Mallorca— no es una sucesión de destinos, sino un único camino tejido por la fidelidad a la vocación recibida de Dios en el hoy de los últimos. Salir, ir hacia el otro y encontrarse con quienes piden ser acogidos también nos ha transformado. En cada persona migrante hemos descubierto hermanos y hermanas de camino a través de quienes Dios sigue moldeando nuestra vocación y llamándonos a vivirla con mayor coherencia.
