Una red de pesca en Sokcho, Gangwon-do, Corea del Sur. (Foto: Unsplash/Eric Barbeau)
El pequeño pueblo pesquero en el que resido es un lugar donde la grandeza de la naturaleza se mezcla con la tranquila tristeza de una comunidad en declive. Enclavado entre majestuosas montañas y el mar de un azul intenso, este pueblo fue en su día un vibrante centro de la industria pesquera de Corea del Sur. Sin embargo, el implacable avance de la crisis climática ha provocado una drástica disminución de las poblaciones de peces, lo que ha obligado a muchos a abandonar el mar que antes les daba de comer.
A medida que la economía local se marchitaba, la generación más joven huyó a las ciudades en busca de un futuro, dejando atrás una población envejecida y una sensación palpable de estancamiento. Hoy en día, la población se ha desplomado aproximadamente un 35 % con respecto a su máximo.
Llegué aquí hace unos años, tras mudarme del trepidante y resplandeciente corazón de Corea del Sur a este rincón algo olvidado del país. A pesar de su desvanecido glamur, he llegado a amar profundamente esta localidad. Hay una belleza cruda y sin pretensiones en sus paisajes. Durante el verano, cobra vida momentáneamente cuando los turistas acuden en masa a sus playas, pero el resto del año sigue siendo un lugar tranquilo que invita a la reflexión.
Mi vida se desarrolla en el corazón de la localidad, donde el mercado, el banco y las tiendas de comestibles locales marcan el día a día. Desde este centro, un simple paseo de 10 minutos conduce al mar, vasto y abierto.
Fue en esos paseos hacia el mar, pasando por el mercado, cuando empecé a darme cuenta de la creciente presencia de trabajadores migrantes. En este pueblo pesquero en declive, los rostros extranjeros se han convertido en parte del paisaje.
"Sueño con un mundo en el que no preguntemos: '¿De dónde eres?', sino: '¿Dónde te duele?'": Hna. Fabiola Seon Choi, sobre su ministerio con pescadores migrantes en Corea del Sur. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #HermanasDeNotreDame
"¿No sería más fácil su vida en Corea si dominaran el idioma?"
Como alguien a quien resulta natural acercarse a los desconocidos, empecé a saludarles de forma sencilla. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había una clara barrera entre nosotros. Su coreano era limitado, apenas suficiente para la comunicación básica en el trabajo. La mayoría de ellos eran pescadores migrantes que habían llegado a Corea con el visado E-10 para tripulaciones costeras.
Elegir el visado E-10 rara vez es una cuestión de preferencia; es una elección que nace de la necesidad. El sector pesquero es uno de los más rechazados por los coreanos nativos, caracterizado por lo que muchos denominan 'trabajo 3D': sucio, peligroso y difícil. Debido a esta escasez de mano de obra, las puertas están más abiertas para los trabajadores migrantes. Los requisitos lingüísticos son menores que para los puestos en la industria manufacturera y, dado que el trabajo se desarrolla en el mar, la necesidad de una comunicación social compleja suele ser secundaria frente a la resistencia física y la seguridad.
Para estos trabajadores, el visado E-10 representa la segunda mejor opción: una forma de eludir los largos tiempos de espera de otros visados y empezar a ganar dinero de inmediato para mantener a sus familias en su país de origen.
Al ser testigo de su aislamiento, sentí una punzada en el corazón. Como religiosa, me pregunté: "¿Qué puedo hacer por estos vecinos que están físicamente entre nosotros, pero que son socialmente invisibles?". Tras un periodo de discernimiento en oración y con el generoso apoyo de mi parroquia, puse en marcha un programa semanal de voluntariado para enseñar coreano. Poco a poco, los trabajadores migrantes que vivían cerca de la iglesia comenzaron a reunirse. Llegaban con el cuerpo agotado. Entre ellos había quienes tenían visados válidos y otros que, tras pasar por diversas dificultades, se habían quedado en situación irregular.
A medida que avanzaban nuestras reuniones, me topé con una realidad inesperada: muchos de ellos no mostraban un gran entusiasmo por aprender coreano. Al principio, me quedé perpleja. ¿No sería más fácil su vida en Corea si dominaran el idioma?
Un barco pesquero surcoreano en el mar. (Foto: Unsplash/Photos of Korea)
Sin embargo, mi desconcierto pronto se convirtió en una sombría constatación al reflexionar sobre las políticas migratorias de Corea. El actual Sistema de Permisos de Trabajo está diseñado para la eficiencia y el control, no para la dignidad de la persona. Es un sistema centrado en el empleador, que trata a los trabajadores migrantes como mano de obra temporal y renovable.
La "política de rotación a corto plazo" garantiza que los trabajadores jóvenes y sanos permanezcan exactamente cuatro años y diez meses antes de ser enviados de vuelta, solo para ser sustituidos por un nuevo grupo de mano de obra. El sistema desalienta intencionadamente el "establecerse". Como alguien a quien resulta natural acercarse a los desconocidos, empecé a saludarles de forma sencilla. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había una clara barrera entre nosotros. Su coreano era limitado, apenas suficiente para la comunicación básica en el trabajo. La mayoría de ellos eran pescadores migrantes que habían llegado a Corea con el visado E-10 para tripulaciones costeras.
Elegir el visado E-10 rara vez es una cuestión de preferencia; es una elección que nace de la necesidad. El sector pesquero es uno de los más rechazados por los coreanos nativos, caracterizado por lo que muchos denominan 'trabajo 3D': sucio, peligroso y difícil. Debido a esta escasez de mano de obra, las puertas están más abiertas para los trabajadores migrantes. Los requisitos lingüísticos son menores que para los puestos en la industria manufacturera y, dado que el trabajo se desarrolla en el mar, la necesidad de una comunicación social compleja suele ser secundaria frente a la resistencia física y la seguridad.
Para estos trabajadores, el visado E-10 representa la segunda mejor opción: una forma de eludir los largos tiempos de espera de otros visados y empezar a ganar dinero de inmediato para mantener a sus familias en su país de origen.
Al ser testigo de su aislamiento, sentí una punzada en el corazón. Como religiosa, me pregunté: "¿Qué puedo hacer por estos vecinos que están físicamente entre nosotros, pero que son socialmente invisibles?". Tras un periodo de discernimiento en oración y con el generoso apoyo de mi parroquia, puse en marcha un programa semanal de voluntariado para enseñar coreano. Poco a poco, los trabajadores migrantes que vivían cerca de la iglesia comenzaron a reunirse. Llegaban con el cuerpo agotado. Entre ellos había quienes tenían visados válidos y otros que, tras pasar por diversas dificultades, se habían quedado en situación irregular.
Una playa en Gangneung, Gangwon-do, Corea del Sur. (Foto: Wikimedia Commons/Choe Kwangmo)
Cuando se considera a un ser humano como una herramienta desechable —un engranaje de la maquinaria económica que se utiliza y luego se descarta—, la motivación para aprender el idioma de esa sociedad disminuye de forma natural. ¿Por qué dominar los matices de una cultura que ya ha decidido que no encajas en ella?
Resulta profundamente irónico que la sociedad surcoreana dependa ahora por completo precisamente de estas personas. Desde sectores primarios como la pesca y la agricultura hasta la construcción, la logística y los cuidados, la mano de obra migrante es la columna vertebral invisible de nuestra infraestructura nacional. Sin embargo, aunque dependemos de sus manos, mantenemos nuestros corazones cerrados. Queremos su trabajo, pero no queremos a las personas. Los tratamos como 'objetos necesarios' en lugar de como 'seres humanos como nosotros', una tendencia que me preocupa profundamente.
Solemos reunirnos los sábados por la tarde. Llegan cargando con el cansancio abrumador de una semana de trabajo. Comenzamos nuestras clases rezando el avemaría en su lengua materna: el vietnamita. Al mirar sus ojos enrojecidos, sus manos callosas y sus rostros agotados, veo los rostros de hijos e hijas queridos.
Me duele la realidad de que vivan en una tierra extranjera sin el respeto que se merecen. Siento una gran frustración por mi propia incapacidad para cambiar las injusticias estructurales que los mantienen marginados.
Sin embargo, en mi interior se estaba produciendo una transformación más profunda. Al principio había abordado esta tarea con un sentido de la misión: el deseo de 'ayudar' a los menos afortunados. Aunque al principio partí con la intención de ofrecer ayuda, pronto me di cuenta de que, en realidad, era yo quien recibía fuerza y consuelo de ellos. Este encuentro me enseñó que no son meros objetos de caridad, sino seres humanos como yo que reflejan la imagen divina tanto como yo, y que comparten una dignidad idéntica.
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Ahora reconozco que mi ciudadanía surcoreana y las comodidades que me proporciona no son recompensas por mis propios méritos. Son dones que se me han concedido gratuitamente —una gracia que no me he ganado—. Siento una profunda responsabilidad de devolver estos dones a quienes no han recibido lo mismo. Este encuentro no está marcado por grandes logros ni por acontecimientos dramáticos; es un viaje silencioso en el que permanezco atenta a los movimientos del Espíritu Santo.
Los seres humanos somos, por naturaleza, seres relacionales. Crecemos y encontramos la plenitud de nuestras vidas únicamente a través de nuestras relaciones con los demás. He llegado a creer que mi propia dignidad solo puede garantizarse cuando se respetan los derechos y la dignidad de quienes sufren. Si permitimos que un sistema trate a una persona como si fuera prescindible, menoscabamos la humanidad de todos nosotros.
Hoy en día, muchas de mis compañeras de las Hermanas de Notre Dame y otras religiosas de toda la Iglesia coreana caminan junto a los trabajadores migrantes en aldeas rurales y pequeños pueblos. Se afanan en resolver los salarios impagados, ayudar con los cambios en el lugar de trabajo y acompañar a los enfermos al hospital, respondiendo a los gritos de los marginados. Espero que algún día mi propia voz pueda hacerse más fuerte en solidaridad con ellas.
Sueño con un mundo en el que nuestra referencia no sea la frontera de un mapa, sino la profundidad del sufrimiento humano. Un mundo en el que no preguntemos: "¿De dónde eres?", sino más bien: "¿Dónde te duele?".
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 15 de junio de 2026.
