El discernimiento invita a elegir un camino entre varios, confiando en que Dios revela el primer paso, aunque no todo el trayecto. (Foto: Pexels/Vero Lova)
En un mundo lleno de ruido, distracciones y opciones constantes, ¿cómo sabemos qué camino tomar? El discernimiento no es simplemente elegir entre lo bueno y lo malo; es la habilidad espiritual para reconocer la voluntad de Dios que se revela en las situaciones de cada día y que nos invitan a configurarnos en su verdad. Para quienes hemos consagrado nuestra vida al Señor, el discernimiento no es un acto administrativo que se aplica cuando queremos resolver conflictos. Es un estado permanente de escucha, un ejercicio místico donde la libertad humana se encuentra con la voluntad divina.
En el contexto actual de la vida consagrada, marcado a menudo por el activismo pastoral, la sobrecarga de responsabilidades, la ansiedad, la soledad y las crisis de vocaciones, detenerse a discernir se vuelve una urgencia profética e insustituible. En este proceso bien puede ayudarnos la experiencia de Abraham, nuestro padre en la fe. Un hombre de Dios que se nos presenta como el arquetipo viviente del alma consagrada que aprende a descifrar los susurros de Dios en la penumbra de la fe y que aprende a obedecer con amor.
Abraham aprende que discernir es desinstalarse de las propias seguridades: "Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré" (Gn 12, 1). Rompe radicalmente con aquello que ata su corazón: ego, afecciones desordenadas, afán de control. El llamado divino irrumpe en la cotidianidad de Ur y le exige desprendimiento total de todo aquello que le daba identidad y amparo. Para nosotros hoy, este pasaje ilumina el primer umbral del auténtico discernimiento: la capacidad de desinstalarnos. Nuestro discernimiento no florece en la comodidad de las propias certezas, en los afectos desordenados o en el apego sutil a las estructuras pastorales que ya no comunican vida, sino que simplemente perpetúan la rutina. Florece cuando nos abrimos a la novedad en lo conocido o en aquello que desconocemos, las decisiones en torno a una obra apostólica, al cambio de comunidad, un nuevo destino que nos proponen, y ordenar nuestra vida a veces desordenada porque estamos apegados a lo que nos aleja de Dios.
"El discernimiento no busca nuestra autorrealización, sino la consumación del amor divino en nuestra propia fragilidad": Hna. Maura Aranguren sobre Abraham como modelo espiritual. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas
Discernir, a la luz de Abraham, implica un constante éxodo del corazón. Dios no le muestra a Abraham el mapa completo ni el itinerario detallado del viaje; solo le indica el primer paso: sal de tu tierra. De igual manera, en la vida comunitaria o personal, el Señor suele pedirnos que caminemos en la incertidumbre del día a día, confiando únicamente en que Aquel que nos llamó al inicio de nuestra andadura es fiel y mantendrá su promesa. El discernimiento madura precisamente allí, en la intemperie, cuando renunciamos a controlar el futuro y nos dejamos guiar por la suave brisa del Espíritu Santo, sabiendo que la única y verdadera patria de un corazón consagrado es la voluntad del Padre.
Abraham aprende que el discernimiento es confiar en la palabra de Dios, contra toda esperanza: "Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas... Así será tu descendencia" (Gn 15, 5). Abraham experimenta en su propia carne el peso de la vejez y la esterilidad de Sara. La lógica humana, el sentido común y el pragmatismo de su época le invitaban comprensiblemente a la resignación, a la queja o a buscar atajos puramente personales. Sin embargo, en el silencio de la noche, Dios lo saca de los límites estrechos de su tienda y lo invita a ensanchar la mirada, a levantarla y ver con ojos de soñador hacia el infinito. Dios le invita a ensanchar la tienda, a no quedarse en el estancamiento de una vida que se pierde en la rutina y que abandona la novedad, porque sencillamente cree que ya lo alcanzó todo. Abraham recibe una invitación: confiar y caminar. No hay edades para Dios. En cualquier momento de nuestra vida podemos experimentar este salir, este comprometerse con la vida desde expresiones distintas.
Muchas de nuestras comunidades religiosas hoy pueden estar experimentando el peso de la 'sequía' espiritual, el envejecimiento de las estructuras y una aparente falta de fecundidad apostólica en sus frentes misioneros. El desánimo y el cansancio pueden nublar nuestros ojos haciéndonos ver únicamente las pocas que somos y que no llegan vocaciones. En este escenario, discernir significa aprender a mirar hacia el cielo cuando la tierra parece estéril. No se trata de un optimismo ingenuo o alienante, sino de la esperanza teologal que nos permite recordar el para qué de nuestra vocación-misión.
Abraham aprende que discernir es ofrecer sus proyectos: "Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac... y ofrécelo allí en holocausto" (Gn 22, 2). Este texto bíblico nos centra en la cumbre teológica y espiritual del discernimiento abrahámico. Isaac no era solo un hijo entrañablemente amado; era la encarnación física de la promesa de Dios, el milagro concedido tras décadas de espera y dolor. Al pedirle que lo entregue, Dios está purificando la fe de su siervo hasta el extremo. La tentación más sutil de la vida consagrada es el apego idolátrico a los dones de Dios. Con frecuencia, corremos el riesgo de enamorarnos perdidamente de nuestros ministerios: obras educativas, hospitales, prestigio pastoral, proyectos comunitarios olvidándonos de la fuente que nos ha convocado.
El discernimiento profundo y maduro exige una dolorosa depuración de nuestras intenciones. Implica estar dispuestos a poner en el altar aquello que consideramos nuestro mejor logro, nuestro 'Isaac' personal o institucional. Cuando Abraham levanta el cuchillo, demuestra con dolorosa lucidez que ama más al Donante que al don recibido. El discernimiento alcanza su plenitud cuando soltamos el control de nuestras obras, de nuestros proyectos y las entregamos al Señor, reconociendo que las mediaciones pasan, pero la alianza permanece firme.
¿Qué nos está pidiendo hoy el Señor? ¿De qué me tengo que desprender, entregar?
Recordemos que el discernimiento no es un evento aislado que se realiza únicamente al tomar grandes decisiones; debe convertirse en el latido continuo de una vida enteramente entregada que se quiere configurar y vincular más con Dios y que se siente enteramente enamorada de la búsqueda de lo que está llamada a ser.
Nos sentimos urgidos a cultivar la audacia evangélica ante la llamada a caminar en sinodalidad y esta renovación exige que abandonemos la autorreferencialidad y el miedo paralizante al cambio. El discernimiento no busca nuestra autorrealización, sino la consumación del amor divino en nuestra propia fragilidad. Estamos invitados a recuperar la frescura y la fuerza profética que nace de sentirnos consagrados y comunidades peregrinas, capaces de caminar con confianza en la noche de la fe, sostenidos únicamente por la certeza absoluta de la Palabra empeñada del Señor.
Advertisement
