La Hna. Adriana Begonia Sáenz junto a una niña rarámuri en el Internado Indígena de Nuestra Señora de Guadalupe, en Norogachi, Chihuahua, México. (Foto: Eduardo Cordero)
Nota de la editora: Este reportaje es la segunda de tres entregas de la serie Tesoros de la Tarahumara, que versa sobre la vida y el legado de las congregaciones religiosas femeninas en la Sierra Tarahumara, México.
La hermana Adriana Begonia Sáenz, sierva del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, sirve helados, prepara elotes y vende dulces, caminando con agilidad por una pequeña tienda en la entrada del Internado Indígena de Nuestra Señora de Guadalupe; de esta manera consigue recursos económicos para los 49 niños y 49 niñas rarámuris de la institución, ubicada en Norogachi, Chihuahua.
En el umbral de la tienda hay un cuadro que recuerda los orígenes de la congregación: el padre José María Yermo y Parres, su fundador, contempla a los cerdos devorando el cadáver de dos niños. La obra evoca una escena del siglo XIX que también podría ser una postal del siglo XX, en medio de un territorio donde la riqueza minera y forestal es inmensa, al igual que la desigualdad social.
Desde la llegada de las seis siervas a la Sierra Tarahumara, el 31 de enero de 1904, ha pasado más de un siglo. La relación entre las comunidades indígenas, el mundo de los chabochis —término para referirse a los mestizos— y el catolicismo ha sido sostenida por un puñado de religiosos y religiosas desde el siglo XIX. “Al inicio del siglo XX había cuatro misioneros para cubrir 65 mil kilómetros cuadrados”, menciona Abel Rodríguez en Elementos para una historia rarámuri.
Las congregaciones religiosas han sido el lazo entre las décadas de ausencia de clérigos, la persecución religiosa callista y los desastres naturales —nevadas, devastación forestal y contaminación por la industria minera—, por lo que el término ‘educación’ va más allá de la simple edificación de instituciones en la Sierra Tarahumara: implica un proceso integral de acompañamiento.
El modelo educativo yermista, por ejemplo, "abarca la vida espiritual, moral, intelectual, física y social", de acuerdo con un documento de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres en el que también se lee: "En todos los aspectos la escuela y el internado deben ayudar a nuestros pobres, para que aprovechen y cultiven los pocos o muchos dones que Dios les ha concedido".
En la #SierraTarahumara, las escuelas también son refugio. Las Siervas educan, alimentan y acompañan a niños y niñas que viven entre pobreza, migración y violencia. #TesorosDeLaTarahumara #GlobalSistersReport #HermanasCatólicas #México
Un niño rarámuri participa en las celebraciones de Semana Santa en Norogachi, Chihuahua, México. En la Sierra Tarahumara, los preparativos y celebraciones de estos días forman parte de una tradición religiosa en la que participan las comunidades rarámuris. (Foto: Eduardo Cordero)
Educar y acompañar más allá de las aulas
El presente a veces es una sucesión de decisiones y coincidencias. "Yo me enamoré (de la vida religiosa) por un documental sobre la vida del padre José María Yermo y Parres", menciona la hermana Sáenz mientras se escucha de fondo la algarabía de los misioneros que visitaron Norogachi el Domingo de Ramos.
La mayoría de los cargos que ha ocupado esta religiosa han sido en labores directivas en Monterrey, Sisoguichi, Guadalupe y Calvo, Creel y Cerocahui. Ese abanico de actividades incluye desde la recolección de fondos hasta enfrentar el dolor de la comunidad durante la tragedia que marcó a la Sierra Tarahumara: durante los últimos siete años, 13 sacerdotes han sido asesinados en México, de acuerdo con Omar Sotelo Aguilar, director del Centro Católico Multimedial (CCM).
"Cuando pasa eso [el martirio de los padres jesuitas] el pueblo se paraliza. No se tocaron las campanas una semana, no volvió a haber misa, no había gente en las calles. Llegó el ejército, la Guardia Nacional. Aunque fuera algo muy fuerte no me podía permitir flaquear o llorar, me tocaba ser fuerte porque estaban las niñas y me tocaba decirles a las hermanas que fueran fuertes. Escondimos a las niñas de los medios de comunicación, de la policía", recuerda Sáenz.
Las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres administran nueve instituciones educativas en Chihuahua, ubicadas en Batopilas, Carichí, Cerocahui, Chinatú, Creel, Guadalupe y Calvo, Norogachi y Sisoguichi, de acuerdo con una investigación de la doctora Gabriela Gil Veloz. En sus instituciones, la educación puede comenzar desde el jardín de niños y continuar hasta la formación universitaria.
La protección ofrecida por las instituciones religiosas es, en municipios de alta marginalidad, una forma de cobijo que ofrece, además de conocimiento, alimento y calor humano.
En Batopilas, #SierraTarahumara, #México, 27 niños rarámuris caminan hasta 10 horas para llegar a la escuela. Ahí, las #HermanasCatólicas sostienen un internado con el techo a punto de colapsar. #TesorosDeLaTarahumara #GlobalSistersReport
Kórima: el apoyo mutuo como abrigo en la Sierra
La palabra rarámuri kórima podría traducirse como reciprocidad: dar y compartir, no solo alimentos, sino también ayuda y trabajo. "La kórima no engendra ningún tipo de obligación, deuda o dependencia entre donante y receptor, y por eso pedir kórima no implica ninguna vergüenza o humillación", expone Pedro de Velasco Rivero, citado en un estudio antropológico.
Batopilas, enclavado en la Baja Tarahumara, es una muestra del contraste que existe en Chihuahua: un ‘Pueblo Mágico’, visitado por miles de turistas, poseedor de una histórica riqueza minera y, a la vez, uno de los municipios con mayor rezago social del país.
La hermana Benita Alonso supervisa cómo trabaja un grupo de obreros en el techo de la Escuela Primaria Sor Juana Inés de la Cruz, vestida con uno de los tres hábitos que usan las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres en la Baja Tarahumara, a pesar del inclemente calor tropical que permite la vida de un árbol de mangos en el patio.
La escuela se encuentra vacía: los niños y niñas han regresado a sus comunidades mientras los trabajadores sustituyen el techo que estuvo a punto de colapsar por las lluvias y el tiempo. Ahí estudian 52 niños que van y vienen cotidianamente y 27 niños internados de rancherías ubicadas hasta a 10 horas a pie.
Es muy distinta la vida que puede tener un niño en un internado que en una escuela regular. En Batopilas se cierne una sombra desde hace años.
Durante 2025 se registraron 17 desplazamientos internos en Chihuahua asociados a la violencia generada por el crimen organizado. El estado ocupa el segundo lugar en desplazamientos, solo después de Sinaloa: un total de 4492 personas, pertenecientes a 1404 familias, fueron atendidas por las autoridades debido a este fenómeno, de acuerdo con Travesías forzadas: Desplazamiento interno en México (2025).
En la #SierraTarahumara existe la kórima: dar sin esperar nada a cambio. Así viven las Siervas su misión educativa, entre pobreza, migración y violencia. #TesorosDeLaTarahumara #GlobalSistersReport #HermanasCatólicas
"No hay que perder la fe”, dice la Hna. Benita Alonso, directora de la Escuela Primaria Sor Juana Inés de la Cruz, al hablar de las dificultades que enfrentan los niños y niñas en Batopilas, Chihuahua, México. (Foto: Eduardo Cordero)
El mayor éxodo se registró en el municipio de Guadalupe y Calvo, con 1335 personas desplazadas. El origen: los enfrentamientos entre cárteles, la extracción ilegal de minerales y la tala.
Además de la violencia asociada al crimen organizado, los niños y niñas rarámuris y mestizos también pueden moverse con sus familias durante la temporada de cosecha de manzana en Ciudad Cuauhtémoc. Chihuahua, Nuevo León y Coahuila son los estados que presentan mayor migración interna debido a su dinamismo económico, de acuerdo con un estudio de Cecilia García y Diego Juárez.
Entre la migración interna, la pobreza y los desplazamientos por el crimen organizado, las religiosas hacen lo posible por mantener a los niños atendidos y en un entorno seguro, tanto física como espiritualmente.
"Ciertamente es difícil, pero le digo a las hermanas que no hay que perder la fe", dice la Hna. Alonso en entrevista para Global Sisters Report en español. La religiosa muestra en la pantalla de su celular a dos niños vistiendo andrajos, recogidos de las calles de Batopilas. En la otra foto, los hermanos rarámuri sonríen, limpios y con luces navideñas de fondo, integrados a la escuela.
La palma del Domingo de Ramos es distinta en la Sierra Tarahumara que en el centro del país: es extraída de los barrancos y los rarámuris pueden tardar hasta una semana en conseguirla. La Semana Santa, que inicia desde el Día de la Candelaria, es la celebración más importante en esta zona.
"Nuestra fe no viene por el entendimiento, sino por la experiencia", reflexionan los siríames —gobernadores rarámuris— y agentes de pastoral en el Proyecto de Fe Compartida en Tarahumara (Profectar) de 2007. La fe sigue creciendo como la palma, entre el sol y la sed, con las religiosas acompañando.
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