El salón central de la Casa del Niño, con sus paredes de madera y sus calderas siempre encendidas, reúne a hermanas, voluntarias y voluntarios, 'tías' (mujeres cuidadoras) y niños. (Foto: cortesía de Begoña Costillo)
La Casa del Niño es la casa de todos. Hace unos años que también se convirtió en la mía, y siempre que puedo me acerco por allí unos días, o una tarde o unas horas según me lo permita la vida. Está en la subida de una colina de los Andes peruanos, en un pueblo llamado Chuquibambilla. Todos la conocen, porque todos la sienten como su casa.
La veo desde lejos mientras subo la calle que lleva a su puerta, y solo con verla me invade su atmósfera hogareña, las risas de los niños, los colores de sus habitaciones, y su alegría sencilla y pacífica. Lo que se respira en esa casa me hace comprender las historias que Jesús contaba: "El Reino se parece a un grano de mostaza", "el Reino de los cielos es semejante a la levadura"… La Casa del Niño es como esas parábolas, es como el grano de mostaza, o la levadura, o la sal de la comida. Son cosas pequeñas, y a veces, escondidas, que germinan en silencio y despacio lo llenan todo de una vida abundante. Ocurre sin mucho esfuerzo, sin grandes planes, como si fuese fácil sacar vida y luz de historias que, en su inicio, parecían destinadas al desastre.
Los niños que viven allí, un grupo de 12 o 15, dependiendo del momento, han sido acogidos porque las circunstancias de su familia o de quienes se ocupaban de ellos son extremadamente frágiles. Cada uno tiene su propia situación; ninguna es igual a la otra. Poco a poco las he ido conociendo: problemas de adicción, violencia, pobreza, embarazos en la adolescencia, enfermedad, etc. Todas parten del misterio de la condición humana; es decir, de nuestra infinita necesidad de cobijo, cuidado y vínculos que nos alimenten. Y en eso, la Casa del Niño es experta en cobijar, cuidar, acoger, querer y vincular. Son verbos que allí adquieren un significado concreto y real, porque no solo se oyen, sino que se ven y se tocan.
La Hna. Begoña Costillo escribe sobre la Casa del Niño, en los Andes peruanos, donde mujeres voluntarias entregan su vida a niños con historias familiares frágiles. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas serie #UnaMiradaJoven
Dos niñas que viven actualmente en la Casa del Niño, junto a dos más que pasaron ahí varios años y hoy regresan de visita, acompañan a una de las hermanas agustinas en su última visita a la casa, en julio de 2026. (Foto: cortesía de Begoña Costillo)
Lo veo y lo toco cada vez que estoy allí. El cobijo llega hasta mi propia vida y se cuela en los lugares más recónditos de mi historia y de mi fragilidad; me cobija del frío de la vida, de esa soledad interior que todos llevamos dentro por ser personas. Es un cobijo cálido el que invade a quien pisa esa casa. Está en el aire y en los rostros de los niños que cuando ven a un nuevo huésped lo acogen con abrazos gratuitos y realmente sinceros. ¡Qué libertad, qué sencillez la de esos abrazos!
Los niños transmiten con su abrazo y sus gestos una confianza restaurada. Se percibe en su mirada que han sufrido y que aún sufren, pero al mismo tiempo es evidente que en ellos ya ha empezado a crecer la semilla de mostaza. Se nota el sabor de una sal nueva, se siente el espesor de la levadura. Han recibido la semilla del Reino a través del cuidado y del amor, y ya portan la alegría genuina de los bienaventurados.
En la casa se siembra de muchos modos: desde el cuidado de los espacios hasta la profundidad de los gestos que tejen las relaciones entre los que viven en ella. Lo veo al entrar en el salón principal, construido como un espacio diáfano y muy amplio, con paredes forradas de madera para conservar el calor y dos calderas en el centro de la estancia que siempre están encendidas. Los muros del salón están decorados con cientos de fotos de las personas que forman la enorme red de vínculos que se han generado desde la Casa del Niño: los pequeños que han pasado por la ella a lo largo de los años, las 'tías' que cuidan de ellos como si fueran sus madres, los cientos de voluntarios de Perú, de Italia y otras partes del mundo que dedican parte de su tiempo a su cuidado, los niños del pueblo a los que invitan a la casa para jugar y hablar de Dios, las familias de los niños, los sacerdotes amigos, las religiosas que de vez en cuando nos colamos por allí y un larguísimo etcétera.
Para entrar al salón a la hora de las comidas, los niños deben formar una fila en la puerta y acceder en silencio. Antes de comer realizan juntos una oración de acción de gracias a Dios Padre y le piden que lleve el pan a la mesa de sus familias y a la de los pobres. Las 'tías' les ayudan a guardar silencio, unir las manos y tomar conciencia de que la vida, el pan, la familia y los amigos son regalos de Dios. Les hablan con ternura, pero también con una seguridad en la que los niños pueden apoyarse y encontrar la firmeza existencial que necesitan.
En el ritmo de la casa se manifiesta claramente que la compasión y la ternura del amor también tienen que ver con la exigencia. Por eso, las 'tías' enseñan a los niños a limpiar los lugares comunes, a cuidar de los más pequeños, a ser responsables con sus tareas domésticas diarias e, incluso, a ayudar a los pobres del pueblo los sábados por la mañana. Se les impulsa a crecer en las dimensiones fundamentales de la persona desde un afecto sincero y gratuito.
Los niños se sienten muy queridos por las 'tías', las chicas que hacen de madres en ese hogar, pues saben que ellas han dejado su propia vida para cuidar de las suyas. Forman parte de la Operación Mato Grosso (OMG), un movimiento italiano de voluntarios fundado en los años sesenta por el salesiano Ugo de Censi, con más de sesenta misiones en distintas zonas del Perú. Algunas de estas 'tías' pasan en la Casa del Niño unos meses; otras, unos años; otras más, como Anna, han optado por dedicarles la vida entera, sin condiciones.
Anna llegó a Perú desde Italia como joven voluntaria a los 23 años. Conoció distintas misiones de la OMG y, pocos años después, se dejó llevar por el inexplicable imán interior que la devolvía continuamente a esta tierra, y decidió quedarse a vivir. En la misión descubrió que la vida tiene sentido cuando se entrega y que la verdadera alegría consiste en "regalarla". Cuando la encuentro en la Casa del Niño compruebo que la expresión "regalar la vida" no es una metáfora. Anna, como las demás 'tías', desgasta su tiempo, sus fuerzas, su creatividad y todo su afecto para que estos niños crezcan con salud interior y exterior. Su vida consiste en cuidarles, llevarles al doctor, acudir a las reuniones del colegio, hacer pastel para sus cumpleaños, mediar entre ellos y sus familias de origen, enseñarles a rezar y hacer todo lo que una madre haría por sus hijos.
Las vidas regaladas de Anna, Nayelli, Leyla, Liz, Marina y Yeri se convierten en las semillas que caen en la vida de cada uno de estos niños y en ellos echan raíces. Y así, a fuerza de regalar la vida para sembrar la de otros, la Casa del Niño se ha convertido en un gran árbol en el que muchos pueden cobijarse y entender que el gozo que el corazón desea llega cuando se "regala la vida".
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