Anne Nduku, de 42 años, es madre de dos hijas de cinco y diez. Sufrió años de maltrato por parte de su marido y encontró refugio en un convento de Kenia. (Foto: Charles Njeru)
Nota de la editora: Esta historia forma parte de Salir de las sombras: luz contra la violencia de género, la serie de Global Sisters Report y Global Sisters Report en español que se enfoca en cómo las hermanas católicas responden a este fenómeno mundial o se ven afectadas por él.
En plena noche, las pesadas puertas de hierro de un recinto discreto a las afueras de Nairobi se abren con un chirrido, lo justo para dejar entrar a Anne Nduku y a su hijo pequeño, que llora desconsoladamente.
Magullada, aterrorizada y aferrada a una única bolsa con sus pertenencias, se ha gastado sus últimas monedas en una mototaxi para escapar de un marido que amenazaba con matarla.
No acudió a una comisaría, donde temía encontrarse con agentes indiferentes, ni buscó un refugio estatal porque no existe ninguno en su condado. En su lugar, buscó refugio en un convento católico.
Nduku, de 42 años, es madre de dos hijas de cinco y diez años.
"Mi marido lleva muchos años pegándome", explicó Nduku a Global Sisters Report (GSR). "Una vez me estranguló. En otra ocasión, me dejó un ojo morado. Este año también me rompió la mandíbula. Hace un mes, decidí que ya era suficiente. Él sigue llamándome, pero no quiero saber nada de él", explicó.
Por todo Kenia, una epidemia silenciosa pero devastadora de violencia de género sigue arrasando en muchos hogares. Según los datos de la Oficina Nacional de Estadística de Kenia, se estima que el 40 % de las mujeres kenianas de entre 15 y 49 años han sufrido violencia física.
En #Kenia, al menos diez conventos católicos abren sus puertas en secreto a mujeres que escapan de la violencia doméstica, ante la escasez de refugios estatales. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol serie #SalirDeLasSombras
A pesar de estas cifras impactantes, la infraestructura para proteger a estas mujeres es peligrosamente escasa.
Ante la escasez de refugios formales financiados por el Estado, muchas mujeres vulnerables que huyen del terror doméstico se enfrentan a una dura realidad. Aquellas que intentan denunciar a sus agresores suelen sufrir un enorme estigma por parte de los vecinos y una intensa presión de la familia extensa —sus parientes más allá del hogar— para que aguanten en nombre de la tradición cultural. También guardan silencio para evitar nuevas represalias por parte de sus parejas.
Nduku contó a GSR que sus vecinos cotilleaban sobre ella y evitaban saludarla a ella y a sus hijos. "Temía por mi vida, pensaba que algún día me mataría a golpes, así que ahora soy mucho más feliz", afirmó y agregó: "Como y duermo mejor, aunque puede que no me quede en este refugio mucho tiempo. Pero, por ahora, me siento a salvo".
Según las hermanas que coordinan la labor pastoral, al menos diez conventos católicos de todo Kenia han acudido al rescate, convirtiendo sus tranquilas residencias en refugios informales al abrir sus puertas a las sobrevivientes. Entre las que lideran esta intervención se encuentran las Hermanas de la Asunción de Nairobi y las Hermanitas de San Francisco.
Las hermanas católicas actúan al margen del sistema oficial de acogida de Kenia para eludir la burocracia y proteger el anonimato de quienes están a su cargo, redefiniendo así los límites de sus ministerios religiosos.
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La hermana Margaret Wahungu, superiora general de las Hermanas de la Asunción de Nairobi, afirmó que lo más probable es que sigan ayudando a mujeres como Ndugu, ya que existe una gran necesidad.
"No podemos predicar el Evangelio de la paz y hacer la vista gorda ante las mujeres que sufren en sus propios hogares", afirmó.
"Cuando una persona llega a nuestra puerta a las 3 de la madrugada sangrando, nuestro primer voto no es hacia las normas ni los protocolos. Es hacia la dignidad humana", dijo la religiosa.
Dentro de los muros de sus conventos, las hermanas ofrecen un refugio incondicional, alojamiento temporal, ropa limpia y comidas calientes. Pero su atención va más allá del sustento básico.
Las hermanas ofrecen asesoramiento emocional y psicológico intensivo, apoyo en materia jurídica y orientación para afrontar el difícil proceso de reconstruir una vida desde cero.
Para las mujeres que llegan a estos refugios, los conventos suponen el único refugio inmediato disponible en una sociedad que, con frecuencia, mira hacia otro lado.
"Pensé que mi vida se había acabado", dijo una mujer de 25 años, que prefirió permanecer en el anonimato por su seguridad. Madre de dos hijos, pasó tres semanas recuperándose en un convento dirigido por las Hermanitas de San Francisco tras soportar interminables palizas por parte de su marido.
Esta joven mujer contó que sus padres la presionaron para que volviera con su marido porque él había pagado una dote. La policía le dijo entonces que se trataba de un asunto doméstico. "Querían un soborno para tramitar el caso", afirmó y añadió: "Solo las hermanas se fijaron tanto en mis heridas físicas como en las emocionales y me dijeron que era un ser humano, que no merecía que me pegaran".
"Nuestro primer voto es hacia la dignidad humana": Hna. Margaret Wahungu, coordinadora de una red de conventos que protegen en #Kenia a mujeres que escapan de la violencia doméstica. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #SalirDeLasSombras
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La labor de acogida de las mujeres se coordina a través del Centro J. J. McCarthy de Nairobi, donde las hermanas supervisan la red de refugios y los servicios relacionados.
Sin embargo, su labor conlleva un riesgo inmenso. La gestión de estos refugios informales exige una discreción absoluta.
"Las víctimas son alojadas en hogares comunitarios alejados y a salvo de nuevos daños", explicó Wahungu.
Los conventos deben gestionar con cuidado su visibilidad para evitar que maridos enfurecidos localicen a sus esposas y provoquen reacciones negativas en la comunidad o enfrentamientos violentos.
Las hermanas evitan deliberadamente dar a conocer sus casas de acogida. La información sobre su disponibilidad se difunde a través de redes de base de confianza, capellanes de la Iglesia y defensores locales de los derechos humanos.
"Intentamos ser lo más discretas posible", afirmó la hermana Mary Kamau, miembro de las Hermanas de la Asunción. "Las acogemos no solo en Nairobi, sino en diferentes partes del país", dijo.
Además, gestionar estos espacios seguros puede suponer una carga económica para las congregaciones, que no reciben ninguna financiación estatal.
Las hermanas dependen casi por completo de modestas donaciones de la Iglesia y de la buena voluntad de la comunidad, y deben estirar los escasos recursos de la congregación para comprar comida, suministros médicos y leche de fórmula para los niños.
"Es una cruz pesada, pero la llevamos con alegría", afirma una hermana que participa en la coordinación de un refugio con sede en Nairobi y que prefirió no dar su nombre.
"El reto es que la demanda es abrumadora. Por cada mujer que acogemos, sabemos que hay muchas que no pueden llegar hasta nosotras o que no saben que estamos aquí", explicó.
Más allá de la protección inmediata, las hermanas se centran en gran medida en la rehabilitación a largo plazo de las sobrevivientes. También ayudan activamente a las mujeres a reestablecer de forma segura el contacto con familiares que las apoyan y están dispuestos a protegerlas de sus parejas maltratadoras.
Según Wahungu, las hermanas ofrecen orientación profesional a aquellas que no pueden regresar a sus comunidades, ayudándolas a adquirir habilidades básicas de gestión empresarial o de costura para lograr la independencia económica.
Al amanecer en el convento de Nairobi, la joven madre que llegó aterrorizada la noche anterior se sienta en un tranquilo patio, observando a su hijo jugar con un juego de bloques de madera que le han dado las hermanas. Por primera vez en años, se le ha quitado un peso de encima.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 20 de agosto de 2026.
