Clara Calzadillas, Claudia Ortega y Mercedes Solano, de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, reconstruyen en la biblioteca de su casa provincial los recuerdos de casi un siglo de misión en la Sierra Tarahumara. (Foto: Eduardo Cordero)
Nota de la editora: Este reportaje es la primera de tres entregas de la serie Tesoros de la Tarahumara, que versa sobre la vida y el legado de las congregaciones religiosas femeninas en la Sierra Tarahumara, México.
En la biblioteca de la casa provincial de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, tres de sus religiosas mayores intentan recuperar, con dificultad, algunos recuerdos de las décadas que pasaron trabajando en la Sierra Tarahumara, en México. Clara Calzadillas, de 74 años; Claudia Ortega, de 88, y Mercedes Solano, de 80, escudriñan sus manos detrás de los grandes anteojos. Ellas mismas son un libro abierto con las páginas amarillentas.
La Hna. Ortega vive en la Tarahumara desde 1968. "Me tocó la construcción del edificio (la casa provincial), desde limpiar el terreno hasta buscar los apoyos. Ya que se terminó el edificio me cambiaron. Mi trabajo siempre ha sido de maestra; yo soy feliz con los niños y jóvenes, pero ya se acabó el tiempo", afirma.
Estas tres religiosas dedicaron buena parte de su vida a las comunidades de la Sierra Tarahumara y ahora, por la edad, no pueden continuar con el mismo trabajo. "Ya necesitan asistencia en general o tienen demencia senil. Otras hermanas están en obras apostólicas o como apoyo", dice la hermana Erika Cueto Hernández, quien lleva 18 años trabajando en escuelas ubicadas en distintos municipios de la Tarahumara.
La casa provincial de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres está ubicada en la ciudad de Chihuahua. Allí habitan hermanas mayores de 70 y 80 años que ya no pueden continuar con el trabajo en las comunidades, quienes descansan en silla de ruedas o siguen laborando en la cocina como testimonio vivo de un pasado cuyos problemas retornan siempre en espiral: la violencia, la enfermedad y la pobreza.
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En la #SierraTarahumara, #México, hermanas mayores de las Siervas del Sagrado Corazón deJesús y de los Pobres llegaron a pie, mula o avioneta a comunidades remotas. Hoy recuerdan ese siglo de misión. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Atravesar la sierra a pie, mula o avioneta
Para algunas de estas religiosas, llegar a las comunidades significaba recorrer durante horas caminos de terracería, enfrentar derrumbes o incluso viajar en avioneta.
"Para llegar a Batopilas eran 9 horas desde Creel. Era un camino de terracería y cuando llovía se venían los cerros abajo, había derrumbes y no podíamos pasar. Me tocó llegar en avioneta", dice la hermana Clara Calzadillas, de 74 años, quien ha pasado casi 60 dentro de la vida religiosa, ya que ingresó a los 15.
La diócesis de Tarahumara abarca 11 municipios en un territorio de 75 mil 910 kilómetros cuadrados, casi una tercera parte del estado de Chihuahua, de acuerdo con el trabajo terminal de la doctora Gabriela Gil Veloz. Allí las congregaciones religiosas han realizado labores de evangelización, educación y salud desde principios del siglo XX, junto con sacerdotes diocesanos y religiosos.
En este territorio viven comunidades guarojías, ódames y rarámuris pagótome (bautizados), en la Baja y la Alta Tarahumara, donde las condiciones climáticas y geográficas varían desde Batopilas hasta las zonas nevadas de Creel.
En esa diócesis trabajan actualmente 122 religiosas de 20 congregaciones distintas. “Aquí, en la sierra, todas las religiosas nos vemos como si fuéramos de un mismo carisma”, dice la hermana María Teresa Acosta Cano, de 72 años, oftalmóloga de profesión y parte de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento.
En la casa provincial de las Siervas, en #Chihuahua, #México, las hermanas mayores ya no van a las comunidades, pero siguen colaborando: unas en la cocina, otras como testimonio vivo de décadas de entrega. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Un siglo de presencia
Entre esas congregaciones, la vida religiosa femenina ha despuntado por la tenacidad de una que trabaja en la sierra desde hace más de un siglo: las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres.
Entre las 20 congregaciones femeninas de la Tarahumara, las Siervas son las de mayor antigüedad. Llegaron al municipio de Carichí el 31 de enero de 1904. Desde entonces han fundado escuelas para niñas en Nonoava (1905), un asilo en Sisoguichi (1907) y otras fundaciones en Norogachi (1923), Cerocahui (1940), Chinatú (1942), Guadalupe y Calvo (1946) y Batopilas (1955).
No podría comprenderse el trabajo jesuita en la Tarahumara sin la presencia de las Siervas, quienes colaboran en la evangelización y auxilio de las comunidades rarámuris, atravesando inhóspitos caminos a pie, en mula, en troceros (camiones que transportan troncos de madera) y, en la actualidad, en camionetas 4x4 donadas a la diócesis.
En la casa provincial se reúnen las siervas de Chihuahua, Nuevo León, Coahuila y Sonora durante el lunes de Pascua. La cocina bulle de alegría entre los hábitos blancos que preparan y sirven los alimentos. Las hermanas mayores son atendidas por las más jóvenes.
"Ya más bien es preparar el 'equipo' para entregarlo al Padre eterno", bromea en voz baja una de las religiosas. Detrás del humor hay décadas de peligros al acecho. "Una vez fuimos a Satevó y me encontré una amapola. Venía bien contenta a llevársela a nuestro Señor y me dijeron: 'Tire eso'", recuerda la Hna. Calzadillas
De eso se habla entre líneas siempre, discretamente.
El reportaje "Esclavos en la Sierra Tarahumara", de las periodistas Marcela Turati, Thelma Gómez y Eliezer Budasoff, publicado por Quinto Elemento Lab, muestra cómo opera el narcotráfico en lo profundo del país, con la complicidad de autoridades y hasta de pobladores.
Décadas de misión en la #SierraTarahumara, #México, también significaron cruzarse con el narcotráfico. "Encontré una amapola y unos traficantes me dijeron: 'Tire eso'", recuerda una hermana. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
El Domingo de Ramos en Norogachi, Chihuahua, abre la Semana Santa rarámuri, la celebración más importante para las comunidades que las religiosas han acompañado durante generaciones. (Foto: Eduardo Cordero)
Al terminar de compartir sus recuerdos sobre la misión en la Sierra Tarahumara, las tres hermanas se levantan de sus sillas, con cuidado, y sonríen frente a la cámara. “Hay mucha historia [que contar], pero no le hemos dado prioridad porque nos dedicamos a atender [a las comunidades]”, dice la Hna. Cueto.
En Puebla, a más de mil kilómetros de la Sierra Tarahumara, solo una casa —la Quinta de las Rosas— está adaptada expresamente para las religiosas mayores, quienes se resisten a abandonar sus escuelas hasta que —como en el caso de la ‘hermana Mechita’ [Hna. Mercedes González Martínez]— se rompen un brazo o sus cuerpos no resisten más el día a día.
El tambor de piel de chivo suena incesantemente durante toda la noche, desde el Jueves Santo. La Semana Santa es la más importante celebración entre la cultura rarámuri, también conocida como tarahumara, un pueblo indígena integrado por más de 91 mil personas que habitan Chihuahua.
Aquí circulan miles de historias que podrían ser olvidadas pronto. Entre los cerros siguen caminando las niñas rarámuris, las de los pies ligeros, convertidas ahora en gobernadoras de sus comunidades y muchas de ellas educadas por las primeras Siervas. "Corre el tiempo, vuela y va ligero, y no volverá" (Cervantes, Don Quijote de la Mancha, segunda parte).
