En lo alto de la campiña española, el Camino de Santiago lleva a los peregrinos una y otra vez desde el desierto hasta las cimas de majestuosas montañas. (Foto: cortesía Colleen Gibson)
"¿Cuántas millas has caminado?"
Esta pregunta se ha convertido en una especie de estribillo desde que regresé del Camino de Santiago a principios de este verano. Allí, junto con 24 jóvenes que iban a empezar su último curso de bachillerato y un grupo de acompañantes muy comprometidos, recorrimos más de 200 millas [unos 321,87 km] a pie por España.
Cualquier tramo de este camino, ya sea el mínimo de 100 km, los más de 300 que recorrió mi grupo o los casi 800 desde la frontera francesa (o más, si, como algunos de los que conocimos, vienes de mucho más lejos), es un logro. Parece que ninguna distancia es imprescindible para captar la sabiduría y la gracia de una peregrinación así. Cada Camino de Santiago es tan único como quien lo recorre, y eso lo supimos por experiencia.
El viaje del peregrino no siempre se conoce desde el principio. De hecho, tal y como reza el dicho del Camino de Santiago, para algunos (si no para todos) el verdadero 'camino' no empieza hasta que se abandona Santiago. Es decir, con los pies doloridos y el corazón humilde, el peregrino descubre que el 'camino' se hace al caminarlo: avanzando más allá, hacia la vida que tenemos la bendición de vivir.
Al reflexionar tan solo unas semanas después de mi regreso de España, sé que hay mucho que no sé ni comprendo aún de este viaje. Sin embargo, mientras el dolor se desvanece de mis huesos, me sorprende la sabiduría de un corazón que se ha abierto y se ha mantenido firme a lo largo de todo el camino. También me maravilla que esta sabiduría no sea solo para quien camina. Es para todos nosotros.
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Ultreia et suseia —"adelante y arriba"—, el antiguo saludo del #CaminoDeSantiago, en #España, se convierte para la Hna. Colleen Gibson en una reflexión sobre cómo perseverar, superar los límites y caminar con esperanza y comunidad. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
El tercer día de nuestro viaje recibí un correo electrónico de una feligresa de la parroquia en la que ejerzo mi ministerio a tiempo completo. No es ajena al Camino de Santiago (lo ha recorrido varias veces) y me escribió unas palabras de ánimo mientras seguía las misivas diarias que enviaba a la comunidad parroquial para dar cuenta de mi ausencia. Tras leer todos los consejos prácticos que me ofrecía, sonreí al leer su saludo final: "¡Buen camino! ¡Ultreia!".
En nuestros primeros días de caminata, el saludo "¡Buen camino!" (literalmente, "buen viaje") se había convertido en una expresión cotidiana. Desde los comerciantes hasta los compañeros peregrinos, cada interacción se salpica con este deseo de buena voluntad y feliz camino.
El segundo de los saludos de mi amiga, sin embargo, me resultaba menos familiar. De hecho, no fue hasta el final de nuestra primera semana cuando me fijé en la palabra ultreia garabateada en los postes indicadores y acompañada de su pareja, suseia.
Ultreia et suseia, Deus adjuva nos. Hacia adelante y hacia arriba, que Dios nos ayude.
Esta frase era mucho más antigua que el "Buen Camino", acuñada por la oficina de turismo. Sus orígenes se remontan al Codex Calixtinus, el manuscrito del siglo XII que se considera la primera guía codificada del Camino de Santiago. A partir de esta guía original, el saludo latino Ultreia et suseia se convirtió en un grito de guerra para los peregrinos. Se pronunciaba a modo de llamada y respuesta: un peregrino decía "¡Ultreia!" y otro respondía "¡Suseia!".
Al leer el saludo de mi amiga desde miles de millas de distancia, me sentí acompañada y apoyada de una manera especial. Y es que este saludo de "adelante y arriba" es más que una simple palabra de ánimo o un grito de guerra: es una oración de un pueblo de peregrinos ofrecida en comunión.
Ultreia: más que un simple avance
En la raíz de la palabra ultreia se encuentra el ánimo para seguir adelante. Sin embargo, va más allá del simple movimiento hacia delante; es una llamada a ir más allá… a superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino. Esto significa ir más allá de nuestros límites, seguir adelante más allá del momento presente, más allá de nuestros miedos y anhelos, para descubrir lo que Dios nos tiene reservado al otro lado de todo ello.
Para avanzar de esta manera, damos cada paso con intención, sabiendo que el mero acto de dar un paso adelante tiene lecciones que enseñarnos. Llegamos a aprender que cada paso nos lleva hacia adelante: hacia lo que está por venir, hacia nuestro propio devenir y hacia las esperanzas y los sueños de Dios que nos esperan.
Suseia: una respuesta de esperanza
En respuesta a la llamada a ir más allá (ultreia), debemos declarar nuestra intención y nuestro deseo de "ir más alto". Este es el significado que subyace a la palabra suseia. Con el significado literal de "moverse de abajo hacia arriba", suseia es la respuesta apasionada de un compañero de viaje que nos asegura (con la misma certeza con la que se lo asegura a sí mismo al decirlo) que estamos haciendo más de lo que creemos. Nos estamos elevando, y el mero hecho de elevarnos y mantenernos en movimiento hacia adelante es una hazaña en sí misma.
Impulsados a ascender, damos testimonio de la esperanza. Esta es la labor de la resiliencia. El impulso para perseverar frente al fatalismo y la desesperación es lo que significa aspirar a más y seguir adelante. Ante las súplicas de nuestro cuerpo (y del mundo) de que debemos rendirnos —de que debemos caer abatidos o ser destruidos—, la respuesta de "¡Suseia!" es un "¡No!" audaz y enfático.
Suseia proclama: "¡Debemos ascender!". Como las mareas crecientes o la levadura bien alimentada, crecemos y nos elevamos cada vez más alto… hacemos lo que es natural, nos realizamos plenamente, acogemos la llamada y la compañía de Dios. Y así, nos acercamos a Dios y abrazamos la plenitud de quienes somos y de quienes estamos llamados a ser: un pueblo impulsado por la esperanza y sostenido por la fe y el amor.
Deus adjuva nos: Que Dios nos ayude
La sabiduría del camino nos dice que no sabemos lo que nos depara el futuro. Por muchas previsiones o planes que hagamos, esperamos a descubrir las realidades con las que nos encontraremos. Cuando nos enfrentamos a estas realidades, no lo hacemos solos. Nos tenemos los unos a los otros… y tenemos a Dios.
Juntos, pues, en oración y con las certezas de la fe, podemos seguir adelante. ¡Adelante y arriba, Ultreia et suseia! Deus adjuva nos, que Dios nos ayude.
Con la ayuda de Dios andamos el camino. Aceptamos la bendición de nuestros cuerpos y buscamos ser mejores miembros del cuerpo de Cristo.
Cuando nos sentimos tentados —por las dificultades y los retos del camino que seguimos— a preguntar: "¿Por qué yo?", "¿por qué ahora?", "¿por qué esto?", Dios responde a nuestro clamor con el "por qué" más auténtico que podamos explorar: "¿Por qué has sido llamado a estar aquí en este momento?".
Responder a esta pregunta nos marca el rumbo. Nos invita a preguntarnos: ¿Hacia dónde me está llamando Dios para que le responda? y ¿cómo se traduce para mí hoy… ahora mismo… en este momento, la fidelidad a la llamada de Dios?
Sea cual sea nuestra respuesta, el clamor y la sabiduría de la ultreia et suseia nos dicen que no podemos responder por nuestra cuenta. Caminamos juntos con compañeros —físicos y espirituales— y avanzamos con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. Este es el Dios que promete ayudarnos pase lo que pase. Aquel que escucha nuestros gritos de ayuda y responde incluso antes de que nos demos cuenta.
Cada paso se da con fe —hacia adelante y hacia arriba— con la mirada fija en Jesús (Hebreos 12, 2). Poniendo un pie delante del otro, avanzamos caminando. Sostenidos por el Espíritu, encontramos nuestro ritmo. Acompañados por Dios y por nuestros compañeros de viaje, perseveramos. Y, arraigados en el propio camino que recorremos, descubrimos que, estemos donde estemos en nuestro viaje, todo lo que necesitamos está aquí mismo, con nosotros.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 31 de julio de 2026.
