Al fondo, la imagen de la beata María del Tránsito Cabanillas con su canastita. Bajo el altar, la urna con sus restos lleva expresiones del carisma de la congregación: contemplativas e itinerantes; alegres y menores; pobres y solidarias; misioneras de la misericordia. El santuario se encuentra en la Casa Madre de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas, en Córdoba, Argentina. (Foto: GSR/Helga Leija)
"el 1 al 10, ¿qué calificación le das al dolor que estás sintiendo ahora?", preguntó Álvaro, un médico, a una joven que atendía. Previamente, había invitado a la paciente a reconocer en su vida el dolor más intenso que hubiera experimentado y a puntuarlo con el número 10. La joven, por su parte, preguntó: "¿Dolor físico o psíquico?". El médico respondió: "Físico", aclarando que luego también podía expresar aquel dolor psíquico.
La pregunta parece sencilla, pero abre una puerta difícil de atravesar: ¿cómo se mide el dolor? ¿Cómo se reconoce y se acompaña el sufrimiento de otra persona? Al parecer, la cantidad de personas es proporcional a la cantidad de dolores que existen. El caminar humano está signado por muchas experiencias, entre ellas, algún dolor. Tampoco la experiencia religiosa está exenta de él.
Esto se escucha en una canción que alude a la vida de la beata María del Tránsito Cabanillas nacida en Córdoba, Argentina (1821-1885): "Con mimbre de dolor y con mimbre de amor, tejes la canasta de tu vida toda". Peregrina paciente y alegre de los caminos de Dios, conocida como 'la santa de la canastita', hizo de su vida un tejido en el que amor y dolor se entrelazaron fuertemente.
Al contemplar su vida, la veo asistiendo a las familias pobres aquejadas por la peste del cólera; la veo cuidando como una madre a su sobrina huérfana, visitando el hospital y dando catequesis. Pero también la veo de rodillas, suplicando recibir la comunión; encerrada en su habitación, castigada por un exceso de confianza en la providencia; destituida de su rol de fundadora; bastante sola, sin quejarse y, al mismo tiempo, sin renunciar a un sueño. La veo reconociendo oportunidades del Reino y amando por encima de cualquier razón o derecho.
Tal vez allí se encuentre una de las claves de su vida. En nuestro tiempo, caminamos entre el riesgo de espiritualizar el dolor o quedarnos en él sin esperanza; entre la obsesiva propuesta cultural de erradicarlo a cualquier costo o la tentación de resignarnos a él sin buscar algún sentido que pueda iluminar nuestra existencia.
"¿Cuál es tu tormento?". La Hna. Claudia Navarro reflexiona sobre el dolor y el amor en la vida de la beata María del Tránsito Cabanillas, 'la santa de la canastita'. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Pintura de la beata María del Tránsito Cabanillas, obra del artista argentino Ricardo Celma. (Foto: cortesía Claudia Navarro)
Se puede intuir en el legado de María del Tránsito una sensata manera de vincularse con el dolor, un modo que no frustró los designios que Dios tenía para con ella y que tampoco rigidizó o amargó su vida. Esto es lo maravilloso de su historia: las pruebas, las dificultades y las graves humillaciones no lograron hacer sucumbir en ella la certeza de un Dios que la amparó y asistió en sus deseos más hondos.
Ella escribió en una de sus cartas: "Aprovechémonos de todos los medios de los que Dios se vale para conducirnos a Él con seguridad". Aunque algunos de aquellos medios o circunstancias no proviniesen de la bondadosa voluntad divina, sino del egoísmo y cerrazón humanos, Dios pudo servirse de ellos para un bien mayor. Así lo creyó y esperó. Así sucedió.
La filósofa francesa Simone Weil dice que el amor al prójimo consiste en ser capaces de preguntar cuál es su tormento; es decir, poder acercarnos al sufrimiento humano sin huir de él. Las biografías relatan que María del Tránsito, en su infancia, había liberado a un preso político del cepo. Esta mujer, desde muy temprana edad y hasta su muerte, aprendió a ver el sufrimiento, a reconocer el tormento en los ojos de los demás y a acercarse para procurar asistencia. Ella fue haciendo con los demás lo que percibió que Dios hacía con ella en sus momentos de mayor desamparo: quedarse y asistir.
Uno de sus tormentos más grandes fue cuando, intentando realizar el deseo de consagrarse a Dios, ingresó al Carmelo en Buenos Aires, pero le pidieron salir por falta de salud. A un dolor físico se sumó el dolor espiritual y psíquico de tener que dejar la casa de Dios. Expresaba en su relato autobiográfico: "Yo sufría mucho; tanto por los males que padecía [como] por la molestia que ocasionaba a mis hermanas… Y sobre todo, el tener que salir de la casa de Dios era lo más amargo para mí; me imaginaba que era del número de los réprobos, procuraba unir mi abandono de las criaturas con el abandono que mi Señor Jesús Cristo sufrió del Eterno Padre".
María del Tránsito no negó ese dolor ni intentó disimularlo. Lo asumió, le puso nombre y no tuvo vergüenza de hablar de él, pero lo unió a los sentimientos que Jesús había experimentado en situaciones similares.
También experimentó otro gran tormento al poco tiempo de fundar la congregación a la cual pertenezco. Sufrió la pena de no ser reconocida como fundadora por el sacerdote franciscano que la había asistido en los comienzos. Fue falsamente acusada y reprendida por el capellán del convento, hasta el punto de recorrer de rodillas un amplio patio, rogando recibir la eucaristía que se le negaba para castigarla.
Este dolor seguramente habría sido calificado por ella con el número 10. Pero ¿cómo salió adelante? ¿Cómo pudo seguir sin desistir de su deseo? ¿Serían estos los medios de los cuales Dios se valía para conducirla hacia Él con seguridad?
Posiblemente, los mimbres de dolor y amor que tejieron los últimos años de su vida fueron también los más fecundos, si los leemos a la luz del misterio pascual de Cristo. A los 60 años, su fe estaba madura y confiaba en el proyecto que Dios le había inspirado. Ya no había que buscar nuevos senderos; era el tiempo de permanecer en el amor.
Ese mismo amor que la había conducido entre los más desfavorecidos de la sociedad, haciéndola conocedora y cercana a sus dolores, ahora la invitaba a una entrega y unión extraordinarias en el silencio y la soledad de su habitación. No era justo, no era querido por Dios, pero ella eligió unirse más plenamente a Él, sin quejarse, sin dejar de ser amable. Y esa unión la confortó hasta el punto de exclamar con viva esperanza: "Desde el cielo les haré mucho bien".
La beata cordobesa amó con el amor de una madre. Miró a los demás no como enemigos, sino como hijos muy queridos, como lo enseñaba san Francisco de Asís: "Ámense unos a otros como una madre ama a sus hijos" (Regla no bulada, cap. 6). Comprendió que Dios la había conducido tierna y pacientemente, aun por oscuras quebradas. Él era testigo de sus tormentos, pero también quien la había purificado y consolado, transformando su vida en fuente de compasión y misericordia para otros.
Como hija de Madre María del Tránsito, siento que hoy nos pide acompañar numerosas situaciones de dolor en las diferentes obras de la congregación. Sobre todo, reconozco con mis hermanas el sufrimiento de la violencia familiar, el sinsentido en muchos adolescentes, el desconsuelo y la desilusión en todas las etapas de la vida. Existe como un tsunami de soledad, de 'desconexión presencial' y, como cristianas-franciscanas, deseamos compartir la belleza de un Dios que no huye de ningún dolor. Queremos mostrar la ternura de un Dios que no nos quiere solitarios, sino fraternos, tejiendo juntos la historia con mimbres muy variados, sin temer preguntar o responder: "¿Cuál es tu tormento?".
La pregunta del inicio tiene un alcance que va más allá de medir el dolor. "Del 1 al 10, ¿qué calificación le das al dolor que estás sintiendo ahora?". Preguntar es acercarse. Es decirle al otro que su dolor puede ser nombrado, que no tiene que atravesarlo solo. María del Tránsito aprendió a hacerlo con quienes sufrían y, en sus propios momentos de desamparo, descubrió también a un Dios que permanecía cerca. Quizás hoy nuestra tarea sea tan sencilla y tan exigente como esa: detenernos, preguntar '¿cuál es tu tormento?' y permanecer allí, con ternura, hasta que el dolor pueda encontrar compañía.
Advertisement
