Las panelistas de La Vida de julio comparten cómo las amistades inesperadas que encontraron en la vida religiosa transformaron su vocación, sostuvieron su esperanza y les revelaron el amor de Dios. (Foto: Unsplash)
La vida religiosa nos regala encuentros inesperados. Personas de distintas culturas, generaciones y experiencias llegan a nuestra vida y, con su amistad, nos ayudan a descubrir el amor de Dios, a conocernos mejor y a crecer en la vocación. Este mes, las panelistas de La Vida comparten las amistades que han dejado una huella imborrable en su camino.
Amistades que nacieron por sorpresa, vencieron la distancia, sobrevivieron a la muerte y florecieron en la misión. Cinco hermanas cuentan en el #PanelLaVida de julio cómo esos encuentros transformaron su vocación. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas
La Vida, testimonios de la vida consagrada
Adriana Pérez nació en Villaguay, Entre Ríos, Argentina. Tiene cinco hermanos y entró a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús a los 19 años, adoptando la espiritualidad de la Caridad Redentora. Hizo su profesión religiosa en 2008. Es profesora en Ciencias Sagradas y licenciada en Educación Religiosa. Actualmente anima la comunidad de Firmat, Santa Fe, y enseña en el nivel secundario del Colegio Virgen de la Merced. Continúa su formación en ambientes cuidados y prevención de abusos.
La vida religiosa regala encuentros que, muchas veces, Dios va tejiendo de un modo inesperado. Algunas amistades nacen de inmediato; otras necesitan tiempo, paciencia e incluso atravesar diferencias para descubrir la riqueza que esconden. Mi amistad más inesperada fue con una hermana con quien, al principio, no siempre coincidía. Éramos distintas en nuestra manera de pensar, de trabajar e incluso de mirar algunas situaciones de la vida cotidiana. Sin embargo, esas diferencias, lejos de alejarnos, terminaron convirtiéndose en un puente para conocernos mejor y aprender la una de la otra.
Con el paso de los años, la misión compartida nos fue acercando. Descubrimos que detrás de nuestras diferencias había un mismo deseo: entregar la vida al Señor con generosidad y servir a los demás con alegría. Ella tenía cualidades que siempre admiré: una creatividad inagotable, un profundo amor por los jóvenes y una extraordinaria capacidad para perdonar. Nunca se quedaba atrapada en los resentimientos. Sabía mirar más allá de los errores, dar nuevas oportunidades y confiar en las personas, aun cuando otros ya habían perdido la esperanza. Era de esas mujeres que encontraban posibilidades donde muchos solo veían obstáculos.
Compartimos viajes, encuentros, proyectos y sueños. Recorrimos caminos que dejaron anécdotas imborrables, largas conversaciones, risas espontáneas y también silencios llenos de confianza. En cada aventura de la vida consagrada aprendimos que la fraternidad no consiste en pensar igual, sino en caminar juntas y sostenernos mutuamente cuando el camino se vuelve cuesta arriba. Su pasión por los jóvenes marcó profundamente cada misión que emprendíamos. Verla entregarse con tanta alegría y cercanía renovaba también mi propia vocación.
Hace dos años, la vida nos enfrentó a una prueba que jamás imaginamos. Una enfermedad llegó de manera inesperada y comenzó un tiempo de incertidumbre, esperanza y oración. La vi luchar con una serenidad que hablaba de una fe profundamente arraigada. También la vi abrazar su fragilidad sin perder la capacidad de agradecer, sonreír y seguir preocupándose por los demás. Su testimonio fue una verdadera lección de esperanza.
Adriana Pérez, a la izquerda, y Gabriela Carretero, a la derecha, en Machu Picchu, en el Cuzco, Perú, en enero de 2019. (Foto: cortesía Adriana Pérez)
Su partida dejó un vacío difícil de explicar. Durante mucho tiempo sentí que me faltaba esa compañera con quien podía pensar proyectos, compartir preocupaciones o simplemente reírme de las pequeñas cosas de cada día. Extrañé su consejo, su mirada sincera y esa manera tan suya de reconciliar, tender puentes y recordarme que siempre vale la pena volver a empezar.
Con el tiempo comprendí que la amistad no termina con la muerte; simplemente cambia de forma. Ahora me toca vivirla de otra manera: recordándola con gratitud, dejándome inspirar por todo lo que sembró en mi vida y creyendo que la comunión que nace en Cristo es más fuerte que cualquier despedida. Ya no caminamos una al lado de la otra, pero sigo sintiendo que su vida continúa alentando la mía.
Si alguien me preguntara quién ha sido la amiga más inesperada que encontré en la vida religiosa, no dudaría en pensar en ella. Me enseñó que las diferencias no impiden el amor verdadero; al contrario, pueden hacerlo más profundo. Y su amistad sigue recordándome que los vínculos nacidos en Dios nunca desaparecen: se transforman y continúan acompañándonos, incluso cuando el camino ya no puede recorrerse de la mano, sino desde la esperanza de la vida eterna.
"Con el tiempo comprendí que la amistad no termina con la muerte; simplemente cambia de forma": Hna. Adriana Pérez sobre las amistades que dejan huella en la #VidaReligiosa. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #PanelLaVida
Aurora Becerra Guzmán, hermana de las Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad, es licenciada en Matemáticas con estudios en Biblia y Teología. Ha desempeñado su actividad apostólica en México, Estados Unidos y Japón, principalmente en la pastoral educativa y formación inicial. Actualmente forma parte de la comisión de espiritualidad y colabora en la comunidad parroquial de Mito, Japón, apoyando la formación espiritual de los latinos que viven en este país.
Reflexionar sobre mi experiencia de amistad ha sido un tiempo para recordar y agradecer a Dios el don de tantas amistades, algunas de ellas ya en el cielo y otras que me siguen acompañando en mi diario caminar. Me experimento muy bendecida al constatar que, en cada lugar donde he vivido, la semilla de la amistad ha germinado.
Una de ellas, con un encuentro inesperado, se inició en agosto de 1998. Iniciaba el cuarto año de juniorado y me propusieron estudiar teología. Para mí, era una nueva experiencia por el tipo de estudios que realizaría, pero al mismo tiempo era la primera vez, desde que había ingresado a la congregación, que asistiría a la escuela yo sola.
El día de la misa inaugural decidí ir de hábito —normalmente lo usamos solo en solemnidades—. Esa tarde me sentía emocionada y al mismo tiempo nerviosa. En un momento dado, se sentó a mi lado un joven y me preguntó: "¿Eres MESST?" —estas son las siglas de mi congregación—. Respondí: "Sí". Entonces él exclamó: "¡Yo soy Misionero del Espíritu Santo!". Era el hermano Ignacio Hernández, quien también iniciaba sus estudios.
Desde entonces, además de la Espiritualidad de la Cruz que nos une, porque los dos pertenecemos a la Familia de la Cruz, también compartimos una gran amistad.
Ni el tiempo ni la distancia han sido obstáculos para compartir la fe y la vida. Han sido maravillosos los momentos en que hemos logrado coordinar nuestras agendas y compartir un café. Sin embargo, cuando esto no ha sido posible, un mensaje o una llamada nos recuerda que contamos el uno con el otro.
Una flor crece entre las grietas de la acera, símbolo de la fuerza que nace cuando una amistad nos sostiene y nos ayuda a florecer. (Foto: cortesía Aurora Becerra Guzmán)
Su amistad me ha ayudado a florecer, aun en aquellos momentos o lugares en donde pareciera que es imposible. Recuerdo en particular el 18 de septiembre de 2018: papá estaba enfermo y después de estar unos días con mi familia, regresaba preocupada ante un diagnóstico incierto. Cuando el taxi llegaba a la puerta del convento sonó el celular. Era el padre Nacho que llamaba para preguntarme cómo estaba. En el lugar en donde él vivía, no siempre tenía señal para hacer llamadas. Fue una gran sorpresa y una enorme bendición: me escuchó, me animó, me ofreció sus oraciones y me invitó a confiar en Dios.
Dios nos ha permitido caminar juntos compartiendo la vida y la vocación con sus sueños, temores, aciertos, penas y gozos. Hemos llorado y reído juntos. Nos hemos apoyado en momentos difíciles o de dolor. Pero, sobre todo, celebramos la fe, agradecemos la amistad y experimentamos el amor de Dios Uno y Trino que nos invita a seguir creando lazos de fraternidad en un mundo muchas veces dividido.
"En cada lugar donde he vivido, la semilla de la amistad ha germinado": Hna. Aurora Becerra sobre las amistades que dejan huella en la #VidaReligiosa. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #PanelLaVida
Elsa Viviana Porcario ingresó a la vida consagrada en 2000. Desde 2017 anima un nuevo camino de consagración en la Fraternidad de Servidoras de los Más Pobres. Actualmente reside en Hipólito Yrigoyen, Salta, Argentina. Es docente, diplomada universitaria en Formación para Formadores y cursa la licenciatura en Educación.
Hay personas que llegan a la vida sin hacer ruido. No anuncian su importancia. Simplemente aparecen, y un día descubrimos que fueron un regalo inmenso.
A la hermana Marina la conocí en 1993 en la provincia de Mendoza. Yo estaba terminando la secundaria y atravesaba ese tiempo en el que la vocación se vuelve pregunta, búsqueda y oración. Estaba en la capilla del colegio, rezando sobre mi camino. Ella pasó casi de casualidad, se detuvo apenas un instante y me dijo una frase tan sencilla como decisiva: "Él te va a escuchar". Y siguió caminando.
Nunca imaginé que aquella hermana cordobesa, descendiente de vasco-franceses, hija única, que había ingresado siendo muy joven a la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Rosario, terminaría convirtiéndose en una de las amistades más profundas de mi vida.
Los caminos volvieron a unirnos en la casa de formación, en las periferias de Moreno, Buenos Aires. Allí comenzó una amistad que fue creciendo sin prisa. La hermana Marina fue compañera, referente y hermana. Ella estuvo a mi lado en mi primera consagración, y también en mis votos perpetuos. Más tarde compartimos comunidad en mi primer destino. Sin proponérselo, me cuidó, me sostuvo. Ella me custodió no con grandes discursos sino con su vida, al rezar juntas, al conversar de todo, al reírnos tanto, al escuchar sus historias que eran una verdadera escuela de humanidad.
De ella aprendí que la santidad tiene aroma a cotidiano; que una sonrisa también puede evangelizar; que servir a los pobres exige delicadeza antes que protagonismo; que el sagrario puede convertirse en el lugar favorito del corazón y que el rosario, cuando se reza con amor, acompaña cada paso.
Manos de la hermana Marina Echechuri en el 2017, tomadas unos meses antes de su Pascua. (Foto: cortesía Alejandra Espinoza)
Tenía una sana picardía que desarmaba cualquier solemnidad. Era alegre, conversadora, flexible para aceptar los cambios, desprendida de las cosas y sorprendentemente juguetona. Nunca perdió la capacidad de asombro.
Con noventa y ocho años llegó a nuestra pequeña comunidad de Salta. Fue un regalo inmenso. Y entonces la amistad cambió de forma. Ya no era ella quien me cuidaba. La vida me regaló la posibilidad de acompañarla hasta su Pascua, a los ciento dos años. Descubrí que cuidar también es una manera de amar y que despedir a quien tanto bien nos hizo puede estar lleno de gratitud.
Desde su Pascua, muchas veces la siento cercana, le confío nuestras intenciones y, con la sencillez de quien cree, experimento que sigue intercediendo por nosotros. Son muchas las gracias y los pequeños favores que, en el corazón, asocio a su oración. El amor verdadero no termina con la muerte; encuentra una manera nueva de seguir acompañando.
Con la hermana Marina conocí un pedacito de cielo en la tierra. Y desde que partió, un primero de abril de 2017, sigo convencida de que también tengo un pedacito de cielo esperándome. Creo que es el amor el que tiene la última palabra y simplemente se transforma en cientos de maneras de estar cerca.
"El amor verdadero no termina con la muerte; encuentra una manera nueva de seguir acompañando": Hna. Elsa Porcario obre las amistades que dejan huellas en la #VidaReligiosa. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #PanelLaVida
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Enedina Juárez, mexicana y miembro de la Congregación de las Hermanas de San José de Lyon, estudió Psicología Laboral y Ciencias Religiosas en la Universidad Iberoamericana. Cuenta con un diploma en Acompañamiento Psicoespiritual, Perdón y Reconciliación, y enseña a partir de la metodología de las Escuelas de Perdón y Reconciliación. Ha acompañado a Comunidades Eclesiales de Base en México y Honduras. Actualmente, está inserta en la Arquidiócesis de Xalapa, donde colabora en la Radio Católica con temas relacionados con la paz y el perdón, en el marco del Diálogo Nacional por la Paz, en el que participó en septiembre de 2023. Los sábados trabaja con grupos de jóvenes.
Al escoger este tema, inmediatamente, vino a mi mente y a mi corazón la experiencia de ejercicios espirituales cuando recién iniciaba mi etapa de juniorado.
El director de ejercicios, en la meditación del Rey Eternal (91-98 EE), nos invitó a salir de la casa de retiro para ir con las familias pobres a vivenciar esta contemplación.
No me di cuenta si alguien del grupo de ejercitantes salió de la casa, pero yo sí. Me dirigí al pueblo cercano llamado Atlatongo, donde había realizado mi servicio de pastoral parroquial durante mi noviciado.
Al llegar a la casa de la familia que conocía, recibí una afectuosa bienvenida, como si hubieran estado enterados de mi visita. Inmediatamente, Rosa me invitó a pasar a su casa cruzando el establo de las vacas y caballos. Ya estaba lista la comida en la pequeña cocina junto con el resto de la familia. Estuvimos comiendo y conversando tranquilamente, disfrutando mutuamente la compañía.
Experimentaba un gran gozo en mi corazón al ver a los niños, los abuelitos y a Rosa que llevaba el liderazgo en la familia. No hubo preguntas, porque en ese día estaba yo ahí con ellos; lo único que importaba es que estábamos contentos de disfrutar ese tiempo juntos.
Ahora, al revivir esa experiencia se llenan mis ojos de lágrimas por ese momento de Dios, porque esa experiencia marcó mi vida para siempre, para estar al lado de los más vulnerables.
Por los cambios de residencia en mi vida religiosa fuera de mi país, no fue posible volver a Atlatongo. Sin embargo, conocí a muchas Rosas que de igual manera marcaron mi vida, y con las cuales entablé una verdadera amistad de corazón a corazón.
La amistad es un camino de ida y vuelta: nos conduce a Dios y nos devuelve a quienes han marcado nuestra vida con su cercanía. (Foto: Unsplash/Adrien Tutin)
Recuerdo a Isabel Pagoada, Panchita y Genaro, su esposo; Julia y Julio, hermanos; al igual que varios jóvenes de Jimasque Olancho, Honduras,que aparecen en los ejercicios cuando se trata de buscar mi pozo, mi manantial interno del cual me alimento, y saco fuerzas para renovarme como persona.
En Xalapa, Veracruz, donde actualmente vivo, está Laura, una mamá joven que siempre que me ve me saluda preguntándome: "¿Cómo ha estado?". Con esa pregunta, Laura me desarma. Ella me hace sentir importante para ella, me hace saber que le importa cómo estoy, no es mera cortesía. Laura quiere entrar en mi corazón y acompañarme con su cariño y cercanía, desde lo que me habita en ese momento. Hace que baje el acelerador de los pendientes que tengo, para verme como persona. Ella sabe hacer pausa para la amistad.
Mi respuesta a Laura, a Isabel, Rosa, Panchita, Julia, Genaro y Julio… es de reverencia y agradecimiento por importarles, por no ser una más de las hermanas que han pasado por sus vidas. Su amistad fortalece mi amistad con Jesús, y Jesús me lleva a ellas: es un viaje de ida y vuelta…
"Su amistad fortalece mi amistad con Jesús, y Jesús me lleva a ellas: es un viaje de ida y vuelta". Hna. Enedina Juárez sobre las amistades que dejan huella en la #VidaReligiosa. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #PanelLaVida
Marta Porta, integrante de la Congregación de las Hermanas de la Virgen Niña, es licenciada en Psicología por la Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires. Como parte de la Junta Nacional de Religiosos del Uruguay (Confru), acompaña ejercicios espirituales en el Centro de Espiritualidad Manresa. Ejerce la psicología clínica y acompaña procesos psicodiagnósticos y terapéuticos en formación para la vida religiosa y sacerdotal.
El perfume es a la sensibilidad lo que al alma su presencia. Percibir y oler es la experiencia primaria de los sentidos que se despiertan, se sorprenden y se ponen en movimiento, generando en el ambiente algo más que el estar allí: es la singularidad que hace única a esa persona, esa casa. Un perfume no se ve, pero deja huella... El perfume permanece cuando la persona ya no está presente. Se descubre en la cercanía, no a la distancia... Un perfume puede evocar instantáneamente una persona, un lugar o una historia compartida.
La amistad se parece al perfume. No se la puede atrapar entre las manos, ni medir con exactitud, y sin embargo permanece. Cada amigo tiene su aroma secreto: una manera de escuchar, una palabra que consuela, un silencio que acompaña. El perfume tiene una relación muy rica con la amistad, porque ambas realidades son sutiles, invisibles y, sin embargo, profundamente reconocibles.
Cuando el tiempo o los caminos separan, algo queda suspendido en la memoria, como el perfume en una bufanda antigua o una canción reconocida. Basta un recuerdo, una voz, un nombre pronunciado al pasar, para que vuelva a desplegarse su fragancia entera. Porque hay afectos que, como los mejores perfumes, no se desgastan con los años: encuentran en el corazón su lugar más fiel. Se anuncian sin forma, sin ruido, sin exigencia. Nadie sabe de dónde vienen exactamente. Un día están allí, como una brisa que atraviesa la casa cuando cae la tarde. Su verdad consiste en pasar, en tocar apenas, en dejar una huella invisible que el alma reconoce muy bien.
Hay amigos cuya presencia se parece a la fragancia del nardo: no se impone, pero todo lo transforma. Después de un encuentro con ellos, las cosas siguen siendo las mismas, y sin embargo, ya no lo son.
Flor de nardo. (Foto: Pixabay/María Angélica Spínola Yamaguchi)
Quizás la amistad sea eso: el perfume de una Presencia mayor que, por un instante, elige descansar en un rostro humano. Y cuando el amigo se aleja, cuando la distancia o el tiempo lo ocultan a nuestros ojos, permanece todavía su aroma. No en la memoria, sino más hondo. En ese lugar secreto donde Dios guarda los nombres de quienes nos enseñaron, sin saberlo, que el amor no ocupa espacio: lo hace sagrado.
En el itinerario de la vida religiosa, con sus tiempos, lugares y personas, los amigos son el
regalo de la experiencia y la diversidad de espacios por los que hemos transitado. Cuando la disponibilidad nos pone de cara a la elección de una nueva misión, una nueva comunidad, los amigos que dejamos son el tesoro donde hemos puesto el corazón y la vida. Y los que nos esperan, promesa de vida.
Al escribir veo —en la composición de lugar— rostros que se hicieron amistad en cada tramo del camino. Con el gusto de su compañía la vida es más bella, la misión más plena, la fe más profunda. ¿Quién sino ellos son casa, hogar, pan y mesa? Alivio en el cansancio, confidencia en el temor, sostén en la prueba. Y tal vez amarlos, consista simplemente en agradecer su aroma, antes de que el viento lo devuelva al Misterio.
"La amistad se parece al perfume. No se la puede atrapar entre las manos (...) y sin embargo permanece": Hna. Marta Porta sobre las amistades que dejan huella en la #VidaReligiosa. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #PanelLaVida
