Fieles acompañan a la Divina Pastora al final de la procesión en Barquisimeto, Venezuela. Cada 14 de enero, miles de peregrinos recorren 7.5 kilómetros desde la Basílica de Santa Rosa hasta la Catedral de Barquisimeto. (Foto: cortesía María Gabriela Torres)
El 14 de enero de 1856, el sacerdote José Macario Yépez pidió la intercesión de la Divina Pastora para librar a Barquisimeto, en el estado Lara, Venezuela, de una epidemia de cólera que había afectado a gran parte de la población. En esa época, la ciudad enfrentaba crisis sanitarias y económicas, y la fe en la Virgen unió a ricos y pobres, jóvenes y ancianos, quienes buscaban el mismo consuelo y protección.
Desde entonces, cada 14 de enero miles de venezolanos acompañan su imagen en una de las procesiones más grandes del mundo, recorriendo 7.5 kilómetros desde el santuario Basílica de Santa Rosa hasta la Catedral de Barquisimeto. Más allá de la devoción personal, la procesión de la Divina Pastora se ha convertido en un símbolo de unidad y esperanza en momentos de crisis política, social y económica.
La Divina Pastora es un símbolo de Barquisimeto y un emblema nacional que nos une como venezolanos, nos fortalece, nos cuida y nos guía en estos momentos de incertidumbre. Ella nos inspira a vivir este momento histórico con la serenidad de quienes esperan un nuevo amanecer para nuestra tierra.
Aun cuando el mal ha sido evidente, el refugio en nuestra madre, la Virgen María, ha sido un oasis de paz en medio del sufrimiento y la consternación. Ella ha acompañado nuestras luchas y nuestro dolor por cada venezolano que ha sido encarcelado por denunciar y pedir un mejor país; el de cada familia que no ha tenido recursos para alimentar o enviar al colegio a sus hijos; el de cada centro educativo que vive la tragedia de no contar con los recursos necesarios para pagar a su personal o sostener una estructura digna para los estudiantes.
"[Los 4 millones] de peregrinos reflejan (...) el anhelo colectivo de consuelo, unidad y esperanza en medio de la profunda crisis social y económica que vive Venezuela": Hna. Maura Aranguren sobre la procesión de la Divina Pastora en 2026
Devotos rodean la imagen de la Divina Pastora durante la procesión en Barquisimeto, Venezuela. En 2026, cerca de cuatro millones de personas acompañaron el recorrido, una de las cifras más altas registradas en sus 168 años de tradición. (Foto: cortesía María Gabriela Torres)
La Virgen representa la unión de la familia, la protección maternal, el respeto por nuestra identidad y la fidelidad a nuestros valores cristianos. Su imagen transmite libertad, perdón y reconciliación. Hablar de esta advocación mariana, venerada por muchos venezolanos dentro y fuera del país, es reconocer que tenemos una madre que nos consuela, guía y cuida. Ella escucha nuestras súplicas e intercede por nosotros ante Dios para que nuestra fe permanezca firme ante las situaciones adversas que vivimos.
Cada año, en la peregrinación, la Virgen luce un vestido distinto, confeccionado por diseñadores locales que representan un tema que involucra celebraciones importantes de la Iglesia venezolana. Su imagen original —túnica rosa, manto azul donde aparece rodeada de ovejas, con un bastón en su mano derecha y con el niño Jesús en su mano izquierda— me inspira confianza y ternura. Frente a ella, siento el impulso de ser mejor y me anima a luchar por nuestros derechos humanos, sin bajar nunca la cabeza ante el mal y la injusticia, manteniendo la plena confianza en Dios, quien derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (Lucas 1, 52).
Cada 14 de enero, las calles de Barquisimeto se llenan de miles y miles de peregrinos que participan con fe en la procesión, pidiendo un milagro o dando gracias por uno concedido. Este año, en su edición número 168, la procesión de la Divina Pastora reunió a una multitud histórica: cerca de 4 millones de personas acompañaron el recorrido principal, una de las cifras más altas registradas en la tradición. El gran número de peregrinos refleja no solo una clara devoción mariana, sino también el anhelo colectivo de consuelo, unidad y esperanza en medio de la profunda crisis social y económica que vive Venezuela.
Durante la festividad, la Iglesia venezolana, a través del arzobispo de Barquisimeto, pidió el gran milagro de la liberación de los casi 900 presos políticos detenidos en diversas cárceles de Venezuela, cuyos familiares continúan esperando a las afueras de las cárceles, día y noche, sin respuestas y sin saber si ellos siguen con vida. "Aplaudimos que algunos ya han sido liberados, pero faltan muchos otros cuyo clamor —y el de sus familiares— no puede seguir siendo ignorado", dijo monseñor Polito Rodríguez durante la misa inaugural, quien además llamó a todos los peregrinos a no quedarse "paralizados en el miedo, en la tristeza o en el desaliento".
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Yo no pude asistir a la peregrinación este año, pero tuve la bendición de visitar el santuario Basílica de Santa Rosa, donde pernocta la imagen de Nuestra Señora de la Divina Pastora. En 2016 peregriné —junto a miembros de la familia Consolación: maestros, administrativos y ambientalistas— para atravesar la Puerta Santa y ganar la indulgencia plenaria.
Para esta peregrinación me preparé espiritualmente: recé por nueve días consecutivos la oración a la Virgen, leí sobre ella y me dispuse a vivir el momento. El viaje fue largo y algo agotador —porque también visité, junto a mis colegas, el santuario de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela—, pero valió la pena.
Recuerdo estar frente a su imagen dulce, amorosa, protectora. Sentí mucha alegría y también experimenté un profundo silencio, como quien no tiene palabras para expresar tanto agradecimiento por lo que ella representa en mi vida. Recé también mucho por nuestro país, que atraviesa su peor crisis política, social, alimentaria y económica. Muchos lloramos ante su imagen, buscando consuelo, refugio, y fortaleza. Fue un momento de paz que me permitió ver, en los rostros de mis colegas, que somos un pueblo creyente, con arraigados valores cristianos y una fuerte conexión con la Virgen María.
A pesar de que los venezolanos tenemos todavía muchas luchas por delante: la pobreza, la falta de alimentos, la inseguridad, la ausencia de servicios básicos o la angustia por familiares detenidos injustamente, confiamos en la Divina Pastora, porque desde 1856 ha acompañado al pueblo a través de epidemias, crisis económicas y conflictos sociales.
Entonces seguimos encomendando a Venezuela a la Divina Pastora, confiando en que su intercesión inspire fortaleza, unidad y esperanza para todos, y nos ayude a mantenernos firmes en la búsqueda de justicia, dignidad y solidaridad con los más vulnerables.
