"Esa mano la levanta. Mateo y Lucas narran que la mujer se levanta; Marcos dice que Jesús la levanta. En ambos casos, percibo la fuerza de esa mano extendida que posibilita ponerse en pie": Hna. Magda Bennásar sobre el pasaje de Jesús y la suegra de Pedro en Marcos 1, 29-31. (Foto: Pixabay)
Nos situamos en la habitación de la suegra de Pedro (Marcos 1, 29-31): La suegra de Simón estaba postrada en la cama con fiebre. Enseguida le hablaron a Jesús, de ella. Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. A ella se le quitó la fiebre y se puso a servir.
El texto no dice que estuviera enferma; dice que tenía fiebre, una fiebre que la mantenía postrada. Quizá no tenía ganas de vivir más así: sin voz propia. Como mujer dentro de un sistema patriarcal —que continúa presente también en el ámbito eclesial— son otros los que hablan por ella y de ella, aunque pocas veces con ella.
Su lenguaje es corporal: fiebre, postración, silencio. Otros hablan a Jesús acerca de ella, Igual que los jerarcas hablan sobre las mujeres, pero no con ellas, mientras miles de mujeres preparadas, llamadas por la Santa Ruah a ministerios pastorales de cuidado y empoderamiento interior de las personas, permanecen a la orilla del camino, 'postradas' a la margen de los espacios de decisión.
El lenguaje de Jesús también es corporal. Primero, se le acerca. Este gesto ya expresa una actitud. Él toma la iniciativa y entra en el espacio íntimo de la mujer, su habitación, estableciendo una comunicación sin palabras, según el texto.
"No siempre son otros quienes nos tienen postradas. Muchas veces somos nosotras mismas al responder al sistema de valores que hemos interiorizado, un sistema que quizás es hora de revisar y actualizar": Hna. Magda Bennásar
(Foto: Pixabay/John Hain)
Luego la toma de la mano. El lenguaje de las manos es insuperable: expresa intención, dirección y cercanía. Las manos comunican lo que el corazón siente mucho mejor que con palabras. El contacto entre manos transmite fuerza compartida. Jesús se arriesga a tocarla porque, a su paso, nadie queda postrado. Y menos la mitad de la humanidad que la mujer representa.
Esa mano la levanta. Mateo y Lucas narran que la mujer se levanta; Marcos dice que Jesús la levanta. En ambos casos, percibo la fuerza de esa mano extendida que posibilita ponerse en pie. En la Biblia, 'levantar' comparte raíz con 'resucitar'. La mujer retoma su vida desde otra perspectiva después de haber sido tocada en su dolor y en su frustración.
La sanación interior que experimenta disipa su fiebre. El fuego que devoraba su energía y la hacía sentirse sentirse inútil, infravalorada, aparcada e invisibilizada, desaparece. Ahora es capaz de ponerse de pie, lo que simboliza el seguimiento.
Entonces surge la pregunta: ¿cómo concreta ella ese seguimiento ahora que puede estar de pie, a la misma altura que Jesús y en diálogo con él? Ya sin fiebre puede decidir cómo seguirle.
El texto nos indica que "se puso a servir". ¡Claro!, ¿qué otra cosa podía hacer una mujer de su tiempo?
Sin embargo, el ministerio del servicio es la 'diaconía' que hoy continúa negándose a las mujeres, aunque en los inicios del cristianismo existieron diaconisas. Ellas eran mujeres que anunciaban la Palabra y sostenían la presencia sanadora en las comunidades primitivas.
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Actualmente, las mujeres siguen siendo presencia esencial en la Iglesia en todo el mundo. Me pregunto qué ocurriría si la mujer desapareciera de la vida eclesial. También me pregunto cuáles serán los temores y resistencias eclesiales que mantienen a las mujeres postradas. Como me imagino la respuesta, prefiero compartir cómo intento procesar la frustración que esta situación me produce.
Mi ejercicio comienza con una pregunta sencilla: ¿Cómo me hablo a mí misma?
La mayoría de nosotras estamos en ministerios que se generan con una llamada personal y, a veces, comunitaria a la compasión. La compasión puede ser dirigida a personas que viven múltiples situaciones de injusticia, a la que nos sentimos llamadas a liberar o acompañar, haciendo carne en nosotras la experiencia de Jesús en sus diferentes ministerios.
Esto es tierra sagrada. Cada una sabemos cómo concretar ese llamado al servicio más allá de los servicios habituales.
Hay un servicio que empecé a practicar hace poco y al que les invito: el servicio de la compasión con una misma.
No se trata de narcisismo ni de infantilismo. Es un paso serio de madurez que implica querer mirar de frente cómo me trato a mí misma, cómo me hablo a mí misma y cómo me siento en mi cuerpo y en mi espíritu.
"Me pregunto cuáles serán los temores y resistencias eclesiales que mantienen a las mujeres postradas. Como me imagino la respuesta, prefiero compartir cómo intento procesar la frustración que esta situación me produce”" Hna. Magda Bennásar
Normalmente nos valoramos por lo que hacemos. Normalmente somos personas compasivas, entregadas, trabajadoras y mujeres de oración.
La prueba de fuego para saber si estoy integrada se da, dicen algunas psicólogas, en cómo reacciono conmigo misma cuando hago algo mal, cuando me equivoco, cuando fracaso y no doy la talla que creo se espera de mí.
Cuando esto ocurre, el cuerpo me avisa. Localizo una tensión en el estómago o cerca del corazón, como una angustia que tarda en disiparse a no ser que la atienda con respeto, compasión y comprensión, como si se tratara de otra persona.
Entonces aplico conmigo misma la misma compasión que aplico a las demás personas. A mí me resulta difícil porque soy más exigente conmigo misma y porque me han formado en un nivel al que tengo que responder.
Y cuando no llego, o me corrigen, o me doy cuenta de que he fallado en algo importante, tengo dos opciones: derrumbarme o mirarme con compasión y hablarme con ternura.
Me doy cuenta que no siempre son otros quienes nos tienen postradas. Muchas veces somos nosotras mismas al responder al sistema de valores que hemos interiorizado, un sistema que quizás es hora de revisar y actualizar.
Este ejercicio se llama autocompasión. Nos permite acercarnos a nosotras mismas, tomar nuestra propia mano y dejarnos levantar por ella. También nos invita a servirnos una buena dosis de respeto porque somos amadas por el que nos dio la vida y la llamada y a Él no le gusta vernos postradas.
