(Foto: Unsplash/çMatt Hardy)
Continuamos caminando en la Cuaresma y esta semana comienza con una demanda. "¡Dame!" es un imperativo que escuchamos todos los días en nuestras familias, en las comunidades, con nuestros amigos, incluso al caminar por las calles escuchamos "¡dame!". En nuestra oración, la mayoría de las veces repetimos este reclamo al Señor.
¿Qué pasaría si transformamos esta pequeña palabra en una acción? Estoy segura de que así llegaríamos al modo de Jesús, ese modo que sí estamos invitados a vivir y hacer nuestra respuesta cotidiana.
El Evangelio que abre esta tercera semana de Cuaresma (Juan 4, 5-42) es significativo porque presenta la lucha entre las normas y leyes que regían a los pueblos de la Palestina del siglo I y el corazón y la mente de sus habitantes.
Hoy, como entonces, no todos sabían escuchar, ver o comprender. Muchos se encerraban en lo permitido, en lo conocido y en lo que no creaba problemas. Aquellos que debían estar cerca se volvían extraños. Las palabras levantaban muros, abrían heridas y separaban vecinos en lugar de unirlos.
"El agua que refresca y quita la sed se transforma en certezas de un Dios que dejó su sello en medio del pueblo. (...) Llevemos a todos hacia el lugar donde cada uno puede saciar su sed: de verdad, de paz, de justicia...": Hna. María Baffundo
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En ese contexto, Jesús se hizo presente en un pequeño pueblo de Samaría para mostrar que las costumbres nunca deben estar por encima de las personas y sus necesidades. Su enseñanza se convirtió en acción liberadora y compasiva a la vez.
Jesús pronunció estas breves palabras: "¡Dame de beber!". La mujer al borde del pozo, que buscaba agua para su sed material, supo reconocer a 'alguien más039. Era una mujer discriminada por su género, su procedencia y su estilo de vida, que se sentía lejana de Dios y de sus promesas. Era una mujer ignorada, relegada, invisible. Cuando ese hombre le pidió agua, primero escuchó la voz necesitada del otro, luego descubrió su rostro y encontró allí la misericordia necesaria para abrazar su vida.
Él, el Hijo de Dios, se abajó a la necesidad humana. Se mostró vulnerable, pobre y sediento, como todos los que iban al pozo. Sus palabras y gestos desarmaron largos años de opresión y diferencias. Jesús se hizo cercano, confidente y amigo. Despertó en ella otra sed, más profunda y hasta ese momento insaciable.
Este modo de Jesús, que estamos invitados a reflejar en este tiempo de Cuaresma, nos enseña que frente a tantos "dame de beber" que hoy nos plantea la familia, los amigos, la comunidad y la sociedad, debemos ser capaces de escuchar y abrazar.
El camino cuaresmal de esta tercera semana no es para realizarlo solos, sino con otros y por otros. A veces pienso que el pozo donde se dan estos encuentros es lo más significativo, porque habla de raíces, de antiguos profetas y de un lugar que pertenece a todos. ¿En qué pozos cotidianos nos encontramos hoy?
En esos momentos, el agua que refresca y quita la sed se transforma en certezas de un Dios que dejó su sello en medio del pueblo. Todos llegan al pozo en busca del agua. ¿Cuáles son los "dame de beber" que escuchamos al borde del pozo hoy?
Jesús pide beber porque necesita ser reconocido por los otros, porque quiere llevar a la fe verdadera a la mujer y a los samaritanos, y porque puede darles un agua que cambiará para siempre sus vidas. Está sediento del amor de los demás, y esa ausencia de amor se transforma en sed. ¿Cuál es el agua que podemos dar nosotros? ¿Podemos compartir nuestras certezas de esa agua que nos lleva a la vida eterna?
No caminamos solos en esta Cuaresma. Llevamos a cuestas a quienes encontramos en el camino y compartimos la alegría del encuentro con un Dios que es Espíritu y vida. Está más adentro de lo que nosotros mismos podemos descubrir y, con su presencia, nos hace nuevas personas, nuevos hijos de Dios.
Celebremos esta fiesta y, como la samaritana, invitemos a otros a conocer a Jesús. Mientras tanto, continuemos actuando a su modo: el de ser humanos, porque también nos descubrimos divinos. Llevemos a todos hacia el lugar donde cada uno puede saciar su sed: de verdad, de paz, de justicia, de amistad, de familia, de encuentros, de seguridad, de alegría profunda, de abrazos salvadores y, sobre todo, de la VIDA, así, con mayúsculas.
