(Foto: Pixabay)
Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. (Jn 4, 29)
Nuestra vida es un espacio (diastema) de Dios en el cual vamos creando y navegando a través de nuestra propia humanidad, redescubriendo una y otra vez nuestra profunda identidad: el nombre con el que Dios nos llama con ternura.
El encuentro que narra el Evangelio de Juan con la mujer samaritana es un espacio de relectura de la vida. Jesús se acerca, pide de beber y se deja cuestionar; escucha la historia de la mujer, que está llena de sinsabores, traición, dolor y abandono. Esta mujer es una sobreviviente y su resiliencia le ha permitido estar de pie delante de Jesús y abrir su corazón sin miedo a ser condenada. Ella permite que Jesús toque sus secretos más profundos y los reconcilie.
En fin, esta mujer, de quien no conocemos el nombre, resignifica su historia en Jesús, en este hombre que, más allá de la raza y de la condición política, la ve como persona y como mujer que es capaz de amar y de ser amada.
"En Cuaresma hago una pausa, respiro y tomo un tiempo que me permite recibir el don de Dios y descubrir en mi propia historia, de una manera más profunda, el llamado a anunciar la vida verdadera": Hna.Loudes López Munguía
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En este sentido, cada Cuaresma es un tiempo de escucha y de encuentro profundo con Dios, con otras personas y con una misma. Es un espacio en el que la posibilidad de tocar mi propia vulnerabilidad se convierte en el 'tiempo de Dios' (kairós) que permite sanar, restaurar y recomenzar. Es un tiempo en que la resurrección me lleva a releer mi propia vida y descubrir cómo Dios me ha acompañado, sostenido y amado para dar vida a su pueblo.
Es en el encuentro con otras personas y con el 'otro' donde mi deseo esencial se descubre poco a poco.
En Cuaresma hago una pausa, respiro y tomo un tiempo que me permite recibir el don de Dios y descubrir en mi propia historia, de una manera más profunda, el llamado a anunciar la vida verdadera.
En la cotidianeidad de la vida voy a buscar agua. A veces, el agua que busco no es clara y se enturbia por mi necesidad de ser aceptada, aun si ello me lleva a traicionar mi propia identidad. Otras veces logro buscar el agua que puede saciar la sed de otras personas, que es una sed tan auténtica como la vida misma. Pero en realidad, si me lanzo más allá, logro buscar aquello que deseo más profundamente en la vida, que es el deseo de Dios en mí y el agua que sacia la sed fundamental. Ese deseo esencial y auténtico me conecta con el llamado de Dios a la libertad y a vivir una humanidad que hermana, que construye puentes y que abraza.
