(Foto: Unsplash/Patrick Fore)
Una tarde soleada y cálida —propia de mi país, Venezuela—, con un cielo azul que contrastaba con el verde de las montañas, regresaba del trajín del día con mil cosas en la cabeza: el trabajo, la universidad, mi familia y los compromisos que había asumido en la parroquia como catequista y en el ministerio de lectores. En medio de todo eso me detuve un momento y comprendí que, por encima de todo, lo más importante era que le pertenezco a Dios.
Tenía tantas actividades y compromisos que a veces parecía que no había espacio para nada más. Llenaba mi agenda de cosas por hacer para sentirme útil, para llenar vacíos o escapar de la rutina de estar en casa. Por más que me esforzaba, sentía que no era suficiente para los demás. Me dejaba llevar por las expectativas que otros ponían sobre mí y por las mías propias. Fue entonces cuando entendí que, más allá de todo lo que hacía, mi vida ya estaba sostenida por ese vínculo con Dios.
No fue una decisión fácil; tampoco lo creí en el primer momento. Las heridas de la infancia, el cansancio del día a día, la rutina y tantas exigencias influyen en nuestra autoestima y en las decisiones que tomamos. Con las demandas de la sociedad, resulta difícil creer que algo tan profundo pueda tener prioridad, incluso cuando participamos activamente en la vida de la Iglesia.
Tampoco voy a decir que cuando decidí profundizar en ese llamado las cosas mejoraron de inmediato. Fue como lanzarme al vacío sin saber dónde iba a caer ni hacia dónde me llevaría ese nuevo camino. Estaba resignada a que mi vida sería monótona: trabajo, estudios, familia, responsabilidades… pero nada que realmente me apasionara.
"Algo de la vida religiosa me llamaba la atención, aunque nunca había soñado con ser monja. Tenía otros planes: formar una familia, tener un hogar, hijos (...). Pero Dios tenía un sueño más grande para mí": Hna. Carmen Camacho
Poco a poco fui dando pasos. Ese entendimiento de que le pertenecía a Dios me abrió la puerta a posibilidades que jamás imaginé —y que aún sigo descubriendo—. Dejé a un lado mis expectativas para dejarme sorprender por Dios. Con el tiempo descubrí que había encontrado un lugar que, aunque no respondía a todas las preguntas que aún guardo en el corazón, me hacía sentir en casa y me daba un propósito.
Han sido muchos cambios y transformaciones. He vivido un proceso de crecimiento, y sé que todavía me falta mucho por recorrer. Cuando Dios nos llama, también nos va transformando. Nos conduce por experiencias que nos ayudan a mirar hacia dentro, a reconocer nuestras heridas y comenzar a sanarlas, a descubrirnos como hijas amadas de Dios.
El proceso también exige soltar lo que antes nos hacía sentir seguros y abandonar estructuras que antes parecían firmes. Algunas etapas duelen, pero forman parte del camino de transformación que se abre cuando una persona se atreve a abrirse a la novedad del misterio de Dios.
Cuando una persona siente que está llamada a algo —sea cual sea ese llamado— algo o alguien la mueve. No siempre se sabe hacia dónde, pero se arriesga. Muchas veces aparece el miedo. Como Jeremías, uno puede sentirse pequeño y sin herramientas. Es entonces cuando toca aprender a confiar en esa voz interior que invita a seguir adelante.
Así ha sido mi proceso. Lo describo como un camino nuevo, distinto del que había imaginado. Al adentrarme, aparecen partes del camino hermosas, llenas de vida, como paisajes que animan a seguir caminando. Otras veces surgen obstáculos: pendientes difíciles por donde parece imposible caminar, momentos de incertidumbre o decisiones que pesan. En ese recorrido también descubres que lo que pensabas que te serviría para el camino, ahora te estorba, te pesa e incomoda y ya debes dejar atrás porque ya no ayudan a avanzar.
Cuando esa comprensión llegó a mi vida —que, en medio de todo, lo más importante era que le pertenecía a Dios— atravesaba una etapa crítica, sumergida en tantas actividades y rutinas agotadoras. Me obligó a detenerme y a cuestionar qué sentido tenía vivir siempre corriendo, intentando responder a tantas expectativas.
Advertisement
Ese cuestionamiento despertó en mí el deseo de buscar acompañamiento. Al igual que Samuel, necesitaba encontrar a un Elí que me orientara hacia donde ir. Comencé a buscar orientación en los grupos de la parroquia donde participaba. Recuerdo con gratitud a una amiga que acompañaba nuestro grupo juvenil. Ella me ayudó a tocar tierra cuando me dijo algo que me marcó profundamente: yo no estaba viviendo, estaba sobreviviendo.
Poco a poco comprendí que la pregunta importante no era de dónde venía el llamado —porque en el fondo lo intuía— sino cómo iba a responder a él. Algo de la vida religiosa me llamaba la atención, aunque nunca había soñado con ser monja. Tenía otros planes: formar una familia, tener un hogar, hijos y desarrollarme profesionalmente. Pero Dios tenía un sueño aún más grande para mí. Así que transformó mi deseo y mis planes en algo mayor a lo que yo soñaba.
Todo esto significó aceptar que mi familia no sería la que había imaginado. No habría un esposo ni hijos propios. En su lugar, la vida religiosa me daría otras mujeres a quienes llamaría hermanas, aunque no sean de mi misma sangre. Juntas hemos sido llamadas a participar en el proyecto de Dios y a ser presencia sanadora allí donde servimos.
Así que arriesgué mis sueños y los planes que había hecho por un bien mayor que todavía no alcanzaba a comprender. Dejé mi trabajo, donde tenía cierta estabilidad económica. Dejé también a mis padres y a mis hermanos, especialmente a quien había inspirado mi vocación como docente en educación especial.
Con el tiempo descubrí que mi vocación como maestra y la llamada a la vida religiosa podían encontrarse. Como hermana misionera médica aprendí que ambas vocaciones podían integrarse en una misma misión: ser presencia sanadora allí donde me tocara servir.
El saber que soy de Dios ha ido transformando lo ordinario en extraordinario durante todo este tiempo. Ese deseo de descubrir el sentido de mi vida me ha llevado poco a poco a buscar la voluntad de Dios, quien pone en lo más profundo del corazón ese deseo de buscarle y encontrarle. Así he llegado hasta donde estoy hoy. Con el tiempo he aprendido a prestar atención a esas intuiciones que surgen en lo más profundo del corazón y que nos impulsan a buscar un sentido que trasciende nuestras propias expectativas. ¡Escucha!, puede ser Dios, hablándote en lo más íntimo de tu corazón y dándote las palabras que más necesitas escuchar.
