Cristo curando al ciego, óleo de El Greco, entre1570 y 1575. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?". Jesús contestó: "Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios (…). Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé". Fue, se lavó y al regresar ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos decían: "Es él". Otros decían: "No es, sino que se le parece". Él respondía: "Soy yo". Así que le preguntaron: "¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?". Contestó: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista". Le preguntaron: "¿Dónde está él?". Responde: "No sé". Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: "Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo". Algunos fariseos le dijeron: "Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado". Otros decían: "¿Cómo puede un pecador hacer tales milagros?". Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". Contestó: "Que es profeta (…)". Le contestaron: "Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?". Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees en el Hijo del Hombre?". Contestó: "Quién es, Señor, ¿para que crea en él?". Jesús le dijo: "Lo has visto: es el que está hablando contigo". Respondió: "Creo, Señor. Y se postró ante él". Jesús dijo: "He venido a este mundo para un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos". Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron: "Y nosotros, ¿estamos ciegos?". Les respondió Jesús: "Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece"» (Jn 9, 1-17.34-41)
En este tiempo de cuaresma el Evangelio de Juan sigue presentándonos encuentros de Jesús con diversos personajes, casi siempre excluidos de las instituciones judías, para mostrarnos la buena noticia que él nos trae. En este domingo es con un ciego de nacimiento a quien ve pasar y los discípulos se preguntan, haciendo alusión a la ley de la retribución, si su ceguera es por su pecado o el de sus padres. Jesús no está de acuerdo con esta ley y les dice que no pecó él ni sus padres, pero esa circunstancia le permite revelarse como la luz del mundo que cura todas las cegueras.
"Acojamos en esta Cuaresma a Jesús, luz del mundo, luz de nuestra vida, para que nos cure de todas las cegueras que no nos dejan ver los signos del Reino": teóloga Consuelo Vélez, comentario al Evangelio del domingo, serie Al partir el pan
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Los milagros tienen esa función: ser signos del Reino de Dios allí donde se cree que Dios no está presente. Por eso Jesús, transgrediendo la ley del sábado, curando y amasando arcilla —acción no permitida en sábado—, se dispone a devolverle la vista. El ciego hace todo lo que le dice Jesús y, efectivamente, recobra la visión. Él todavía no sabe quién lo ha curado y por eso cuando los fariseos le preguntan quién ha sido, él solo relata lo que ha pasado, dándole el título de profeta al hombre que lo curó. Esto irrita a las autoridades judías, porque no esperan que el ciego lo reconozca como profeta, y lo expulsan de la sinagoga.
El texto nos cuenta que al enterarse Jesús de la expulsión, se encuentra nuevamente con él y le pregunta si cree en el Hijo del Hombre. El ciego de nacimiento dice que no sabe quién es ese Hijo del Hombre y Jesús le dice que está hablando con él. El ciego cree en las palabras de Jesús y se postra ante él. Así, aquellos que los fariseos desprecian por sus enfermedades, son los que creen en Jesús y lo reconocen como Hijo del Hombre.
Por su parte, los fariseos han sido interpelados con esa curación y, entonces, desafían a Jesús preguntándole si ellos están ciegos. Jesús les responde haciéndoles caer en cuenta de lo que ha pasado. Ellos que efectivamente ven, se niegan a reconocer en los signos de Jesús la presencia de Dios. Su obstinación es lo que les hace permanecer ciegos.
Por tanto, acojamos en esta Cuaresma a Jesús, luz del mundo, luz de nuestra vida, para que nos cure de todas las cegueras que no nos dejan ver los signos del Reino. Pidamos que Jesús nos devuelva la vista de la compasión, la inclusión, el servicio, el amor.
