(Foto: Pixabay/ Fox Planet)
En el Evangelio de Marcos, Jesús observa a una viuda pobre que deposita en el templo sus dos últimas monedas de cobre. Mientras otros dan de lo que les sobra, ella entrega todo lo que tiene para vivir.
Ella, la mujer que lo da todo, es hoy para mí el símbolo de Madre Tierra. Oigo, como una lluvia que golpea, gota a gota, el lamento de una tierra que ofrece todo lo que tiene para que vivamos, unos cómodamente, otros en continua itinerancia buscando alimento y trabajo para sobrevivir. Ella lo da todo, pero no es suficiente.
El planeta Tierra, obra inabarcable para la limitada mente humana, es un don continuo de vida y posibilidad de futuro. Su capacidad de recrearse y de recuperarse parecía infinita, pero no es así.
La manipulación humana de la vida en todas sus formas nos pone una realidad ante los ojos: hemos devastado lo más sagrado, el origen de la vida misma. No hemos respetado los tiempos y espacios que todo lo que está vivo necesita para recuperarse, reproducirse, organizarse y desarrollarse.
En nuestra tradición judeocristiana, vemos cómo es Dios quien pide a la persona que está a la escucha que lo dé todo, que lo deje todo para ponerse en camino hasta encontrar la "tierra prometida".
"Hay personas que se convierten en tierra para otros": Hna. Magda Bennásar sobre la viuda del Evangelio —Mc 12, 44— como símbolo de la Madre Tierra devastada y de la migración forzada por el cambio climático. #GSREnEspañol #HermanasCatólicas
El regalo y promesa de Dios es la tierra, para cultivar y dar trabajo y cobijo a todo el clan. Porque, cuando había tierra cultivable, la vida progresaba; allí se construía la vida familiar y la del clan, había espacio para los sirvientes y sus familias y, por supuesto, tierra para los pastos de los animales, orgullo de la familia, además de los cultivos con sus tiempos de cosecha y de celebración.
También había espacio para celebrar sus bodas, sus nacimientos y sus funerales. Y tierra donde enterrar a los suyos. La tierra lo era todo para ellos, su base para la vida.
Para muchos pueblos del planeta, la tierra todavía lo es todo. Cuando el ciclo agrícola se rompe, muchos tienen que abandonar su tierra debido a sequías que producen hambrunas y miseria.
Ese imparable cambio climático transforma la fisonomía del planeta. La tierra se seca en unos lugares, mientras en otros se inunda y es arrastrada al mar o a los ríos. Los pueblos y aldeas cambian, y ya no pueden acoger a sus gentes.
La gente se mueve, buscando otros lugares para sobrevivir. Esta itinerancia me recuerda la trashumancia, la búsqueda de pastos verdes para los rebaños en verano, y de cobijo y calor en los valles frente a las nieves y heladas del invierno en la montaña.
Nuestros hermanos y hermanas itinerantes atraviesan silenciosamente nuestros países, cruzando desiertos implacables, mares y océanos, de manera precaria y peligrosa, para llegar a una tierra cuyos habitantes pocas veces acogen con gusto a los que logran llegar con vida. Demasiados se quedan en los desiertos y en los mares y océanos, sin lápidas ni lugar donde llorarles.
Ellos y ellas, con sus pequeños, han dejado su tierra y sus rebaños atrás para no verlos morir de hambre y sed. Antes de morir ellos mismos, lo dejan todo, y se ponen en camino para encontrar un rincón donde empezar de nuevo.
Y aunque cada uno sabe en su corazón que su Dios, el Dios de las tres religiones monoteístas, los lleva sobre alas de águila, en la realidad sus pasos son perseguidos y sus vidas ninguneadas como si de asesinos se tratara.
Ellos solo buscaban un poco de tierra. Y esa tierra de la promesa desapareció ante sus ojos porque llegó antes la dura realidad y el sistema los atrapó en sus tentáculos de opresión. Los mismos tentáculos de los poderosos que explotan a Madre Tierra, proveedora de vida para todos.
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Ellos se quedaron sin tierra, pero por dentro la promesa sigue. Y ellos siguen, y se les regala, a veces, otro tipo de tierra, una comunidad que les acoge, que se convierte en su tierra, su hogar, su cobijo.
Hay personas que se convierten en tierra para otros. Como la mujer del Evangelio que entrega todo lo que tiene para vivir, ponen mucho, muchísimo de su parte: dinero, tiempo, dedicación y cariño que se expresan en acogida y acompañamiento en medio de la dura realidad de quienes solo buscan un poco de 'tierra', de espacio y trabajo para sobrevivir.
A otra mujer, una viuda pobre (1 Re 17, 10-16), el profeta le pide agua en tiempo de fuerte sequía y, además, una hogaza de pan. Ella responde que no le queda más que un puñado de harina y un poco de aceite para ella y su hijo. No obstante, el hombre de Dios le insiste y ella obedece: "Da todo lo que tienes para ti y tu hijo, y confía".
Veo, en mi imaginación, el planeta Tierra, la Madre Tierra, reflejada en la actitud de estas dos viudas. Una da todo por voluntad propia. A la otra se le pide, incluso se le exige, que lo dé todo.
La Madre Tierra está poniendo todo, más allá de sus posibilidades. A principios de junio, España ya había llegado a su tope de consumo ecológico asignado para todo el año. En otros países ese límite se había sobrepasado desde febrero. La Madre Tierra es arrasada. ¿Hasta cuándo?
Los relatos de las viudas nos invitan a dar del agua que nos queda en el planeta a los sedientos y de nuestro pan a los que tienen hambre.
¿Cómo interpretar estos textos, tan actuales en nuestros ambientes? ¿Qué es ponerlo todo, o que se nos exija que lo pongamos todo y que confiemos?
Ante el desgaste que producimos al planeta, se nos invita a escuchar la voz del profeta que, a través de las historias de las dos mujeres, nos dice: "Comparte y confía". No consumas de más para que así alcance a más hermanos que, sin abusar del planeta, sufren en sus vidas las consecuencias de un problema provocado, mayormente, por unos pocos.
Gracias, Madre Tierra, porque lo das todo para que tengamos vida. Ojalá aprendamos de ti a hacer lo mismo.
