La Hna. Natividad Escudero, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, entrega alimentos en la localidad de El Junquito junto con frailes franciscanos y laicos católicos. (Foto cortesía Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación)
El pasado 24 de junio de 2026 Venezuela vivió una de las tragedias más grandes de su historia, cuando dos terremotos, de magnitudes 7.1 y 7.5, sacudieron el estado La Guaira, zonas de Caracas y los estados Falcón y Miranda. Este fenómeno nos ha sumergido en un profundo dolor por las vidas que se han perdido. Nuevamente hemos sido golpeados y, una vez más, nos comprometemos a levantarnos, sacudirnos el polvo y continuar el camino.
La pregunta es constante: ¿Dónde está Dios? ¿Quiso Dios que esto pasara? No. Dios no quiere que sus hijos sufran, pero Él está en medio de este dolor, mostrando signos de luz y esperanza en cada niño, padre, madre y anciano rescatado. Está en cada voluntario que ha dejado todo para salir a buscar vida bajo los escombros; en cada religioso y sacerdote que se ha acercado a los lugares de la tragedia para llevar consuelo y amor; en cada venezolano que salió con ánimo decidido a levantar escombros sin los instrumentos adecuados; en cada persona que comunica a través de las redes sociales; y en cada grupo que se reúne para levantar sus manos en oración y pedir que Dios dé consuelo y nos mantenga firmes en la fe.
En medio de la emergencia nacional que atraviesa el país, las congregaciones religiosas y Cáritas Venezuela han transformado sus parroquias, colegios, centros y casas en refugios y espacios de esperanza para los damnificados. Allí brindan alojamiento, alimentos y contención emocional a miles de personas que lo han perdido todo.
Como vida religiosa, una vez más damos respuesta al dolor. Y lo hacemos no desde la opulencia, sino desde lo que nos define: somos hombres y mujeres consagrados al servicio de Dios entre los más pobres y vulnerables. Somos una vida religiosa que abre caminos de esperanza al brindar cuidado, escucha y atención psicosocial a los damnificados.
"Una vez más damos respuesta al dolor": Hna. Maura Aranguren sobre trabajo en red de congregaciones para acoger, cuidar y escuchar a víctimas del #DobleSismoEnVenezuela del 24 de junio de 2026. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #Venezuela
Una red intercongregacional
Algunas parroquias y algunos institutos de educación católica que no han sido afectados por los terremotos, como el colegio Nuestra Señora Del Valle, en Nueva Esparta; la parroquia San Judas Tadeo, administrada por los frailes capuchinos, en Caracas; la parroquia San Francisco Javier, en Nueva Esparta, se han convertido en centros de acopio para recibir y organizar todos los donativos y hacerlos llegar a quienes más los necesitan. Congregaciones como las religiosas de la Caridad del Buen Pastor y las hermanas Carmelitas de la Madre Candelaria, de fundación venezolana, han dedicado sus esfuerzos junto a los laicos para preparar comidas a los afectados por el terremoto.
Las hermanas Franciscanas Misioneras de la madre del Divino Pastor han acogido a dos familias damnificadas, a las que brindan alimentación y medicinas, y les ayudan con la recuperación de algunas cosas materiales.
Religiosos, sacerdotes y laicos ofrecen apoyo psicológico, emocional y espiritual a las víctimas del terremoto, mostrando su ser pastoral y ofreciendo herramientas que ayuden a la población a superar el trauma y a encontrar sentido en medio del dolor. También se han acercado a los lugares de la tragedia para orar por el descanso eterno de quienes fallecieron, por quienes aún no han sido encontrados y por quienes han dado señales de vida.
La vida consagrada ha dado respuesta y lo ha hecho desde rostros concretos, en nuestro caso a través de las hermanas Agustinas Recoletas, de fundación venezolana, quienes diariamente se han dirigido a diferentes lugares afectados: el Jarillo y la Carretera Vieja (del estado Miranda); hospitales y plazas de Caracas y la Dolorita (distrito Capital); La Guaira, Carayaca, Caraballeda y Catia La Mar (estado La Guaira), y varias localidades del municipio Veroes en el estado Yaracuy: La Arenosa, Vista Alegre, Carbonero, Casa Blanca, El Guayabo y San Juan de las Rosas, sector II. Ellas no solo han compartido comidas e insumos, sino también han llevado esperanza y consuelo desde la cercanía y la oración.
Ha sido maravilloso tomar conciencia de cómo los religiosos y religiosas nos hemos organizado desde nuestras comunidades, centros educativos y otras obras para articular la recepción de la ayuda y convertirnos en canales para hacerla llegar directamente a Cáritas Venezuela. Hemos recibido insumos médicos, artículos de higiene personal, ropa para adultos y niños, alimentos no perecederos, pañales y medicamentos.
Un ejemplo de ello ha sido nuestro colegio Nuestra Señora del Valle. Junto con nuestros estudiantes y los jóvenes del Proyecto Líderes, recibimos, clasificamos y embalamos todo lo que llega para luego llevarlo al centro de Cáritas ubicado en la parroquia San Francisco Javier, en Porlamar, isla de Margarita.
Hemos agradecido a Dios por la presencia de nuestros jóvenes, que han mostrado su liderazgo, su compromiso y su deseo de responder a Dios con este gesto. Verlos trabajar conentrega, sin importar el tiempo ni el cansancio, ha sido una experiencia conmovedora. Su meta era una sola: servir al prójimo.
Además, quisimos enseñarles que nada es posible sin Dios. Después de cada jornada íbamos a la capilla para agradecer y pedir por todos nuestros hermanos. En esos momentos de oración, el silencio se apoderaba de nosotros. Teníamos sentimientos encontrados: el dolor por quienes ya no estarán con nosotros, por quienes aún no aparecen y por quienes lo perdieron todo; pero también la alegría por quienes siguen dando señales de vida.
Para la vida religiosa y para todo el pueblo creyente, el llamado ha sido concreto. En las palabras del arzobispo de Caracas, monseñor Raúl Biord: "Lo primero ahora es salvar y reconstruir vidas", aun cuando muchas de nuestras edificaciones también han sido afectadas por el terremoto. Es un llamado que confirma nuestra misión de acompañar y dar esperanza en medio del dolor: "Entonces les daré pastores según mi corazón, que los apacienten con conocimiento e inteligencia" (Jeremías 3, 15).
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No cabe duda de que el Señor sigue confirmándonos en su llamado y continúa impulsándonos a dar la vida desde lo que somos y sabemos hacer en estos momentos: orar, amar, cuidar, consolar y acompañar.
Dios se ha manifestado como el Dios de la vida en cada rescate. Nos ha mostrado el valor de la fe y nos ha dado señales de que su amor sostiene la vida de quienes lo han perdido todo.
Esta emergencia está lejos de terminar y requiere la ayuda y el compromiso de todos. Mientras las autoridades gestionan soluciones habitacionales, la vida religiosa continúa demostrando que, cuando las estructuras se derrumban, la solidaridad y la fe son los cimientos más firmes para reconstruir el país.
Esta emergencia también ha puesto al descubierto el lado más frágil de la estructura del Gobierno. Ha develado la falta de organización, que no se estaba preparado para una catástrofe de esta magnitud y que no se había invertido lo suficiente en el mantenimiento de las infraestructuras. Pero también ha mostrado el lado humano y solidario de tantos venezolanos. Ha mostrado que, cuando permanecemos unidos, somos más fuertes. Ha mostrado la generosidad de voluntarios, rescatistas y hombres y mujeres que han llegado desde México, Ecuador, El Salvador, Israel, Países Bajos, España, Brasil, Turquía, Colombia, Alemania, India, Estados Unidos y muchos otros países.
Damos gracias a Dios, por unirnos y mantenernos firmes en la fe en medio del dolor.
