La transfiguración de Cristo, óleo de Rubens, 1605. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: "Este es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo". Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: "¡Levántense, no tengan miedo!". Cuando levantaron la vista, solo vieron a Jesús. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: "No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos"» (Mateo 17, 1-9)
Este texto de la transfiguración en el Evangelio de Mateo nos ofrece algunos elementos importantes de comentar. Mateo utiliza la figura del ‘monte’ para referirse al encuentro con Dios. Jesús sube al monte a orar. Una de las tentaciones ocurre cuando el diablo lo sube a un monte para ofrecerle todos los reinos de este mundo si lo adora. En el monte Jesús proclama el sermón de las bienaventuranzas y también en el monte se despide de sus discípulos.
"En nuestra vida tenemos experiencias de encuentro con Dios que podrían asemejarse a la transfiguración (...). Pero vienen las dificultades y estas experiencias se debilitan": teóloga Consuelo Vélez en su comentario al Evangelio dominical
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En esta ocasión Jesús sube con tres de ellos —Pedro, Santiago y Juan— y allí les deja ver su gloria. Es decir, de alguna manera les muestra que Él es el Hijo amado y que la misión que realiza es la que Dios quiere. Por eso hay que escucharle. Conviene recordar que este acontecimiento sucede después de que Jesús les ha dada el primer anuncio de su pasión, al cual Pedro responde rechazando que vaya a correr esa suerte.
La transfiguración muestra también a figuras centrales del Antiguo Testamento: Moisés y Elías. Como sabemos, para Mateo es muy importante mostrarles a sus destinatarios —principalmente judíos— que las Escrituras se van cumpliendo en Jesús. Por eso aparece conversando con ellos, mostrando esa continuidad con la historia de Israel.
Ante el acontecimiento de la transfiguración Pedro quiere quedarse y propone hacer tres tiendas. Esto nos remite a las tiendas del pueblo de Israel en el desierto. Al mismo tiempo, esa experiencia los llena de miedo, pero es un miedo más parecido al ‘temor reverencial ante lo divino’ que al miedo frente a un peligro. Jesús los trae de nuevo a la realidad, diciéndoles que no tengan miedo y les ordena que no lo cuenten a nadie hasta que todo suceda.
No hemos de confundir este texto con una aparición milagrosa de Jesús a los suyos o con un fenómeno extraordinario. Recordemos que los Evangelios se escriben después de la Pascua, con lo cual la experiencia de la resurrección ya se ha dado en los escritores sagrados. Lo que significa es la tensión que viven los discípulos en su vida histórica con Jesús, entre enfrentarse a lo que los acontecimientos de la historia les van mostrando —la persecución que se va desatando contra Jesús— y la confianza que ellos van teniendo en el Maestro, reconociéndolo como el enviado de Dios. Sabemos que, en el momento definitivo, esta confianza en Jesús se resquebraja y lo niegan. Será necesario un nuevo comienzo después de la resurrección.
En nuestra vida también tenemos experiencias de encuentro con Dios que podrían asemejarse a la transfiguración, donde la certeza de nuestro seguimiento se hace evidente. Pero vienen las dificultades y estas experiencias se debilitan. La llamada es entonces a sostenernos en la fe cuando llegan los momentos difíciles, escuchando la voz del Espíritu que nos confirma que seguimos a Jesús, el Hijo de Dios, por el que vale la pena afrontar todas las dificultades que se nos presentan. Hemos de estar dispuestas a vivir la pasión con él para participar de su resurrección.
