Algunas de las iglesias a las que pertenece en Estados Unidos la Hna. Kathryn Press: de izquierda a derecha, la iglesia de Santa Cecilia en Cincinnati (Ohio); la capilla del Monte Sagrado Corazón en Hamden (Connecticut); y la parroquia de San Judas en Pittsburgh (Pensilvania). (Fotos cortesía Kathryn Press)
Cuando era pequeña, había dos parroquias en nuestro pueblo: una con colegio y otra sin él. Nuestra familia asistía a la parroquia adscrita a mi colegio de primaria, la iglesia donde recibí mi primera comunión y me confirmé. En el instituto, formaba parte del grupo juvenil, asistía al estudio bíblico semanal y participaba en viajes misioneros.
Durante mis años universitarios, solía asistir a misa en una de las residencias de estudiantes y colaboraba en la pastoral universitaria. Cuando me mudé de casa ya de joven, me uní a una 'parroquia intencional', atendida por una comunidad religiosa con feligreses de toda la ciudad —algunos incluso manejaban una hora para asistir a misa—. Las liturgias eran muy animadas; me involucré en el programa de educación religiosa y me hice conocida en la comunidad. Me sentía como en casa.
Pero, como religiosa, no soy una feligresa tradicional.
En una semana cualquiera, puedo asistir a tres o cuatro iglesias para la misa diaria. En diferentes momentos de mi vida religiosa, he anhelado un sentido de comunidad y pertenencia, saber qué está pasando en las vidas de quienes me rodean y celebrar y rezar con ellos. Por supuesto, tengo la suerte de contar con esto dentro de mi propia comunidad religiosa, pero no es lo mismo que formar parte de una familia parroquial.
La Hna. Kathryn Press no tiene una parroquia fija a donde acudir. Por eso aprendió a reconocer sus 'hogares eclesiales', esos que le dan estabilidad aunque no siempre la conozcan. Serie #UnaMiradaJoven #GSRenEspañol #HermanasCatólicas
Los viajes de verano y el cambio de rutina están llenos de gracia. Dios me ha recordado recientemente que, aunque quizá no tenga una parroquia a la que pertenecer tal y como la conocía antes, sí tengo muchos 'hogares' que son lugares de oración y renovación para mi espíritu.
En primer lugar, tengo mi hogar en la comunidad religiosa. Mount Sacred Heart, en Hamden (Connecticut, Estados Unidos), es la capilla de nuestra provincia. Cuenta con un gran fondo de mosaico dorado con una estatua del Sagrado Corazón de Jesús en el centro. Al mirar desde el coro, se pueden apreciar las marcas de desgaste en los bancos, que dan testimonio del uso a lo largo de generaciones.
Aquí es donde rezo con mi comunidad de hermanas, donde recibí nuestras constituciones y el hábito, y donde profesé mis votos anualmente durante seis años antes de profesarlos de forma perpetua.
Cuando era una hermana joven, vivía en el recinto y rezaba aquí a diario; además, como novicia, limpiaba el polvo de los bancos y los reclinatorios cada semana —a pesar de que apenas había suciedad ni polvo—. Más tarde, como hermana de votos temporales, regresaba cada verano para mi retiro anual. Pero ahora, como hermana misionera, vuelvo con mucha menos frecuencia, y agradezco cada vez que regreso ‘a casa’.
En segundo lugar, está mi iglesia de Cincinnati, mi 'hogar'. La gente suele preguntarme: "¿De dónde eres?". Como mis padres ya no viven en el estado en el que crecí, a veces me cuesta responder a esta pregunta. Para mí, el 'hogar' es el lugar donde está mi familia, no el lugar en el que he vivido más tiempo ni donde crecí. Así que, cuando voy 'a casa' a visitar a mis padres, voy a misa a su parroquia. Mi madre es ahora oficialmente una 'señora de la iglesia'. Asiste a misa todos los días, forma parte del grupo del rosario, ayuda a cambiar las velas y colabora en el comité de funerales. Yo soy simplemente su 'acompañante'.
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La visita de este año a la parroquia de Santa Cecilia me hizo sentir aún más como en casa que en ocasiones anteriores. Se lo agradezco al párroco, el padre Jamie Weber, que me recibió después de la misa, y a una amable señora llamada Nancy que me preguntó si estaría dispuesta a dirigir una decena del rosario antes de la misa. Estos pequeños gestos me ayudaron a sentirme vista y 'como en casa'.
En tercer lugar, tengo mi iglesia de Pittsburgh. Mi hermana se mudó a Pittsburgh justo después de que yo entrara en el convento. Ninguna de las dos habíamos estado allí antes, y ambas nos abríamos camino en el mundo real. Cuando se mudó, se dedicó a 'buscar una parroquia' y acabó en la iglesia del Sagrado Corazón (ahora parroquia de San Judas), donde, durante los últimos 16 años, he ido de visita casi cada año.
Es una iglesia con un largo pasillo central y murales en las paredes, una capilla lateral íntima en la que hace calor en verano, un sacerdote cercano a la gente… Esto, me recuerda Dios, es un lugar donde resulta fácil rezar. Se ha convertido en un hogar inesperado: aquí no me conocen realmente. Los sacerdotes han ido cambiando con el paso de los años. Incluso mi hermana acude ahora a una parroquia más cercana a donde vive. Y, sin embargo, cada vez que vuelvo a Pittsburgh, siento que el Señor me llama de nuevo aquí para rezar. A veces, un lugar puede hacernos sentir como en casa cuando tenemos una historia allí.
Los hogares nos proporcionan raíces y alas, nos nutren y nos animan. Tener 'hogares eclesiales' —lugares que me invitan a la oración por la belleza de su diseño, lugares llenos de significado, lugares donde mi cuerpo y mi espíritu se conectan fácilmente con Dios— me da estabilidad. Me siento segura y apoyada. Estos hogares también me hacen pensar en nuestro hogar eterno. Por mucho que pueda sentirme parte de cualquiera de estas iglesias, sé que mi deseo más profundo es la unión con Dios en el cielo. ¡Dios es generoso más allá de nuestros sueños más descabellados y esto no es más que un anticipo del banquete celestial!
¿En qué lugar te ha bendecido el Señor con un hogar eclesial o un lugar sorprendente para la oración? ¿Dónde has sentido asombro, valor y acogida, o gratitud, gracia y arraigo?
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 25 de septiembre de 2026.
