Piezas distintas que, juntas en un vitral, dejan pasar la luz: así imagina la hermana Lourdes López el futuro de la vida consagrada. (Foto: cortesía María Elena López Munguía)
Hace unos meses, una hermana me preguntó cómo veo el futuro de la vida religiosa. No tuve respuesta. Pero la pregunta se quedó en mi corazón, porque tocaba tanto mis sueños más profundos y mis deseos como mis luchas.
Mientras oraba con esta pregunta, una imagen surgió en mi corazón: un vitral.
Desde niña amo los vitrales. Cada pieza de vidrio tiene su propio color y su propia forma. Una pieza por sí sola dice muy poco. Pero juntas, ocurre algo que ninguna de ellas podría lograr por separado. Como un icono nacido de la oración contemplativa, su belleza solo puede apreciarse como conjunto, aunque cada pieza conserva su propia identidad.
Así imagino hoy la vida consagrada. No somos piezas intercambiables. Cada una de nosotras lleva un color que nadie más tiene. Nuestra belleza no surge de ser iguales. Surge de que cada persona encuentre su lugar y deje que la luz traspase su vidrio.
Nuestra identidad no es algo que recibimos terminado y que luego conservamos. Está viva. Se va recreando, sin que lo notemos, a través de la experiencia cotidiana de Dios en cada hermana, cada hermano, cada comunidad.
Pero, ¿cómo seguimos construyendo este vitral? ¿Quién lo crea? ¿Qué luz lo atraviesa? No tengo las respuestas. Tengo una historia.
"Nuestra belleza no surge de ser iguales. Surge de que cada persona encuentre su lugar y deje que la luz traspase su vidrio": Hna. Lourdes López Munguía sueña así la vida consagrada. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #serieUnaMiradaJoven
El río y una pregunta
Esta imagen me lleva a un momento de mi propio camino vocacional. Cuando era hermana de votos temporales, atravesé un tiempo difícil. Las cosas en mi comunidad parecían estancadas. La vida no era la que había soñado. Por primera vez me pregunté: ¿tomé la decisión correcta?
M., nuestra Provincial en ese entonces, me invitó a caminar. Siempre hemos disfrutado compartir mientras caminamos por la naturaleza, y terminamos junto a un río. Aún lo recuerdo: su inmensidad, su profundidad, la fuerza de su corriente.
Y entonces M. me sorprendió con una pregunta: "Lulú, ¿crees en tus hermanas?".
Mi primer impulso fue gritar: "¡No!". Pero algo me detuvo. Me quedé allí, escuchando el río, dejando que la pregunta calara hondo.
Ese momento preciso me hizo comprender algo que jamás he olvidado. No estamos llamadas a lanzar piedras al río, resistiendo su corriente. Tampoco estamos llamadas a dejarnos arrastrar por ella. Estamos llamadas a permanecer arraigadas en Dios: en la experiencia de saber que cada una de nosotras es misericordiada en Dios (cf. papa Francisco, 2016, Misericordia et misera, 16).
Estamos llamadas a dejarnos unir a las demás, para que juntas podamos crear algo hermoso.
¿Y si nuestra vida consagrada fuera un hermoso vitral, moldeado por la profunda experiencia de Dios vivida por cada una de nosotras? Nuestra identidad sería entonces una realidad viva, en continua evolución a través de la experiencia de Dios en cada hermana.
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Dios es la artista
Entonces, ¿quién crea el vitral? Creo que es Dios, la Trinidad de Amor. Dios se inclina hacia toda la creación. Dios hasta busca un petit rien —una pequeña nada— para traer vida en abundancia (Juan 10,10).
Nuestro vitral nace de esta experiencia de Dios, la misma experiencia que dio vida a nuestros fundadores y fundadoras, y a cada generación de personas consagradas antes que nosotros. Nuestro carisma no es una pieza de museo. Es una experiencia viva de Dios que estamos llamadas a hacer nuestra, a encarnar, a compartir.
Cada historia cuenta. Incluso las heridas. Especialmente las heridas. Cada encuentro, cada paso hacia la conversión añade un color nuevo al conjunto.
¿Qué construye el vitral? Podríamos decir que las estructuras: comunidades, equipos de gobierno, formación, ministerios. Importan. Pero creo que la construcción más profunda ocurre en otro lugar: en el discernimiento, en la lenta relectura de nuestras vidas. Una pausa cotidiana para reconocer qué nos ha dado vida, qué necesita ser sanado, qué debemos soltar para que la vida florezca y dónde Dios puede estar abriendo nuevas posibilidades.
Releer nuestra vida no es nostalgia. Es aprender a escuchar el presente y discernir. Nos ayuda a ver que la fidelidad no significa repetir las formas del pasado. Significa encontrar nuevas maneras de encarnar, hoy, la experiencia de Dios de la que nacimos.
Y debemos ser honestas: la vida religiosa está cambiando. En algunos lugares las vocaciones son pocas. Nuestras comunidades envejecen. Ministerios que dieron vida durante décadas ya no pueden continuar. Hay pérdidas, y deben ser lloradas, no explicadas.
Pero, ¿podemos permitir que el miedo al cambio nos impida imaginar nuevos caminos? ¿Podemos distinguir lo que pertenece al corazón de nuestro carisma de las formas que tomó en otra época?
“No tenemos que esconder nuestras heridas para encontrar nuestro lugar”: Hna. Lourdes López Munguía imagina la vida consagrada como un vitral de piezas distintas, incluso rotas. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #serieUnaMiradaJoven
Piezas rotas que siguen siendo hermosas
Cada pieza de vidrio tiene su propio color, moldeado en nuestra metáfora por su cultura, su historia y su experiencia de Dios. Cada hermana ofrece al mundo un matiz particular que nadie más puede ofrecer de la misma manera. La interculturalidad no es solo vivir junto a personas diferentes a nosotras. Es dejarnos transformar por ellas, descubriendo que necesitamos la experiencia de las demás para entrever la imagen completa.
Y hay algo más: el vitral no está hecho de piezas enteras. Cada una de nosotras es, de alguna manera, vidrio roto. No tenemos que esconder nuestras heridas para encontrar nuestro lugar. Cuando las reconocemos y transitamos hacia la reconciliación, nuestras fracturas pueden convertirse en lugares desde los que acompañamos a otras personas con mayor libertad.
"Por sus heridas ustedes han sido sanados" (1 Pedro 2,24). La vulnerabilidad no tiene que ser el final de la historia.
Esto no significa romantizar el dolor. Necesitamos cuidado, verdad, acompañamiento, tiempo. Necesitamos comunidades donde podamos nombrar nuestras fragilidades sin ser reducidas a ellas. Sueño con comunidades donde cada persona consagrada se sienta hermana o hermano en el camino; comunidades que se conviertan en un Betania para cada una de nosotras: un lugar de amistad donde descansar, recuperar fuerzas y compartir la vida.
Un vitral necesita una cosa para revelar su belleza: la luz.
Cada camino tiene sus estaciones. A veces es fácil reconocer la presencia de Dios y dejar que resplandezca a través de nosotras. Otras veces estamos en la oscuridad, la duda o el cansancio, y apenas podemos creer que la luz aún está ahí.
Quizás el futuro de la vida religiosa dependa menos de mantener cada pieza brillante que de aprender a permanecer abiertas a la luz, incluso cuando no podemos verla. La luz no es nuestra. No la producimos. La recibimos, y la dejamos pasar a través de nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestra misión.
Y vuelvo a la pregunta de M.: "Lulú, ¿crees en tus hermanas?".
Creer unas en otras no significa idealizarnos. Significa reconocer que ninguna de nosotras está terminada, que todas estamos en camino, y que nos necesitamos mutuamente para ver la imagen completa. Significa atrevernos a soñar juntas sin exigir que todas seamos ni pensemos igual.
Sigo siendo una hermana en construcción. No tengo la imagen completa. Quizás soy apenas un pequeño fragmento de vidrio roto. Pero no tengo que esperar a estar perfectamente reparada para ofrecer algo. Solo necesito permanecer arraigada en Dios, dejar que su misericordia me toque, y aceptar el desafío de conectarme con otras piezas —diferentes de mí— para que juntas podamos crear algo hermoso.
Sueño con una vida consagrada donde cada hermana y cada hermano encuentren su lugar, donde la diversidad se convierta en comunión, y donde, juntas y juntos, sigamos dejando que la luz de Dios brille en nuestro mundo.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 23 de octubre de 2026.
