"En la cruz, Jesús deja de ser alguien para ser el Todo en todos. Al decir 'en tus manos encomiendo mi espíritu', está soltando la última resistencia. Al soltar el juicio (ego), la separación desaparece", escribe la teóloga Hna. Hilda Mateo sobre el Evangelio del Viernes Santo. (Foto: Unsplash/NHN)
Nota de la editora: Bienvenidos a El Rincón de las Teólogas, donde cada semana una teóloga diferente de cualquier parte del mundo ofrece una nueva reflexión sobre las lecturas del Evangelio.
Por demasiado tiempo en la tradición cristiana ha prevalecido la idea de que la pasión de Jesús de Nazareth narrada en el Evangelio del Viernes Santo es un castigo exigido por un Padre airado a un Hijo que se entrega para 'salvar' a otros hijos e hijas que, en el fondo, no nos lo merecemos.
Eso se lo debemos a san Anselmo, quien en mi humilde opinión nos 'des-gració' con su teoría de expiación de los pecados, haciéndonos creer que el pecado humano ofende el honor de Dios, y este a su vez solo acepta la muerte de su Hijo, el Cristo, para reparar la deuda.
Sin embargo, pienso que la tradición mística más profunda nos invita a vivir este día más bien como el epicentro de la transformación: ir más allá de la forma para reconocernos en la 'Vida' [Dios] que nos sostiene. Tal vez este día se llama 'santo' porque en la cruz, arquetipo de abandono, ocurre la revelación definitiva de lo que significa 'ser' en Dios: un acto de entrega absoluta donde las fronteras del 'yo' se disuelven en el amor relacional con el Dios trinitario.
Cuando Jesús clama: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" no está entregando 'algo' a 'alguien' externo; está reconociendo que su aliento (pneuma) siempre ha sido el aliento de Dios. En ese instante de 'muerte', la separación entre el Creador y la criatura se desvanece en el fuego del 'amor' [Dios].
"La cruz nos enseña que la resistencia es la fuente del sufrimiento, mientras que la aceptación, que implica soltar, es la puerta a la santidad o vida plena": teóloga Hna. Hilda Mateo, serie El Rincón de las Teólogas
Siento que comprender la relevancia de este día en nuestras vidas nos lleva a observar la estructura de toda transformación espiritual. Según el autor y pionero de cambios organizacionales William Bridges, todo crecimiento real requiere pasar por tres etapas: el final, la zona neutra (o neutral) y el nuevo comienzo. El Viernes Santo representa el 'final necesario' (y el Sábado Santo, que casi siempre nos 'brincamos', pudiera ser la zona neutra).
Jesús de Nazaret, como todo ser humano, necesariamente experimenta el despojo absoluto. En la cruz es despojado de sus ropas (identidad y dignidad), sus amigos (su soporte emocional), su salud (su integridad física) y, finalmente, sus propias ideas de cómo debía ser el Reino.
Para que la Vida con mayúscula emerja, la forma pequeña debe morir. Por eso él mismo nos invita a cargar con nuestra cruz cada día; la vida en realidad está llena de muchos finales que nos mantienen en el ciclo de transformación. Tú y yo nos resistimos a este proceso. Nos aferramos a nuestras creencias sobre nosotras mismas, a nuestras heridas que nos dan identidad y a nuestros juicios sobre lo que 'debería ser'.
La cruz nos enseña que la resistencia es la fuente del sufrimiento, mientras que la aceptación, que implica soltar, es la puerta a la santidad o vida plena.
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La pasión en la cruz nos revela que cuando soltamos lo que es transitorio (el ego, las máscaras, el apego al control) queda lo que es eterno. Jesús de Nazaret nunca predicó que la santidad es una acumulación de méritos morales, sino el reconocimiento de nuestra identidad en Dios: Yo Soy. En la cruz, Jesús deja de ser 'alguien' para ser el 'Todo en todos'. Al decir "en tus manos encomiendo mi espíritu", está soltando la última resistencia. Al soltar el juicio (ego), la separación desaparece.
Experimentar el Viernes Santo hoy significa mirar nuestras propias cruces —esas situaciones donde nos sentimos despojadas o perdidas— y, en lugar de luchar contra ellas con la fuerza del ego, aprender el arte de la rendición sagrada. Es decir: "Confío tanto en la Fuente [Dios], que permito que esta forma actual de mi vida muera para que la 'Vida' que siempre ha estado en mí florezca".
Sabiamente, la liturgia del Viernes Santo está marcada por el silencio. No es un silencio vacío, sino un silencio preñado de 'presencia'. Solo en el silencio profundo podemos suspender la creencia que la muerte es el fin de la vida. Al reconocer esto, el miedo a morir va perdiendo su poder. Alcanzamos a ver que 'ningún' comienzo nuevo existe sin un final.
El Viernes Santo es una invitación a habitar el umbral de la muerte o muertes cotidianas con conciencia. Nos llama a repetir como un mantra constante —en medio de nuestras transiciones de trabajo, de salud, de relaciones o de fe— aquellas palabras finales de Jesús. Al encomendar nuestro espíritu, soltamos la carga de tener que ser los arquitectos de nuestra propia salvación. Descubrimos, con asombro, que la santidad es el descanso final en la verdad de que Dios es 'Todo en nosotros', y que en ese 'Todo' ya no hay nada que temer, nada que juzgar y nada que perder, porque solo lo que se suelta puede ser verdaderamente transformado.
Nota de la autora: Dedicado en gratitud a la hermana Adriana Barreto, MGSpS, en el umbral de su muerte
