(Foto: Pexels/Jonathan Borba)
El perdón en la vida religiosa no es, al menos para mí, una idea abstracta, sino una práctica concreta y, muchas veces, exigente. No siempre nace espontáneamente. A veces nos cuesta y duele mucho. Y, sin embargo, con el tiempo he ido descubriendo que es uno de los caminos más hondos de libertad ante nosotros.
Vivir en comunidad es un don inmenso, pero también un espacio donde nuestras fragilidades quedan al descubierto. En la cercanía diaria aparecen las diferencias y los roces. No somos perfectas, somos mujeres consagradas que a veces fallamos. Y ahí, en ese terreno tan humano, el perdón se vuelve necesario.
En mi propia historia, al mirar hacia atrás, reconozco situaciones que viví como injustas. Fueron momentos en los que no hubo explicaciones claras, y eso me desconcertó. También hubo decisiones y modos de proceder que, con el tiempo, entiendo que no eran evangélicos. En su momento creí haber perdonado y seguí adelante, convencida de mi camino.
Pero con el paso del tiempo, algunas de esas experiencias volvieron. Reaparecieron en reacciones que no esperaba, en recuerdos que todavía dolían. Y ahí empecé a intuir, con humildad, que no todo estaba tan perdonado como yo pensaba.
"El perdón es un acto profundamente humano… y que también madura. No queda resuelto de una vez. Crece y se vuelve más verdadero con los años": Hna. Adriana Pérez
Esa toma de conciencia no fue cómoda, pero sí necesaria. Sentí que Dios me mostraba que el perdón no siempre es un acto único y definitivo. A veces es un proceso que necesita retomarse. Hay partes del corazón que solo el tiempo, la oración y la gracia pueden ir sanando.
En esos momentos, aprendí a hacer algo muy sencillo: volví a poner esa historia en manos de Dios. La nombraba en la oración, sin maquillarla, y le decía: "Señor, esto también te pertenece. Sanalo vos". Y, poco a poco, algo comenzó a aflojarse por dentro.
Recuerdo que, sobre todo en los primeros años, yo tenía una idea bastante simplificada del perdón. Lo entendía como si fuera algo inmediato, incluso un poco infantil: "perdono y ya está". A veces también sentía que perdonar era forzar el corazón, como una obligación que había que cumplir para ser 'buenas'.
Con el tiempo, la vida misma —y Dios en ella— me fue enseñando algo distinto: que el perdón es un acto profundamente humano… y que también madura. No queda resuelto de una vez. Crece y se vuelve más verdadero con los años.
También fui tomando conciencia de que esa mirada más rígida no era solo mía. Muchas veníamos de formación donde el perdón aparecía muy ligado a la culpa o a la obligación. El perdón se vivía como un sacrificio, incluso a costa de uno mismo. Algunas prácticas antiguas dejaron en más de una hermana la sensación de un perdón vivido como exposición. Pienso en relatos de pedidos de perdón públicos que, más que sanar, a veces herían.
No digo esto para juzgar el pasado, sino porque forma parte de nuestra historia y es algo que necesitamos sanar. Cuando el perdón queda asociado solamente al dolor o al castigo, algo de su verdad evangélica se desdibuja.
Hace un tiempo, en una conversación con un sacerdote, algo se me iluminó de un modo muy sencillo. Él me decía que en el sacramento de la reconciliación muchas veces seguimos pensando en términos de 'penitencia', como si después de pedir perdón todavía tuviéramos que 'pagar' algo. Y me propuso otra mirada: pensar en 'antipecado'.
Esa palabra me quedó resonando. Porque el antipecado no es un castigo, sino un gesto de vida. Es elegir, de manera concreta, hacer algo que me haga bien, que me devuelva a un lugar más verdadero, más luminoso, más libre. Algo que me toque el corazón y lo ordene desde adentro.
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Desde entonces, empecé a descubrir que el perdón también está unido a la restauración. Que no se trata solo de reconocer el error, sino de permitir que algo en mí se reordene.
Hay una frase del Evangelio que siempre me cuestiona: "Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?". Jesús le responde: "No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete" (cf. Mateo 18, 21-22). Durante mucho tiempo la leí como una exigencia casi imposible. Hoy la entiendo como una invitación a no llevar la cuenta.
Eso no quiere decir que al perdonar debo ignorar lo que pasó. Tampoco significa asumir que nada dolió o justificar lo injusto. Para mí, perdonar fue y sigue siendo decidir no quedar atrapada en la herida. Implica abrir una puerta interior para que el rencor no tenga la última palabra y confiar en que Dios puede hacer algo nuevo incluso en aquello que me quebró.
En la vida religiosa, el perdón tiene un rostro concreto: la hermana con la que comparto la vida. Eso lo vuelve más real, pero también más desafiante, porque amar a la humanidad en abstracto es fácil pero es difícil amar a personas concretas con sus dones pero también con sus limitaciones.
También es importante aprender a perdonar historias de nuestra propia vida religiosa que nos marcaron en el pasado: etapas, comunidades, decisiones, modos de proceder. Hay recuerdos que quedan guardados, experiencias que en su momento asumimos como pudimos, pero que no siempre terminan de cerrar. Hay días en los que todo fluye con naturalidad. Y hay otros en los que el corazón se cierra un poco. Es muy importante no dejar endurecer nuestro corazón.
Al final, creo que el perdón es una forma muy concreta de vivir la caridad, y se expresa en la manera en que cuidamos los vínculos, incluso el vínculo con la propia historia.
Y así, poco a poco, voy descubriendo que el perdón es también restauración, y que es Dios quien nos devuelve, de maneras inesperadas, una paz que creíamos perdida y nos permite, una y otra vez, elegir amar y dejarnos reconciliar.
