La Hna. Marlene Quispe dirige un taller para mujeres sobre el perdón como parte del ciclo "Retorno al Corazón", en el monasterio de la Encarnación en Lima, Perú, el 19 de junio de 2025. En el mismo lugar se realizará el próximo ciclo los días 11, 18, 25 de septiembre y 2 de octubre de 2025. Inscripciones e información: WhatsApp +51 941 196 962. (Foto: cortesía de Marlene Quispe)
Cuando leí Apeirogon, la novela de Colum McCann (2020) no solo descubrí una historia. Descubrí una herida compartida.
Bassam y Rami, un palestino y un israelí, son dos padres que perdieron a sus hijas en medio del conflicto. Decidieron no odiarse. Decidieron caminar juntos, hablar y sembrar paz en tierra rota. No hubo vencedores en sus historias, solo pérdida, dolor y la posibilidad de elegir otro camino.
Ese libro me dejó preguntas que no se apagan: ¿cómo se empieza la paz?, y más aún, ¿cómo se recupera la confianza en el ser humano cuando ha sido herida por la guerra?
En Apeirogon lo que une a los protagonistas no es la ideología, ni la religión ni la historia, sino el duelo, el amor por sus hijas y el deseo de que ningún otro padre tenga que pasar por lo mismo. En una guerra, todos pierden algo. Y cuando todos pierden, ¿quién puede decir que ha ganado?
Desde entonces, Gaza dejó de ser una noticia lejana y se volvió una herida que me toca, como me toca la violencia en Ucrania, en Rusia y en mi propio país, el Perú. Como me tocan las olas de inseguridad, de miedo y de rabia que atraviesan nuestras calles. Como me tocan también las pequeñas guerras que se libran en mi comunidad, en mi monasterio y en mi corazón.
Porque también yo provoco olas. También yo levanto mareas con mis gestos, mis silencios y mis palabras. También yo, sin querer, he sido tormenta en el corazón de alguien. También yo provoco tsunamis que no arrasan ciudades, pero sí sacuden vínculos y desordenan la paz interior.
"El perdón no borra el dolor, pero lo redime, lo convierte en puente y lo vuelve posibilidad": Hna. Marlene Quispe sobre sanar heridas y encontrar la fuerza para reconciliarse
También yo necesito conversión y aprender a navegar mis propias aguas turbias, reconocer mis tempestades y pedir perdón por las veces en que fui viento que hirió. Necesito mirar al otro sin miedo, dejar de ver enemigos donde hay heridas, tender puentes donde antes levanté muros, ser barca y no piedra, ser abrazo y no juicio, y ser orilla segura para quien naufraga en su dolor.
Y entonces aparece una imagen: una barca que parte desde Barcelona, cargada de ayuda humanitaria, con medicinas, alimentos y abrazos envueltos en cajas. Y me pregunto si puedo subirme a esa barca, si puedo, desde Lima, desde mi claustro y desde mi vida concreta, hacer algo por la paz.
La respuesta es sí, pero no se trata de viajar. Debo actuar donde estoy, convertir mi vida en una barca y hacer de cada gesto una semilla de reconciliación, para que cada gesto compartido sea un remo que empuja la barca hacia la orilla del reencuentro.
En el taller "Retorno al Corazón" hemos propuesto cuatro sesiones sobre el perdón, porque creemos que el perdón es el centro del corazón cristiano. No es una idea abstracta, sino una experiencia que transforma. Es el gesto que rompe el ciclo del odio y abre la puerta a la esperanza.
Jesús no solo habló de perdón, sino que lo vivió, lo encarnó y lo ofreció incluso desde la cruz cuando dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23, 34). Ese es el núcleo del cristianismo, no el castigo ni la venganza, sino el amor que se atreve a sanar.
El perdón no borra el dolor, pero lo redime, lo convierte en puente y lo vuelve posibilidad. En nuestras sesiones queremos que las mujeres puedan mirar sus propias heridas, nombrarlas sin vergüenza y descubrir que el perdón no es debilidad, sino fuerza.
Esa fortaleza no se mide en discursos ni en poder, sino en gestos concretos. Se expresa en la capacidad de mirar al otro sin miedo, al tender la mano sin esperar recompensa. Y se hace visible cuando alguien puede decir: "Yo también quiero ayudar", aunque sea desde una cocina, una carta, una oración o una sonrisa.
Benedicto XVI lo expresó con claridad al decir que la paz es un don de Dios, pero también una tarea que nos compromete. Y esa tarea no es solo para quienes están en zonas de guerra, sino para ti, para mí y para quienes rezamos, escribimos, y tejemos vínculos desde lo cotidiano.
Juan XXIII, en Pacem in Terris, nos dejó una brújula clara: la paz debe construirse sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Y yo me pregunto: ¿qué verdad puedo decir hoy? ¿Qué acto de justicia puedo realizar? ¿Qué amor puedo ofrecer? ¿Qué libertad puedo defender?
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La respuesta es bastante simple: puedo mirar a la hermana que tengo al lado y preguntarle cómo está, escuchar sin interrumpir, crear espacios donde el dolor pueda ser nombrado sin vergüenza. Puedo también enseñar a los padres y niños de la primera comunión que vienen cada domingo que la paz, más que una palabra bonita, es una forma de vivir.
Por eso, aunque me veo frágil y lejos de este ideal, me he propuesto que cada taller que facilite, cada columna que escriba y cada gesto que comparta lleve una semilla de paz y de esperanza. Quiero transmitir el valor de mirar al otro como hermano y animar a otros a recordar que la paz empieza en el corazón, pero no termina allí.
Gaza no está lejos. Está aquí, en mi conciencia, en mi oración y en mi compromiso. Si hay una barca que lleva ayuda, yo quiero subirme. Quiero hacerlo sin prisa ni certeza, sino con ternura, con fidelidad y esperanza.
Me acompaña desde Apeirogon una imagen: dos hombres que han perdido lo más querido, pero que se niegan a perder la fe en el otro. Son dos voces que, en lugar de gritar, susurran paz; dos miradas que, en lugar de odiar, se sostienen con humanidad. Si ellos pudieron mirarse sin miedo, ¿por qué no nosotros?
Tal vez la sanación empiece ahí, en el gesto humilde de mirar al otro como un igual, en el acto valiente de confiar incluso cuando todo invita a desconfiar y en la convicción de que, como decía san Agustín, "La paz es la tranquilidad en el orden". Esa paz, creo, empieza por una decisión sencilla y exigente a la vez: elegir ver al otro como un ser humano, tender la mano y creer que, incluso en Gaza, incluso en Lima, incluso en mí, la esperanza puede volver a florecer.
