Arreglarlo todo: primero, dejar a Dios ser Dios

La primera regla de humildad de Benito de Nursia

Carroza de farolillos La ruta del dinero de la conexión rusa de Brooklyn, de Félix Slater, en el Carnaval de Basilea Fasnacht, Suiza, 5 de marzo de 2017.  (Foto: Flickr/Carnaval.com Studios)

Carroza de farolillos La ruta del dinero de la conexión rusa de Brooklyn, de Félix Slater, en el Carnaval de Basilea Fasnacht, Suiza, 5 de marzo de 2017.  (Foto: Flickr/Carnaval.com Studios)

Joan Chittister

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Traducido por Magda Bennásar

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Ha habido muchos pisotones e indignación en Washington D. C., en las últimas semanas. Primero, alguien abandonó una reunión sobre… oh, sí, casi lo olvido,  el futuro de Estados Unidos. Luego, la gente empezó a atrincherarse en sus oficinas y a no celebrar ninguna reunión. Por último, comenzó el viejo juego de llamar la atención, como quien puede adquirir el comportamiento más ridículo hoy para hacer que la gente olvide el comportamiento aún más ridículo de ayer. Esta vez es la amenaza de 'una emergencia nacional'  para salvarnos de todos los niños enfermos, mujeres sin dinero y hombres sin trabajo que tratan de convertirse en ciudadanos trabajadores de Estados Unidos, al igual que nuestros antepasados antes que ellos.

En definitiva, Washington se ha convertido en una telenovela de 'nivel B' [de menor calidad], salvo que los discursos son aburridos y los insultos de alto nivel se están volviendo aburridos. Todo podría ser divertido si no fuera tan destructivo. Tal y como está, es un peligro para la democracia estadounidense, un peligro para el futuro del país y un peligro también para la familia de naciones.

Curiosamente, fue precisamente en un entorno tan fútil como este cuando Benito de Nursia, en la Italia del siglo VI, diseñó una regla de vida que, según nos cuentan los historiadores, salvó a la civilización occidental al renovar su sentido de los valores espirituales, restaurar el orden social y elevar el nivel de la cultura en toda Europa.

"La religión presenta a Dios como algo que hay que 'merecer', ganar, conseguir cumpliendo todas las reglas. Precisamente por eso, la gente se siente fracasada en lo religioso: la perfección no es algo humano": Hna. Joan Chittister

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El primero de los 12 principios de humildad de Benito, por ejemplo, pone patas arriba tanto a la religión como al gobierno. El primer grado de humildad, enseña, es que "mantengamos el respeto a Dios siempre ante nuestros ojos y nunca la olvidemos".

La religión, por supuesto, presenta a Dios como algo que hay que 'merecer', ganar, conseguir cumpliendo todas las reglas. Precisamente por eso, la gente se siente fracasada en lo religioso: la perfección no es algo humano. Nadie cumple todas las normas en todo momento y mucho menos a la perfección. Pero al hacer de la conciencia de la voluntad de Dios su primer principio de humildad, Benito deja claro que no tenemos que ganarnos a Dios, porque ya lo tenemos. Todo lo que realmente necesitamos hacer es crecer en la conciencia de que Dios ya está con nosotros y así darnos cuenta de que la voluntad de Dios para el mundo debe ser también nuestra voluntad. Y no debemos 'olvidarlo'.

Aquí es donde entra también el Gobierno: en lugar de mantener el respeto a Dios siempre ante nuestros ojos, todo lo que podemos ver y oír estos días es a Donald Trump y lo que pretende hacer en su propio nombre para su propia fama. Y sin embargo, el primer principio de la humildad es que Dios es Dios y nosotros no. Ninguno de nosotros. Ningún presidente, ningún rey, ningún dictador, ningún autoritario. Ningún 'hombre fuerte' haciendo su propia voluntad en nombre del pueblo y acaparando todo el tiempo de televisión e internet que el mundo tiene para darle.

Frente a tal arrogancia, tal narcisismo, tal dominio, Benito enseñó a la gente a recordar la preeminencia de Dios. "Reverenciad a Dios", enseñó, en lugar de engrandeceros a vosotros mismos. "Recordad que Dios es Dios", enseñó, y que nosotros no lo somos.

La enseñanza es sencilla pero abrumadora. Piénsalo: si realmente recordamos que Dios nos creó, que Dios nos da el mundo para completar la imagen de Dios para la creación; entonces toda la grandilocuencia personal no sirve para nada: "¡Soy el más grande!". No, en realidad no lo eres. "¿Soy el único que puede resolver esto?". No, ni en toda tu vida. "Soy el primero, el mejor, el más grande, el único que conoce las respuestas". En absoluto. O: "Estas otras personas no son como nosotros; son nuestros malvados enemigos, están por debajo de nosotros, son un peligro para nosotros, violadores, ladrones, asesinos". O para decirlo todo mejor, más claro, resumiendo: no son hombres blancos, dominantes, poderosos y con armas nucleares. De lo contrario, estaríamos tan preocupados por el bienestar de sus hijos como lo estamos por el nuestro.

"Si realmente recordamos que Dios nos creó, que Dios nos da el mundo para completar la imagen de Dios para la creación; entonces toda la grandilocuencia personal no sirve para nada": Hna. Joan Chittister

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Desde mi punto de vista, solo este primer grado de humildad —el reconocimiento de que no tenemos derecho a la divinidad— puede salvarnos de nosotros mismos. De hecho, el 25 de enero algunos de los intelectuales más destacados de Europa firmaron y publicaron un 'manifiesto proeuropeo' que advierte de que "Europa está en peligro" por las "fuerzas populistas" —"falsos profetas"— que ahora amenazan la democracia en todas partes. Tampoco debemos olvidar que el papa Benedicto XVI asumió como preocupación central de su papado "la reevangelización de Europa", el retorno de Europa a los mismos valores espirituales, al orden social y a la calidad de la cultura que Benito de Nursia le había legado siglos atrás. Y ahora nos enfrentamos a ello nosotros mismos. Es sin duda un momento para replantearnos nuestro propio desliz hacia el engrandecimiento propio y el narcisismo político, para decidir si preferimos vivir en un mundo de iguales o en un mundo de aduladores y esclavos de unos pocos poderosos.

Por el contrario, debemos estar abiertos a aprender unos de otros, a apoyarnos mutuamente, a integrarnos todos, y a trabajar juntos como pueblos, no como populistas imperiales que consiguen el poder atizando el miedo, cualquier miedo con tal de que nos dé miedo. Solo el compromiso con la voluntad de Dios para todos puede devolver a este mundo, a este país —a cualquier país— a un estado de dignidad nacional, gloria global y humanidad humana.

Debemos rechazar nuestra pretensión de ser dioses. Primero debemos modelar la humildad, el civismo, el respeto entre nosotros, luego debemos modelarlo en nuestra política y, finalmente, debemos renunciar a nuestras ilusiones de superioridad, sexismo, patriarcado y racismo. Entonces, todos nosotros juntos, debemos inclinarnos ante el Dios que nos hizo a todos nosotros a imagen de Dios; sí, pero no a uno de nosotros como la última semejanza de Dios.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 30 de enero de 2019.