El conflicto entre Israel y Palestina trasciende las fronteras físicas

Hermanas Agustinas rezan por la paz en la jornada de ayuno y oración convocada por el papa Francisco el 17 de octubre del 2023 en en Monasterio de la Encarnación, Lima, Perú.  (Foto: Begoña Costillo)

Hermanas Agustinas rezan por la paz en la jornada de ayuno y oración convocada por el papa Francisco el 17 de octubre del 2023 en en Monasterio de la Encarnación, Lima, Perú. (Foto: Begoña Costillo)
 

Las noticias sobre la crisis en Israel y Palestina son devastadoras. Es aterrador ver las imágenes de los gazatíes desesperados escapando de la ratonera en la que se ha convertido Gaza. Es doloroso presenciar a los niños muriendo, a las mujeres llorando, y a los hombres matándose entre ellos. Son desoladoras las ruinas de la ciudad, cada vez más semejante a un infierno.

Este conflicto —que está aniquilando la tierra de Dios, la tierra santa en la que nacieron las primeras civilizaciones y donde se inició el diálogo entre los hombres y el Dios único de las religiones abrahámicas — es una locura.

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El creciente fértil, que hoy es el lugar de la muerte, fue también la cuna de la vida y de la fe. Fue en esa tierra buena, regada por el caudal abundante de grandes ríos y nutrida de la cultura y la sabiduría de los pobladores de oriente, donde la comunidad humana se unió por primera vez de manera estable.

Allí, más de 5000 años antes de Cristo, maduró por fin el deseo de habitar juntos compartiendo una misma lengua, una cultura, unas leyes y unos dioses.  Allí, Dios habló a Abraham y le prometió una tierra cuyo valor no se cifraba solo en una porción de territorio, sino en la vida abundante que brotaría de la convivencia entre los hombres y de estos con Dios, y que habría de ser la herencia preciosa de su descendencia: "Por ti se bendecirán todos los pueblos" (Gen 12, 3). Una bendición por sí misma expansiva, porque estaba destinada a alcanzar a todos y a multiplicar, en esa difusión, su riqueza y sus dones, su profundidad religiosa y su altura humana.

Por eso, no es banal que ahora en ese mismo sitio en el que Dios buscó a los hombres y les prometió la vida, se esté enseñoreando la muerte como si allí no existiese ya ningún Dios. La bendición solo funciona si permanece vinculada a Aquel que la dona, que le insufla el aliento y la gobierna y, por el contrario, se torna maldición cuando un pueblo se erige en el único pueblo elegido, dueño y señor de la promesa, único pueblo santo.

"Las hermanas de la comunidad nos hemos unido a la jornada de ayuno y oración por la paz convocada por el papa Francisco para interceder por el cese de la violencia entre Israel y Palestina": Hna. Begoña Costillo #GSRenespañol #HermanasCatólicas

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Oración por la paz en la Iglesia del Monasterio de la Encarnación el día 17 de octubre. (Foto: Begoña Costillo)

Oración por la paz en la Iglesia del Monasterio de la Encarnación el 17 de octubre. (Foto: Begoña Costillo)

Desde muy pronto, judíos, musulmanes y cristianos, los tres hijos de Abraham, han peleado con sangre por aquella santa tierra, confundiendo en su lucha las categorías de lo sagrado y lo profano, la voz de Dios y los intereses de los hombres. 

Se abrió paso así una historia de muerte en la que todos hemos tomado parte hasta configurar un complejo y peligroso escenario geopolítico que es espejo del complejo mundo interior de cada ser humano. Todos somos descendientes más o menos lejanos de Abraham o, en todo caso, somos de aquellos a los que debía ser compartida la luz divina que recibió Israel: "Caminarán los pueblos a tu luz" (Is 60, 3). Y también nosotros queremos nuestra porción de tierra, nuestras riquezas, nuestras seguridades, nuestro bienestar, y lo defendemos a golpe de violencia si es preciso.

Puede que sean los políticos los que ordenan la guerra y procuran las armas, pero todos, de alguna u otra forma, participamos de esa dinámica rival en la que el otro es un obstáculo a mis intereses. Todos preferimos, en ocasiones, pelear antes que perder, y matar antes que morir; y alimentamos, así, el inmenso engranaje del odio entre hermanos que, paso a paso, se eleva hasta cotas mundiales.

"No es banal que en ese mismo sitio en el que Dios buscó a los hombres y les prometió la vida, se esté enseñoreando la muerte como si allí no existiese ya ningún Dios": Hna. Begoña Costillo sobre conflicto Israel-Palestina #GSRenespañol #HermanasCatólicas

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En este conflicto se dirime mucho más que fronteras. Se ponen en juego las profundidades del deseo del ser humano, que ama sin duda a sus semejantes y a Dios, y anhela vivir en comunión con ellos y, a la vez, se deja invadir por aquel otro deseo de ser el único, de vivir solo para sí, de eliminar a todo aquel que le ponga límites, de enriquecerse y vivir bien a costa de cualquiera.

La violencia es la victoria de este otro deseo. Esta guerra es mundial, como lo son también Ucrania, Sudán y Etiopía, y cualquier conflicto, pues todos ellos son la materialización externa de nuestros odios internos. 

Una hermana ejecuta el salterio en la jornada de oración por la paz en la Iglesia del Monasterio de la Encarnación, en Lima, Perú,  el 17 de octubre. (Foto: Begoña Costillo)

Una hermana ejecuta el salterio en la jornada de oración por la paz en la Iglesia del Monasterio de la Encarnación, en Lima, Perú,  el 17 de octubre. (Foto: Begoña Costillo)

Por eso, las hermanas de la comunidad nos hemos unido a la jornada de ayuno y oración por la paz convocada por el papa Francisco para interceder por el cese de la violencia entre Israel y Palestina y, junto con ello, sondear la entraña de nuestro deseo, auscultar las violencias que se incuban en nuestro ánimo, repasar las batallas de las que hemos sido responsables y, en fin, ponernos en el lugar de nuestros hermanos que mueren con la conciencia de que también nosotros eliminamos de muchas formas a quien nos estorba.

Rezamos juntas, como hermanas y junto a toda la Iglesia, pidiendo un corazón nuevo, semejante al de Jesús, que ha tornado todo deseo maligno en amor auténtico, en el amor que pierde todas las tierras en favor de los otros, que se defiende del mal con la fuerza del bien, que ama a sus enemigos y por ellos prefiere morir antes que matar.