(Foto: Unsplash/David Gabric)
Como religiosa, suelo encontrar descanso interior en las vísperas de la tarde, cuando cantamos un texto del Gitanjali de Rabindranath Tagore:
¿No has oído sus pasos silenciosos? Viene, viene, siempre viene.
En cada instante y en cada época, de día y de noche,
viene, viene, siempre viene.He cantado muchas canciones, en muchos estados del alma, pero todas, sin excepción, han dicho lo mismo: "Viene, viene, siempre viene".
En los días fragantes del luminoso abril, por los senderos del bosque, viene, viene, siempre viene.
En la penumbra lluviosa de las noches de julio, sobre el estruendo de las nubes, viene, viene, siempre viene.
En dolor tras dolor, son sus pasos los que oprimen mi corazón, y es el roce dorado de sus pies lo que hace brillar mi alegría.
La profunda conciencia que tenía Tagore de la presencia de Dios resuena hondamente en mí. Repite una y otra vez: "Viene, viene, siempre viene". Creamos o no en Dios, su presencia se abre paso y se hace sentir, muchas veces de forma invisible, en todo lo que existe.
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En el ámbito de la enfermería obstétrica, los desafíos son grandes, pero también lo es la recompensa. Una parte importante de mi trabajo consiste en acompañar a mujeres que enfrentan la presión de interrumpir su embarazo. Mi trayectoria profesional en enfermería médica y quirúrgica abarca más de veinte años, enriquecidos por mi experiencia en salud pública y obstetricia.
En la India, que una mujer soltera quede embarazada suele considerarse un tabú y un escándalo.
Una noche lluviosa de agosto de 2014, en medio de un fuerte aguacero, llevaron a una mujer a la clínica de nuestro convento. Presentaba sangrado abundante y fuertes dolores abdominales, agravados por hipertensión. Como su madre mencionó que no estaba casada, supuse que simplemente tenía obesidad y no que estuviera embarazada. Dividida entre mi deseo de ayudarla y su negativa a permitir un examen pélvico, sentí que dentro de mí se gestaba una tormenta, tan intensa como la que rugía afuera. Finalmente, le administré analgésicos y la envié a una ecografía, que reveló una verdad impactante: estaba en un embarazo a término.
La niña nació con síndrome de aspiración de meconio debido a la hipertensión materna. Trágicamente, la madre se negó a aceptarla.
Una pareja carismática que adoptó a la bebé la devolvió ocho días después, quejándose de fiebre alta y dirigiéndose a mí con palabras ofensivas. Mis superioras, molestas por ese trato, me reprendieron por haber aceptado a la niña en el convento, por lo que una de mis estudiantes de obstetricia la llevó a su casa.
El destino de esa niña me atormentaba día y noche, especialmente ante la creciente presión de la comunidad. Durante las novenas en honor del nacimiento de María, recé con fervor: "Mamita María, en estos días muchas mujeres te suplican el don de un hijo. Por favor, envía a una mujer compasiva que adopte a esta niña. Que este sea tu regalo de cumpleaños para mí".
(Foto: Unsplash/Rebecca R.)
El 8 de septiembre, día del nacimiento de la Virgen María, recibí la llamada de una pareja que había perdido cuatro bebés por abortos espontáneos y que deseaba adoptar a la bebé de manera incondicional. Lloré de alegría ante el regalo milagroso: unos padres para ella.
Después de entregar legalmente a la niña, a quien llamé Zeline, que significa "la digna", fui testigo de cómo crecía como una bendición para su familia. Durante la novena de la Divina Misericordia pronuncié una homilía en la que dije: "No soy la madre biológica de esta niña, pero he sido instrumento para dar a luz la imagen viva del Niño Jesús en esta familia temerosa de Dios".
Al verla crecer bajo el cuidado de padres compasivos, sentí que la Sagrada Familia de Nazaret me acompañaba en mi ministerio obstétrico.
Comparto esta experiencia no para tomar postura sobre el aborto, sino para subrayar que, como enfermera, mi tarea es colaborar con el Dios que da vida. Así como Tagore experimentaba la venida de Dios en cada situación y en cada ser, humano o no, yo también he experimentado con frecuencia la presencia de Dios en todo.
En mi ministerio obstétrico, la alegría de sostener a cada recién nacido se asemeja a acunar al Niño Jesús. Esta experiencia me impulsa a procurar que ninguna mujer pierda la esperanza en el poder milagroso de creación de Dios.
Mi ministerio ha adquirido una dimensión más profunda: me esfuerzo por hacer justicia a cada niño por nacer, preparando a las mujeres —casadas o solteras— para acoger al Niño Jesús en la forma de un hijo no deseado, sin importar su género o identidad.
El poema de Tagore comienza con una pregunta contundente: "¿No has oído los pasos silenciosos de Dios?". Su mensaje es claro: Dios viene en cada momento. Su presencia no se limita a un instante concreto, sino que es continua y amorosa.
Así como Tagore percibe la presencia de Dios en pasos silenciosos, también nosotros podemos reconocer su venida en la quietud. "Quédense quietos y reconozcan que yo soy Dios" (Salmo 46, 11). Esta conciencia nos ayuda a comprender que Dios está presente en todo tiempo y que cada momento puede celebrarse, especialmente con la llegada de una nueva vida.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 27 de noviembre de 2024.
