Las manos de hermanas de Filipinas, Myanmar [antigua Birmania], Mozambique y Latinoamérica rodean la luz de Jesús, símbolo de nuestra unidad en la diversidad. (Foto: Vuelo en V)
Durante una conversación con una hermana africana sobre la importancia de fortalecer la unidad en nuestra congregación, ella me habló de la filosofía ubuntu, propia de varios pueblos del sur de África y expresada en lenguas bantúes. Su significado, "Yo soy porque nosotras somos", me impactó profundamente, porque me ayudó a comprender que nuestra identidad se construye en relación con las demás y que nadie camina solo en el mundo.
Desde entonces, ubuntu se ha convertido para mí en una invitación permanente a cultivar relaciones más sororales y a fortalecer nuestro sentido de pertenencia como una sola familia misionera.
Aquella conversación fue una de las muchas experiencias que he vivido durante los últimos meses, al convivir cotidianamente con hermanas provenientes de diversos continentes. Aunque desde hace años vivo en comunidades interculturales, este tiempo ha ampliado mi mirada. Escuchar sus maneras de comprender la vida, relacionarse con los demás y contemplar a Dios me ha permitido descubrir riquezas que antes no conocía.
Una de ellas ha sido descubrir cómo la fe se vive de manera distinta según cada cultura. Las hermanas de Vietnam, por ejemplo, me han mostrado que mantener viva la fe católica en medio de otras religiones fortalece profundamente su identidad cristiana.
"La interculturalidad no consiste en dejar atrás lo que somos, sino en compartir nuestros dones y recibir los de las demás": Hna. Vuelo en V, sobre su vida misionera junto a hermanas de distintos continentes. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Escribir sobre la interculturalidad es también un acto de memoria y gratitud por cada encuentro que transforma. (Foto: Vuelo en V)
En Filipinas me sorprendió escuchar constantemente las palabras po y opo al saludar o hacer una petición. Con el tiempo comprendí que esas expresiones son una muestra de respeto hacia la otra persona. Del mismo modo, ver a los más jóvenes tomar la mano de una persona mayor y llevarla a la frente para pedir su bendición me ayudó a descubrir otra manera de expresar el cariño y el reconocimiento.
No todas las diferencias fueron fáciles de comprender al principio. En ocasiones interpreté el silencio de algunas hermanas como falta de interés, cuando en realidad era una forma de mostrar respeto. También me desconcertaba el movimiento de cabeza de las hermanas de la India. Mientras yo esperaba un gesto de arriba hacia abajo para indicar que estaban de acuerdo, ellas movían la cabeza suavemente de un lado a otro. Los primeros días preguntaba varias veces lo mismo, porque no había entendido.
Algo parecido ocurrió cuando algunas hermanas llamaron mi atención por mi manera de reír. Mi primera reacción fue pensar que eran demasiado estrictas o que no aceptaban mi forma de ser. Más tarde comprendí que provenían de culturas donde se valora más la discreción y el silencio en los espacios comunitarios, y que su manera de corregir era más directa de lo que yo estaba acostumbrada. Aquello me enseñó a no sacar conclusiones apresuradas y a preguntar antes de interpretar una situación.
La interculturalidad es así, tiende a desinstalar. Invita a abrir el corazón y la mente para acoger aquello que la otra hermana, su cultura y su experiencia pueden aportar a nuestras vidas. La convivencia comunitaria ya tiene sus propios desafíos; cuando a ellos se suman las diferencias culturales, las distintas formas de comunicación y las barreras del idioma, se necesita paciencia, humildad y una disposición constante al encuentro.
Recuerdo especialmente el consejo de una hermana que un día me dijo: "Si quieres vivir este encuentro en profundidad, fíjate en lo esencial que nos une más que en lo que nos separa". Sus palabras siguen acompañándome cada vez que enfrento alguna diferencia.
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La vida cotidiana en comunidad también revela esas diferencias culturales. En Asia descubrí una mesa muy distinta a la de mi infancia. El arroz está presente tres veces al día, el pescado forma parte de muchas comidas y el jengibre, que yo solo había consumido en té, aparece como uno de los sabores principales. También me llamó la atención que las personas no suelen saludarse con abrazos, a menos que sean familiares muy cercanos. Durante el saludo de la paz en la eucaristía hacen una inclinación, en forma de arco, como signo de respeto. En cambio, en mi cultura latinoamericana solemos expresar el afecto con abrazos o estrechando las manos.
Las hermanas africanas también me enseñaron otra manera de orar. El canto, el tambor y el baile forman parte de su conexión y bendición a Dios. Es su manera de orar y vivir.
Vivir lejos de América Latina me ha ayudado a valorar aspectos de mi propia cultura que antes daba por sentados. He aprendido a agradecer la cercanía que caracteriza nuestras relaciones, la espontaneidad para expresar los sentimientos, el sentido de comunidad y la solidaridad que emerge especialmente en los momentos difíciles, así como la capacidad de celebrar la vida aun en medio de las adversidades. Al encontrarme con otras culturas también he comprendido que mi identidad latinoamericana forma parte de la misionera que soy hoy.
Este tiempo ha significado para mí un aprendizaje profundo, especialmente en el arte de escuchar. Escuchar sin respuestas preparadas ni juicios apresurados, sino para comprender. Cada hermana lleva consigo una historia, una cultura, heridas, valores y experiencias que merecen ser acogidas antes que interpretadas. Comprenderlo me ha ayudado a responder con más empatía, fortalecer la confianza y construir relaciones más auténticas.
Hoy comprendo que la interculturalidad no consiste en dejar atrás lo que somos, sino en compartir nuestros dones y recibir los de las demás. Cada vez soy más consciente de que la diversidad no es un obstáculo para la misión ni para la vivencia comunitaria, sino un espacio privilegiado donde Dios nos enseña a construir comunión. Cada vez que recuerdo las palabras de aquella hermana africana: "Yo soy porque nosotras somos", descubro que resumen mejor que cualquier otra explicación el regalo que la interculturalidad ha significado para mi vida misionera.
