(Foto: Unsplash/Kellie Enge)
Mientras escribo esta reflexión, mi comunidad religiosa se encuentra reunida en capítulo, el máximo órgano de gobierno de la comunidad, que se celebra cada cinco años. Debido a las restricciones de aforo, no puedo asistir a este encuentro de diez días. Siento a la vez pena y alivio. Me siento aliviada porque sé el precio que supone exigirme más de la cuenta. Lamento la pérdida de conexión, intimidad y transformación comunitaria que se produce durante estas reuniones. Esta es solo otra de las pérdidas que estoy experimentando tras una lesión cerebral. Últimamente, me ha resultado útil contemplar estas pérdidas a través del prisma del voto de pobreza. ¿Cómo me invitan, me guían y me apoyan estos cambios para vivir una vida evangélica?
En primer lugar, el voto de pobreza orienta nuestras relaciones con las realidades externas, materiales y económicas. Este voto consiste en vivir la pobreza evangélica como respuesta a los males de la privación económica o la opresión social que privan a otros de los recursos necesarios para la vida. Inspirado en el ejemplo vivido de Jesús y sus discípulos, el voto de pobreza es una forma de cocrear el reino de Dios en la Tierra —donde nadie es pobre—. Al profesar este voto, me comprometo libremente a aliviar activamente el sufrimiento de mis vecinos locales y globales viviendo con sencillez, compartiendo recursos y cuidando de toda la comunidad de la vida, especialmente de los pobres.
El voto de pobreza invita a las comunidades de religiosos católicos a contrarrestar una cultura de codicia, materialismo, consumismo e individualismo extremo. Un sistema económico alternativo alineado con el Evangelio es la economía del don. En una economía del don, se valora el ser, no el hacer, y el compartir, no el acumular. El compartir y la gestión alegre y generosa de los dones de la Tierra son la medida de la riqueza y de una buena vida. Al tratarse de un enfoque centrado en el grupo, la mutualidad y la interdependencia son verdades reconocidas. El bienestar de la comunidad se basa en el bienestar de las personas y viceversa.
La Hna. Corbin Hannah reflexiona sobre el voto de pobreza como una "economía del don", donde se valora el ser, no el hacer, y el compartir, no el acumular. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas
Desde que sufrí una lesión cerebral y las discapacidades subsiguientes, he aportado menos económicamente al fondo común (pensad en las primeras comunidades cristianas descritas en los Hechos de los Apóstoles), de lo que me he beneficiado de él. Los recursos comunitarios se comparten conmigo según mis necesidades, aunque eso signifique que utilice más que otras hermanas. No es así como imaginaba que serían las cosas para mí al llegar a los cuarenta. Supone un reto para mi ego, acostumbrado a sobresalir y a no querer ser una carga, saber que en lugar de apoyar económicamente a la comunidad, es la comunidad la que me apoya económicamente a mí.
Disfruto de mucha más estabilidad y acceso a tratamientos médicos que muchos de mis hermanos y hermanas con discapacidad. Me he preguntado por qué yo debería tener acceso a tanto apoyo mientras veo a mis amigos pasar apuros. He aprendido a convivir con sentimientos de culpa e indignidad, así como con pensamientos de ser una carga. Me han enseñado mucho sobre la gratitud y han despertado en mi corazón el deseo de que las necesidades de todos sean satisfechas.
Junto a la necesidad humana de seguridad existe el impulso común de contribuir. Necesito recursos suficientes para sentirme segura, sana y lo suficientemente libre como para dedicarme al ministerio. En la economía del don, se pide a cada una que sostenga a la comunidad —que ofrezca lo que pueda para el bienestar del conjunto—. Como hermana, el impulso de servir está siempre presente, como algo que necesito para sentirme plena. Puedo prosperar cuando tengo suficiente estabilidad y formas de contribuir de manera significativa.
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Desde la perspectiva de la economía del don, mi principal contribución soy yo misma. En segundo lugar, está lo que puedo hacer o producir. Esta perspectiva ha sido una gracia en mi lucha por aceptar mis limitaciones. En los innumerables momentos en los que solo puedo cuidar de este cuerpo y de mi corazón y mente, me recuerda que estar lo mejor que puedo es una contribución al bien común. Cuando siento vergüenza porque contribuyo muy poco económicamente, recuerdo que quien soy también tiene valor.
Más allá de las realidades materiales y económicas, el voto de pobreza se refiere a las realidades internas, espirituales y cósmicas. Da forma no solo a lo que hago, sino también a cómo estoy en el mundo. La aceptación de mi pobreza fundamental —que todo es un don, que en realidad no poseo nada y que dependo del espíritu y de toda la comunidad de la Tierra— me llama a una disposición interior de profunda confianza y gratitud. El voto me invita a preguntarme cómo puedo llevar mis propias cargas, respetar mis limitaciones y, aun así, encontrar algo que ofrecer para que la vida prospere.
Al igual que necesitamos conservar los recursos físicos por el bien de las generaciones futuras, puedo ser una mejor guardiana de la energía vital cuando conservo mi energía interior. Al vivir con una discapacidad que limita mi energía, estoy aprendiendo lo que es esencial. No quiero malgastar energía siendo quien creo que los demás quieren que sea. La autenticidad y la sinceridad son mucho más eficientes desde el punto de vista energético. Al despejar el desorden físico y mental, estoy aprendiendo qué es suficiente. Busco la sencillez que me permita estar más presente y disponible.
"Pude estar presente con mi cariño, mi apoyo y mi compañía, convirtiendo mi pobreza en abundancia": Hna. Corbin Hannah sobre aprender a recibir y aportar desde la fragilidad. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas
He aprendido que las relaciones recíprocas y solidarias son esenciales. Dado que mi vida interior influye en cómo me relaciono con los demás, he dedicado tiempo a cultivar cualidades amorosas del corazón y del espíritu. Estoy aprendiendo a acompañar a los demás en su sufrimiento al mismo tiempo que afronto y atiendo mi propio sufrimiento. Mido mi bienestar por la compasión que siento hacia mí misma y hacia los demás. Mi principal intención es aliviar el sufrimiento de los demás y ofrecer lo que pueda para aportar consuelo y belleza en medio del dolor. Ofrezco mi capacidad de presencia, un corazón dispuesto a escuchar y la sabiduría adquirida en mi camino.
La experiencia de una lesión que me ha cambiado la vida me ha brindado muchas oportunidades para practicar el voto de pobreza. En el proceso de desprenderme de ministerios, identidades, capacidades mentales y físicas, redes sociales y sueños sobre el futuro, aprendo que soy más que lo que puedo hacer. Aunque no pueda trabajar 40 horas a la semana, sigo pudiendo encarnar la generosidad, la hospitalidad, la gratitud y una alegre interdependencia con un Dios providente. Puedo ser frugal, ahorradora e ingeniosa con los recursos a los que tengo acceso.
Al terminar este capítulo, llevando con ligereza el dolor y el alivio, me siento orgullosa de mis contribuciones creativas. Me alegra que fueran formas significativas que respetaran mis capacidades (en su mayor parte). Unas 30 plantas de interior que había cultivado con mucho cariño adornaban todas las mesas, bendiciendo el espacio. Estuve presente en la oración. Estuve disponible para acompañar a una querida hermana a urgencias. No pude estar en la habitación donde todo sucedía y, sin embargo, pude estar presente con mi cariño, mi apoyo y mi compañía, convirtiendo mi pobreza en abundancia.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 24 de julio de 2026.
