(Foto: Unsplash/Artem Polezhaev)
Me hace bien recordar de vez en cuando ese día cuando íbamos con Rosita (una fiel parroquiana de ochenta años) tomadas del brazo en la procesión de san Vicente Ferrer. En un momento le digo: “Rosita, no sé dónde estamos”. Ella, rápidamente contesta: “Estás al lado mío”. Esta respuesta me desconcertó. Rosita afirmaba con seguridad que la ubicación no estaba ligada a la geografía, sino a la compañía. Fue inevitable rezar con esto ese y los días siguientes.
Muchas veces asociamos la permanencia o perseverancia a ciertos lugares físicos o misiones concretas. Rosita me enseñó hace poco que la permanencia tiene que ver más bien con un vínculo, con una compañía que, ciertamente, se concreta en un lugar geográfico o misión. Pero primero está ese vínculo o ese amor que nos liga, nos une, nos hace permanecer en un sitio concreto, sin dejar de crecer y dar pasos. Muchísimas veces, las dudas o 'crisis' respecto de los lugares físicos de pertenencia son una oportunidad para volver a lo esencial de la opción: estar al lado de Jesús y dejarnos guiar por Él.
En la actualidad, parece cobrar valor lo efímero, lo pasajero, el gusto del momento, el deseo de novedad, nuevas sensaciones y experiencias, nuevos lugares, nuevas personas. Por esta razón, quizás exista cierta tendencia a vincular la estabilidad o permanencia con lo aburrido, lo monótono, lo tedioso o con el temor a lo diferente. Sin embargo, la permanencia sostenida por un amor puede constituirse en una forma elocuente y bella de rebelión a un sistema que, muchas veces, nos impulsa al cambio constante, a la superficialidad, a una itinerancia sin contenido ni sentido.
"La permanencia sostenida por un amor puede constituirse en una forma elocuente y bella de rebelión a un sistema que nos impulsa al cambio constante, a la superficialidad, a una itinerancia sin contenido ni sentido": Hna. Claudia Navarro
En la experiencia personal, descubro que Dios se ha valido de personas y situaciones a través de las cuales, una y otra vez me dice: “Estás al lado mío, aquí está tu lugar." Esto ocurrió sobre todo en los momentos donde también era presa de las tendencias o imposiciones sociales, donde las primeras certezas y entusiasmos parecían esconderse o los olvidaba bastante.
Si hoy tuviera que mencionar tres realidades que contribuyeron y contribuyen a cierta estabilidad en la respuesta vocacional podría compartir:
Si hoy tuviera que mencionar tres realidades que contribuyeron y contribuyen a cierta estabilidad en la respuesta vocacional, pensaría primero en volver al punto de partida, como santa Clara aconsejó a Inés de Praga: "Acordándote de tu propósito… y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes". Se trata de regresar a esos primeros momentos numinosos, de profunda paz y certeza que solo Dios supo dar y que otorgan una dirección clara a nuestros pasos actuales y futuros.
También me ayuda contemplar las situaciones o decisiones complejas (o el mismo presente) con la perspectiva del último instante de mi vida. Esto ayuda a ver mejor, con una relación de proporción menos dramática, más amable y esperanzada. Esto me lo recomendó Sonia, mi hermana menor.
Finalmente, está cultivar una amistad, una relación de sincero afecto con Jesús. Porque solo un amor puede sostener una llamada y darle sentido. Esto se vive compartiendo en complicidad el mismo yugo: siendo 'los dos' en todo lo que nos toca hacer y vivir. Esto otorga belleza y frescura a la inevitable soledad de esta opción. Esta última realidad requiere de lugares y tiempos específicos, como cualquier otro vínculo para cimentarla.
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Dios está siempre, solo falta que nosotros recibamos esta compañía. Es necesario que exista un vacío, un espacio, una 'nada' donde Él pueda crear algo nuevo, manifestarse, enseñarnos, amarnos. Permanecer sin sentir, sin ver, sin escuchar, suele ser el gran desafío en la vida de todo cristiano, y eso es la fe, es el amor que todo lo cree, y permanece aún sin pruebas.
También pienso que nuestra humanidad reclama testigos que nos confirmen, que sepan que existimos, que valoren nuestras opciones o lugares de pertenencia. Necesitamos de esas miradas que nos animan y sostienen. En varias oportunidades de este camino de consagración, me detuve y pregunté: “¿Para qué ojos vivo?”. Los ojos, las miradas también son lugares donde nos quedamos o donde nos gustaría estar, o al menos así lo percibo en mi historia. Creo que los amigos, los hermanos de comunidad, aquellos con quienes compartimos la misión, o quienes acompañan nuestros procesos humanos-espirituales, son esos testigos que el Señor nos regala para el viaje. Ellos nos ayudan a permanecer, a ser felices y fieles al sueño que Él va suscitando en el corazón.
En una oportunidad, uno de estos testigos me dijo que los dones que tenemos no nos pertenecen, sino que son recibidos solo para darlos de nuevo. Esta mirada, en sintonía con la de Dios, hoy me impulsa a escribir y a compartir esto que rezo. Vivir para los ojos de Dios amplía nuestros horizontes y perspectivas, lejos de anclarnos o estancarnos, o de caer en la monotonía. El hecho de permanecer en su mirada expande el corazón y la mente, y solo con el tiempo, descubrimos que al realizar su sueño se concretan también los nuestros, aún aquellos que estaban ocultos para nosotros mismos.
En definitiva, se trata más de Dios y su permanencia que de la nuestra. El lugar correcto es vivir y permanecer para esos ojos, para esa mirada buena, esa que nos llama y sin que nos demos cuenta, nos conduce a una travesía llena de sentido. Entonces la permanencia estará garantizada por la solidez de una relación, incluso en la itinerancia de nuestra misión y en la fragilidad de nuestra humanidad. Entonces, la ubicación será siempre una compañía, unos ojos, una voz que vuelve a repetir día tras día: “Estás al lado mío”.
