Jeanine Habarugira, Solange Bulangalire, Maite Fernández y Loredana Boniotti [de izquierda a derecha] participan en el Jubileo de los Jóvenes en Tor Vergata, Roma, en agosto de 2025, durante la tarde de vigilia con el papa León XIV, junto a más de un millón de jóvenes de todo el mundo. (Foto: cortesía Loredana Boniotti)
Viví el Jubileo 2025 como peregrina de esperanza en medio de más de un millón de jóvenes reunidos en Tor Vergata, en Roma, junto a otras tres hermanas junioras provenientes de Argentina, Italia, Burundi y la República Democrática del Congo.
En ese tiempo de gracia extraordinaria pude vivir con mayor conciencia la cercanía del Señor y, como consecuencia, cultivar la fraternidad incluso con hermanos y hermanas geográficamente lejanos, con quienes, más allá de todo, nos reconocemos como familia.
Esta forma de vivir, en mi vida consagrada, tiene una fuerza especial. La diversidad forma parte de nuestro día a día, y uno de los signos del Reino es descubrirnos hermanas en la riqueza de nuestras diferencias.
Desde que el papa Francisco [†] nos convocó a transitar este Año Santo con el tinte especial de la esperanza, sentí fuertemente en el corazón un deseo profundo de vivirlo como una oportunidad real que marcara mi vida, mis opciones y mi camino.
"Este Año Jubilar me puso en contacto con la esencia del mensaje de Jesús: vivir el amor. ¿Cómo hacerlo? Siendo atenta con mi prójimo, constructora de paz, comprometida con la justicia y hermana capaz de sostener a otras": Hna. Maite Fernández
Las hermanas Loredana Boniotti, Maite Fernández, Solange Bulangalire y Jeanine Habarugira, de la congregación de las Hermanas Doroteas de Cemmo, ingresan por la Puerta Santa de la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, en el contexto del Jubileo de los Jóvenes en agosto de 2025. (Foto: cortesía Loredana Boniotti)
Dios ha sido capaz de suscitar en mi interior aquello que sabe que necesito; por eso me animé a acoger este llamado con confianza y con la convicción de que el Señor lo hace todo bien, aun sabiendo que cuando decido seguir la voz de Jesús, nunca sé con exactitud hacia dónde seré conducida, sino solo que, al seguirla, me vuelvo más auténtica, más libre y más abierta a su amor transformador.
Los retos de la vida consagrada hoy me llevan a replantearme constantemente el sentido de mi opción. Desde hace tiempo, la dimensión 'inter' —intergeneracional, intercultural, internacional, intercongregacional— ocupa un lugar central en mi instituto. Intento vivirla con conciencia, porque sé que es el camino correcto. Mi formación y decisiones giran en torno a ello, y por eso doy gracias a Dios.
El Jubileo 2025 me permitió hacer una experiencia concreta de esta realidad. Vivirla en primera persona le dio un sabor especial. El hecho de que cuatro hermanas junioras —de diversa nacionalidad y cultura— participáramos juntas nutrió de manera invaluable este tiempo de gracia. Se puede estudiar mucho sobre interculturalidad, pero tengo la certeza de que solo se aprende verdaderamente viviéndola: poniendo el cuerpo y la disponibilidad para dejarme atravesar por la singularidad de la otra, y respetando y escuchando otros modos de ver la realidad, distintos del propio, pero con el mismo valor.
La experiencia mágica del Jubileo me animó a redescubrir mi vocación y a dar mayor hondura a mi carisma como hermana de las Doroteas de Cemmo, fortaleciendo mi sentido de pertenencia y el deseo de entregar la vida con autenticidad.
Durante el Jubileo 2025, el papa León XIV nos instó a vivir la vida con Jesús, a aspirar a cosas grandes en clave de santidad y, sobre todo, a profundizar la experiencia de la amistad con Cristo como fuente de la fe. Nos habló de una amistad que surge del "reparar las redes", como lo hacían los primeros apóstoles, aquellos pescadores a quienes el Señor encontró y llamó (cf. Mateo 4, 21-22).
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Reparar las redes es también una imagen que ilumina mis relaciones. Me invita a vivirlas como un tejido que se construye, se arregla y se renueva; como lazos de amor y unidad, gratuitos y dinámicos. Estas redes, decía el papa León, deben suscitar el encuentro, abrir espacio al otro y ayudarme a salir de mí misma. Deben ser capaces de sanar lo roto y de ofrecer un remedio a la soledad, sostenidas por Dios trino, comunidad de amor, que desde la diversidad me enseña la esencia de la comunión a la que estoy llamada a vivir y a testimoniar.
Esta clave de esperanza viene a cimentar una vocación que, al hacer memoria, ha estado presente desde el inicio de mi llamado. Sea cual sea la etapa que esté transitando, siempre estoy invitada a volver a ese contacto vital con el Señor de la vida, aquel que me miró en lo más hondo del corazón y me hizo experimentar su gracia más plena. Con Él soy capaz de enfrentar obstáculos, de colaborar con el Reino y de crecer en generosidad, ampliando la mirada más allá de mi propia individualidad.
Este Año Jubilar me puso, sin duda, en contacto con la esencia del mensaje de Jesús: vivir el amor. ¿Cómo hacerlo? Siendo atenta con mi prójimo, constructora de paz, persona comprometida con la justicia y hermana capaz de sostener a otras.
Vivir la esperanza no es esperar pasivamente que algo suceda, sino actuar como los apóstoles enviados por Jesús, llenos del Espíritu Santo. Me quedo con este mensaje: Estoy llamada a ser canal y herramienta para que ese 'algo' ocurra, poniendo lo que soy al servicio del bien común; sin olvidar que la lógica del Evangelio, la pequeñez, el grano de mostaza y la levadura pueden transformar desde dentro.
Jeanine Habarugira, Loredana Boniotti, Maite Fernández y Solange Bulangalire, junto a un grupo de jóvenes de la parroquia de Lumezzane, diócesis de Brescia, Italia, participan en el Jubileo de los Jóvenes durante el ingreso por la Puerta Santa de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma, en agosto del 2025. (Foto: cortesía Loredana Boniotti)
