El sembrador, óleo sobre lienzo de Vincent van Gogh, 1888. (Foto: Wikimedia Commons)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!". Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: "Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure". Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno"» (Mateo 13, 1-23).
Comenzamos en la liturgia de este domingo y de los próximos, a leer el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, en el que Jesús va a hablar del Reino de Dios por medio de parábolas. La parábola es un género literario que tiene la propiedad de involucrar al oyente, interpelándolo sobre su actuar, pero de manera indirecta, evitando que se sienta acusado directamente.
Las parábolas se refieren a elementos de la vida cotidiana que los habitantes de aquellos tiempos podrían entender fácilmente. Esto no significa que nosotros, en este tiempo, podamos entenderlas de igual modo. La parábola de hoy nos permite ilustrar lo que acabamos de decir. En tiempos de Jesús la semilla se esparcía primero sobre la tierra y luego se araba para que diera fruto. En la actualidad, primero se prepara la tierra y las semillas se echan en los surcos, previamente abiertos, teniendo mucha más probabilidad de que den fruto.
"¡Ojalá seamos esta tierra buena que acoge la gratuidad del Reino y da frutos abundantes!": teóloga Consuelo Vélez sobre #ParábolaDelSembrador, #Mateo13, #EvangelioDelDomingo, para serie #AlPartirElPan. #HermanasCatólicas #GSREnEspañol
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Es así como el sembrador de la parábola esparce la semilla por toda la tierra, lo cual nos puede hablar de la gratuidad y universalidad del Reino que se anuncia para todos. Pero este dará frutos según la tierra sea apta para ello. Si cae en la superficie puede ser comida rápidamente por los pájaros, si cae entre piedras será difícil que pueda crecer, como tampoco podrá hacerlo si el sol logra quemarla. Por lo tanto, la parábola nos habla de la gratuidad de la siembra del Reino, pero, a su vez, de la necesaria apertura del destinatario para que la semilla pueda dar fruto.
Después de este relato Jesús se refiere a los que miran y no ven, los que oyen y no entienden. El domingo pasado comentamos esta misma idea diciendo que no es tanto que Dios no permita entender la Palabra sino los destinatarios que se niegan a escuchar. Todo esto se comprende en el contexto de los fariseos y escribas, que siendo expertos conocedores de la Ley, se cierran ante el mensaje de Jesús, sin poder entender nada. Los frutos que dé la semilla, el ciento, el setenta o el treinta, dependerán de la tierra que la acoge y que cuente con todas las garantías para que fructifique.
La última parte de la parábola es una explicación alegórica de la misma. Cabe anotar que la alegoría es otro género literario muy usado por los padres de la Iglesia para interpretar los Evangelios, especialmente, las parábolas. En este caso, se explica cómo todas las condiciones que impidieron que la semilla creciera, corresponden al Maligno que la arrebata —es decir a tantas circunstancias externas que impiden vivir el Reino de Dios—, pero también al propio corazón de la persona que se resiste a convertirse a los valores del Reino y por eso sigue enredada en sus propios intereses, sin dejar ninguna opción para la vida del Reino. La parábola termina repitiendo la posibilidad de dar el cien, el setenta o el treinta por ciento. ¡Ojalá seamos esta tierra buena que acoge la gratuidad del Reino y da frutos abundantes!
