Izquierda: El profeta Joel, representado en una pintura de alrededor de 1481-87 por Martín Bernat y Miguel Ximénez. Derecha: Cristo Salvator Mundi, representado en una pintura de 1505 por Quinten Metsys. (Imágenes: Wikimedia Commons)
Ya viene de nuevo el Miércoles de Ceniza, que anuncia la Cuaresma. Durante muchos años, su llegada me provocaba cierta resistencia. Recuerdo muy bien aquellas cuaresmas sin dulces de mi infancia y a mis compañeros de la escuela católica caminando hacia el interminable vía crucis de los viernes por la tarde, cuando la semana escolar ya debería haber terminado. Con el paso del tiempo, mientras mi fe también iba madurando, la Cuaresma seguía inquietándome. Se sentía como un retiro largo. Yo quería escuchar la voz de Dios, pero me preguntaba qué iba a escuchar y qué podría pedirme.
En los últimos años he notado que las lecturas del Miércoles de Ceniza, en la eucaristía, transmiten mensajes que parecen ir en direcciones opuestas sobre cómo vivir este tiempo. El profeta Joel, en la primera lectura, nos llama a llorar y lamentarnos, a ayunar, a hacer duelo, a renunciar a los placeres del cuerpo. Pero en el Evangelio, Jesús nos invita a cuidar de los demás con discreción y generosidad, a orar de manera sencilla y en lo secreto, e incluso a perfumarnos y procurar vernos bien. Entonces surge la pregunta: ¿a quién escuchamos, a Joel o a Jesús?
Hace algunos años trabajé en un programa sabático para personas con muchos años de servicio en el ministerio eclesial: religiosas y religiosos, ministros laicos y sacerdotes ordenados que estaban viviendo un tiempo de descanso y renovación espiritual. El equipo del programa se preguntaba cómo celebrar la Cuaresma en un momento marcado justamente por el descanso.
Una Cuaresma decidimos seguir el rito tradicional de la Iglesia: bendecir e imponer las cenizas y luego celebrar la eucaristía, escuchando tanto el mensaje de Joel como el de Jesús. Pero después de la comunión, el equipo entregó paños húmedos e invitó a cada persona a limpiarse las cenizas de la frente. Aquello causó incomodidad. No es fácil dejar lo que siempre hemos hecho. Finalmente, todos accedieron. Luego colocaron pequeños recipientes con aceite perfumado, y cada persona pasó a recibir la unción antes de comenzar el camino cuaresmal.
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He pensado muchas veces en esa experiencia, y ha influido en la manera en que vivo la Cuaresma. La oración, el ayuno y la limosna son las prácticas tradicionales de este tiempo. Quisiera invitarles a intentar vivirlas escuchando tanto a Joel como a Jesús.
Como Joel, oremos con lamento por nuestros pecados personales, por el pecado presente en el mundo y por nuestro país, suplicando la misericordia de Dios. Y junto con Jesús, oremos de manera sencilla y silenciosa, alabando a Dios, agradeciendo el misterio y el regalo de la vida, y alegrándonos por las personas que nos acompañan y nos sostienen.
Ayunemos de algún gusto o placer, aceptando la disciplina y las responsabilidades de la vida diaria. Al mismo tiempo, recibamos conscientemente los momentos de disfrute que se presenten: el tiempo compartido con la familia, amistades y seres queridos; una comida especial, quizá acompañada de un buen vino; incluso en los días más intensos de la Cuaresma, busquemos activamente aquello que nos dé alegría.
Nuestro mundo está lleno de personas y causas valiosas que reclaman nuestra atención. Respondamos con generosidad, aun cuando implique sacrificio personal. Pero también reconozcamos nuestras propias necesidades y recibamos con gratitud, e incluso busquemos los dones que llegan a nuestra vida, como leer un poema nuevo cada día, contemplar el amanecer o el atardecer, o simplemente abrirnos a las sorpresas que trae cada jornada.
En pocas palabras, este año podemos profundizar nuestra vivencia de las prácticas cuaresmales, siguiendo las invitaciones que nos hacen Joel y Jesús en el Miércoles de Ceniza.
