La Santísima Trinidad con María Magdalena, san Juan Bautista, Tobías y el ángel (Pala delle Convertite), temple sobre madera, Sandro Botticelli, ca. 1491-1493. Obra recortada. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios (Juan 3, 16-18)».
Seguimos con celebraciones importantes en nuestra Iglesia, y este domingo nos referimos a la Trinidad. Los Evangelios y las cartas paulinas nombran a las tres personas de la Trinidad, pero no encontramos ninguna cita explícita con la palabra ‘Trinidad’. Esta categoría ya es una reflexión dogmática que la Iglesia ha considerado que expresa muy bien esa confesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
"Que la fraternidad/sororidad dé testimonio del ser trinitario de Dios, haciendo cercano y experiencial su vida misma en nuestra realidad concreta": teóloga Consuelo Vélez sobre Evangelio de la Trinidad para serie #AlPartirElPan.
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Lo que caracteriza la relación de las tres personas de la Trinidad es el amor. Por eso el Evangelio de hoy nos habla de ese amor total de Dios para con la humanidad al entregar a su Hijo y, de esa manera, hacernos posible la salvación. Dios no viene a juzgar el mundo, dice el texto, sino a salvar a través de su Hijo. Quien cree en el Hijo está salvado. Dependerá de nosotros acoger o rechazar la salvación, pero por parte de Dios, su amor es salvador y abierto a todos.
El breve texto del Evangelio de hoy no hace referencia al Espíritu, pero sabemos que el fruto de la aceptación del Hijo de Dios es el don del Espíritu que habita en nosotros, conduce a la Iglesia y derrama sus dones sobre la humanidad para transformarla y hacerla a imagen de su Hijo.
Aunque al referirnos a la Trinidad se emplea la expresión ‘misterio’ de la Trinidad, no hemos de pensar que la Trinidad es un misterio incomprensible, sino que es una experiencia que se expresa con palabras que siempre son menores a lo que es Dios mismo. Abrámonos a vivir el amor trinitario de nuestro Dios, en la entrega gratuita de su propio Hijo y el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu (Rom 5, 5). Que la fraternidad/sororidad vivida dé testimonio del ser trinitario de nuestro Dios, haciendo cercano y experiencial la vida misma de Dios en nuestra realidad concreta.
