Con la solidaridad que caracteriza a los venezolanos, las hermanas Maigualida Riera y Cariali Ventura, de las Hermanas Misioneras Médicas, ayudan a preparar sopa para distribuir entre las personas afectadas por el terremoto del 24 de junio de 2026, junto con frailes franciscanos, en Los Corales, Caraballeda, estado La Guaira, Venezuela. (Foto: cortesía Carmen Camacho)
Como venezolana crecí dentro de un contexto que nos define como un pueblo rico en cultura y tradiciones, producto de nuestra mezcla. Somos alegres, con buen sentido del humor, capaces de salir adelante ante cualquier adversidad. Somos trabajadores, creativos y solidarios con quien nos necesita. Tenemos hondas raíces libertarias, siguiendo el ejemplo de nuestros héroes de la independencia, en búsqueda de la justicia y el bien común.
Esto me hizo sentir siempre orgullosa y bendecida de haber nacido en esta tierra tan maravillosa, donde no solo encuentras calidad humana, sino también una gran riqueza por su biodiversidad.
Sin embargo, a medida que fui creciendo, descubrí también las cosas no tan bonitas de mi país. Vengo de una familia humilde. Crecí en el campo y era consciente de la realidad de mi familia y de mi comunidad. Siempre me cuestioné cómo un país tan rico podía tener tanta gente viviendo en la pobreza, mientras unos pocos se enriquecían ilícitamente. Quizá allí Dios comenzaba a sembrar en mí la pregunta sobre cuál podría ser mi aporte a esta realidad.
"Sigo viendo a Venezuela como una tierra de misión”: Hna. Carmen Camacho sobre su experiencia como religiosa venezolana, en medio de la emergencia humanitaria y los daños del doble terremoto. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
La Hna. Carmen Camacho, HMM, participa en una actividad recreativa con niños en el campamento transitorio de la Universidad Simón Rodríguez, en Naiguatá, estado La Guaira, Venezuela, el viernes 14 de agosto de 2026. (Foto: cortesía Carmen Camacho)
Recuerdo que, antes de entrar a la vida religiosa, cuando asistía a mi parroquia como catequista y miembro del ministerio de lectores, una vez el párroco nos dijo, hablando sobre los misioneros, que no entendía por qué muchos querían ser misioneros en África o en otros países pobres, como si Venezuela no fuese un lugar para misionar.
En ese momento no entendí sus palabras. Pero mientras la vida en Venezuela se iba deteriorando, comenzaron a tener sentido.
Cuando decidí ingresar a la vida religiosa, las Hermanas Misioneras Médicas me inspiraron por su lema: "Ser presencia sanadora en el corazón herido, al estilo de Jesús de Nazaret". Durante mi etapa de formación aprendí a mirar más allá de nuestras obras para descubrir los nuevos rostros donde Dios nos habla y clama justicia.
También descubrí que, dentro de la historia de mi congregación, las primeras Hermanas Misioneras Médicas que llegaron a Venezuela desde Estados Unidos, hace ya 75 años, no llegaron porque este fuera considerado un país de misión.
Ellas llegaron invitadas por compañías petroleras para administrar hospitales en Maracaibo y Falcón. Sin embargo, pronto descubrieron la realidad de la gente sencilla que vivía alrededor de los hospitales y comprendieron que también necesitaban servicios de salud a los cuales no tenían acceso. Por eso decidieron salir de los hospitales e insertarse en los barrios, viviendo entre la gente pobre de Maracaibo y, más adelante, de Barquisimeto y Caracas.
Se dieron cuenta de que Venezuela también era tierra de misión.
Durante mi noviciado, como parte de mi experiencia de misión, iba junto con otra hermana a dar catequesis en La Vega, un barrio de Caracas donde las condiciones de acceso y seguridad no eran las mejores. Para llegar hasta allí, muchas veces dependíamos del padre que nos llevaba los domingos a la catequesis y a la misa, que celebrábamos en la casa de una familia de la comunidad. Cuando no podía acompañarnos, tomábamos transporte público y caminábamos un largo trayecto.
En ese entonces ya se podía sentir el deterioro de los servicios públicos, la escasez de alimentos y medicinas, el incremento de la violencia, la polarización política y la crisis económica. Sin embargo, la gente del barrio se esmeraba por hacernos sentir en casa y buscaba maneras creativas para salir adelante.
Las experiencias de misión de Semana Santa y Navidad allí fueron de las más significativas en mi proceso de formación. Pude descubrir el rostro de Dios en los más sencillos y reafirmar mi vocación a través de las muestras de fe y esperanza con las que también nos animaban a seguir subiendo cada domingo para compartir con ellos el Evangelio.
Con el paso de los años, la situación se fue tornando cada vez más difícil. Comenzamos a escuchar hablar de una emergencia humanitaria compleja, término utilizado por la ONU para describir la situación que estábamos viviendo como venezolanos y que empeoró con la llegada del COVID-19.
Esta emergencia obligó a millones de personas a salir de Venezuela. Después de ser un país que acogía con los brazos abiertos a todo el que llegaba y lo hacía sentir en familia, nos convertimos en un país de migrantes y exiliados. Según cifras del Acnur, cerca de 7,9 millones de personas habrían salido del país para 2024.
Quienes permanecimos también tuvimos que aprender a reinventarnos. Cambiaron nuestras rutinas, nuestras expectativas y nuestra manera de vivir. No han sido años fáciles. Hemos aprendido a ser resilientes, con los sueños puestos en que volveremos a ser un país próspero y buscando maneras de salir adelante.
Pero pareciera que las circunstancias quieren seguir poniendo a prueba nuestra fe.
El pasado 24 de junio del 2026, un doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudió Venezuela en cuestión de segundos. El sismo causó graves daños en varias zonas del país y dejó nuevamente a muchas familias enfrentando el miedo, la pérdida y la incertidumbre.
Con diferencia de segundos uno tras el otro, nos sorprendió a las 6:04 pm, causando graves daños en varios estados del país en la región centro-norte y costera central, afectando principalmente a La Guaira (declarada como zona de desastre), el área metropolitana de Caracas y zonas aledañas en el estado Yaracuy, como San Felipe y Yumare. También desde Caracas hasta Puerto Cabello, sufrieron daños estructurales severos, con colapsos generalizados de edificios.
Advertisement
"Somos alegres, capaces de salir adelante ante cualquier adversidad": Hna. Carmen Camacho sobre la actitud de los venezolanos, un pueblo golpeado pero resiliente. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Convencida de que la esperanza también se siembra en los pequeños gestos, la Hna. Emma Panizales reparte manzanas entre voluntarios, rescatistas y familiares en Catia La Mar, Venezuela, tras el terremoto del 24 de junio de 2026. (Foto: cortesía Carmen Camacho)
Este nuevo evento ha sido un duro golpe para nosotros, que sentimos que no hemos terminado de recuperarnos de una crisis cuando aparece otra. Sin embargo, en medio del dolor, la incertidumbre y el luto, como nación hemos hecho lo que mejor sabemos hacer: sacar fuerzas de donde no las tenemos, solidarizarnos con quien lo perdió todo, aferrarnos a nuestra fe y descubrir en los pequeños milagros de cada día que Dios sigue obrando y caminando entre nosotros.
En nuestra comunidad no sufrimos daños estructurales mayores, más allá del temor y la incertidumbre sobre lo que nos espera y cómo responder. Pero no podemos quedarnos paralizadas por el miedo. Por eso, conscientes de lo retadora que se presenta la realidad, como vida religiosa nos hemos unido a otras congregaciones y laicos para acompañar a las víctimas directas e indirectas de esta tragedia.
Visitamos algunos de los campamentos temporales a los que se nos permite el acceso, unimos esfuerzos con otros compañeros de misión para hacer llegar insumos y escuchamos a las personas de las comunidades donde vivimos. En medio de tanta necesidad, seguimos buscando maneras de llevar esperanza a quienes lo han perdido todo.
Sabemos que será un largo proceso de sanación y recuperación. Habrá momentos en los que nos sintamos desesperanzados y cansados del camino, preguntándonos muchas veces el porqué de tanta tragedia.
Quizá, como los discípulos de Emaús, agobiados por tantos años de dolor e incertidumbre, no terminamos de descubrir cómo Jesús camina a nuestro lado. Pero Él sigue allí, acompañándonos a través de quienes comparten nuestra realidad y nos animan con su testimonio. Cuando escuchamos su Palabra, podemos encontrar sentido en lo que vivimos.
Así sigo viendo a Venezuela: como una tierra de misión, donde Dios sigue llamando en medio de nuestras heridas. También pienso en tantos venezolanos que han tenido que salir del país. Quizá ese camino nos ayude a llevar a otros lo que nos caracteriza: nuestra calidad humana, creatividad y sentido del humor, aun en medio de las dificultades.
Por eso sigo creyendo que Venezuela continúa siendo una tierra de gracia. No porque ignoremos sus heridas, sino porque, incluso en medio de ellas, Dios sigue llamando, sanando y sembrando esperanza.
