(Foto: Unsplash/Mateus Campos Felipe)
Nota de la editora: Esta historia forma parte de Salir de las sombras: luz contra la violencia de género, la serie de Global Sisters Report y Global Sisters Report en español que se enfoca en cómo las hermanas católicas responden a este fenómeno mundial o se ven afectadas por él. Además, ha sido escrita por una hermana joven, por lo que se enmarca también en la sección Una Mirada Joven.
Hablar del abuso sexual dentro de la Iglesia no es una cuestión ideológica ni el resultado de una presión externa. Es, ante todo, una cuestión profundamente evangélica. Nos sitúa frente al núcleo del mensaje de Jesús: la dignidad sagrada de cada persona, la protección de los más vulnerables, la verdad que libera y la justicia que sana. Por eso, la pregunta que muchos creyentes se hacen hoy no es superficial ni malintencionada, sino honesta y dolorosa: ¿busca realmente la Iglesia combatir el abuso sexual o busca administrar sus consecuencias?
La Iglesia ha pronunciado palabras, ha elaborado documentos, ha creado comisiones y protocolos. Sin embargo, la existencia de estructuras no garantiza, por sí sola, una cultura de cuidado. La cuestión no es si hay organismos, sino cómo funcionan, a quién escuchan primero y qué frutos producen. "Por sus frutos los conocerán" (Mt 7,16), y no por la prolijidad de los textos ni por la rapidez de los comunicados.
"No hay sanación sin verdad, ni reconciliación sin justicia": Hna. Adriana Pérez sobre el abuso sexual en la Iglesia y el desafío de escuchar a las víctimas con transparencia y coherencia evangélica
Muchas personas que han denunciado abusos —especialmente cuando estos involucran a ministros ordenados o figuras con poder— relatan experiencias marcadas por el silencio, la demora, la falta de información y, en ocasiones, una profunda sensación de desamparo. En algunos contextos, incluso, se percibe una urgencia por dar respuestas inmediatas, parciales o formales, como si lo importante fuera cerrar el caso, tranquilizar conciencias o simplemente 'seguir adelante'. Esto genera en las víctimas la dolorosa impresión de que se espera de ellas conformidad o paciencia, más que verdad, justicia y una reparación real.
El Evangelio no propone respuestas rápidas para calmar conciencias. Jesús nunca ofreció alivios superficiales. Cuando se encontraba con el dolor humano, se detenía, escuchaba, preguntaba y tocaba la herida. "¿Qué quieres que haga por ti?" (Mc 10, 51), le dice al ciego Bartimeo. No presupone, no decide por él, no apura el proceso. La sanación comienza allí donde la persona es escuchada en su verdad.
En este contexto, el documento Vos estis lux mundi se presenta como una llamada fuerte y necesaria. "Ustedes son la luz del mundo" (Mt 5, 14). La luz no disimula, no protege sombras, no negocia con la oscuridad. La luz expone, revela, incomoda. Pero ser luz no es solo promulgar normas: es permitir que la verdad ilumine incluso aquello que hiere la propia imagen institucional.
Cabe preguntarse, entonces, si Vos estis lux mundi ha sido realmente asumido como un camino de conversión o si, en algunos lugares, se lo reduce a un cumplimiento formal. Porque la luz del Evangelio no puede usarse de manera selectiva. "Nada hay oculto que no deba ser revelado ni secreto que no deba ser conocido" (Lc 12, 2). Esta palabra interpela directamente toda forma de encubrimiento, minimización o relativización del daño.
"Combatir el abuso sexual [en la Iglesia] no se limita a sancionar conductas individuales; exige revisar las dinámicas de poder que las posibilitaron": Hna. Adriana Pérez
(Foto: Pixabay)
Combatir el abuso sexual no se limita a sancionar conductas individuales; exige revisar las dinámicas de poder que las posibilitaron. El clericalismo, denunciado reiteradamente por el magisterio, sigue siendo un obstáculo real cuando impide escuchar a las víctimas o cuestionar a quienes detentan autoridad. Allí donde el poder no es servido sino protegido, el Evangelio queda oscurecido. Jesús fue claro y radical: "El que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino" (Mc 9, 42). No hay en estas palabras espacio para ambigüedades.
La eficacia de las comisiones no puede medirse por la rapidez de las respuestas, sino por la profundidad con que se acompaña. Las víctimas no necesitan gestos para 'quedar conformes', sino procesos transparentes, información clara, tiempos razonables y la certeza de que su palabra no será puesta en duda por conveniencia. "La verdad los hará libres" (Jn 8, 32), pero la verdad requiere coraje, especialmente cuando tiene un costo institucional.
Desde una mirada espiritual, esta crisis es también una llamada a la conversión. El abuso sexual es una herida en el Cuerpo de Cristo, y toda herida negada se agrava. No hay sanación sin verdad, ni reconciliación sin justicia. La misericordia auténtica no es indulgencia sin responsabilidad; es compromiso con la dignidad de quien ha sido herido. El profeta Isaías lo expresa con fuerza: "Aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, socorran al oprimido" (Is 1, 17).
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Si la Iglesia quiere realmente combatir el abuso sexual, necesita cultivar una espiritualidad de la escucha: escuchar sin defensas, sin apuros, sin estrategias de control. Debe escuchar incluso cuando duele. Dios habla también —y de modo privilegiado— en el clamor de quienes han sido vulnerados. "He visto la opresión de mi pueblo, he oído su clamor" (Ex 3, 7), dice el Señor. La pregunta es si estamos dispuestos a oír ese clamor hoy.
La credibilidad de la Iglesia en este tiempo no se juega en declaraciones solemnes, sino en gestos concretos de coherencia: en cómo responde a quien denuncia, en cuánto tarda en actuar y en a quién protege cuando el costo es alto. Allí se revela si el Evangelio sigue siendo el centro o solo una referencia distante.
Ser luz del mundo implica aceptar que esa luz también ilumine nuestras sombras y confiar en que solo la verdad, aunque duela, puede abrir caminos de sanación y esperanza.
