Un boceto a lápiz de la madre Anastasie Brown muestra los terrenos de las Hermanas de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods, Indiana [Estados Unidos], en 1842. Las anotaciones de la Jna. Maurice Schnell aparecen en el boceto, que forma parte de un libro encuadernado de dibujos fechado entre 1842 y 1889. El granero y la casa contigua de la comunidad se incendiaron el 2 de octubre de 1842. (Foto: Wikimedia Commons/dominio público/Archivos de las Hermanas de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods/Anastasie Brown)
Parece que últimamente, allá donde miremos, encontramos a alguien predicando sobre la importancia de la esperanza, escribiendo artículos que nos instan a no perderla, pronunciando discursos o componiendo canciones sobre ella. De hecho, las Hermanas de la Providencia hemos elegido el tema "Sembrando semillas de esperanza" para nuestro Capítulo General de 2026.
El enfoque es comprensible. En estos momentos están ocurriendo cosas muy difíciles: violencia, división, tragedias tanto a nivel personal como global. Por lo tanto, parece fácil perder la esperanza.
Cuando empecé a reflexionar sobre la esperanza, acababa de conocerse la noticia del tiroteo en la iglesia de la Anunciación en Minneapolis [Estados Unidos]. Poco después llegaron las noticias de un tiroteo en un instituto de Evergreen, Colorado [Estados Unidos], y del trágico asesinato de Charlie Kirk ese mismo día.
Mientras tanto, la guerra sigue causando estragos en Gaza, Ucrania y Sudán. El 10 de octubre, otro ser humano condenado a muerte fue ejecutado en el norte de Indiana [Estados Unidos]. Y recientemente me enteré de que 300 inmigrantes estaban recluidos en la cárcel del condado de Clay, en Brazil, Indiana, que funciona como centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).
Sería fácil perder la esperanza.
Me encontré pensando, o tal vez rezando: "¿Qué haría la Santa Madre Theodore Guerin si estuviera hoy entre nosotros? ¿Tiene su vida algo que decirnos sobre cómo no perder la esperanza?".
Ella tenía una confianza inquebrantable en la Providencia. Era el epítome de las palabras del Libro del Eclesiástico: "Confía en Dios, y Dios te ayudará; endereza tus caminos y espera en el Altísimo".
Empecé a preguntarme: ¿Cómo podría su respuesta a las dificultades de su época inspirar esperanza en la nuestra?
¿Cómo mantener la esperanza en medio de la violencia y la división del mundo actual? La Hna. Dawn Tomaszewski encuentra una respuesta en Santa Madre Theodore, cuyo ejemplo le permitió en su tiempo afrontar situaciones adversas sin claudicar.
Los relatos históricos indican que las décadas de 1840 y 1850 en Estados Unidos y en Indiana fueron períodos de importante inmigración procedente de países católicos, impulsada tanto por las dificultades económicas en Europa como por las perspectivas de oportunidades económicas en Estados Unidos.
La inmigración masiva también creó una necesidad crítica de servicios sociales, educación y apoyo religioso, lo que provocó la llegada de muchos grupos misioneros católicos de mujeres, entre ellos las Hermanas de la Providencia.
Desgraciadamente, esto también provocó un sentimiento anticatólico generalizado, especialmente entre los protestantes. Creían que los católicos eran una amenaza para la cultura, los valores y las instituciones estadounidenses. Este sentimiento cobró vida sobre todo a través del Partido Know-Nothing, cuyos objetivos y creencias incluían restringir la inmigración y la naturalización, reservar los cargos públicos solo a los estadounidenses que habían llegado antes al país y limitar la influencia católica en las escuelas.
A este sentimiento anticatólico se sumaba la situación de la mujer. En 1848, en la Convención de Seneca Falls, activistas como Elizabeth Cady Stanton reclamaron el sufragio femenino y la igualdad de derechos. Ambas condiciones crearon un conflicto tremendo para nuestras hermanas y grupos como el nuestro.
La Santa Madre Theodore Guerin aparece representada en una imagen publicada por las Hermanas de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods, Indiana. La misionera de origen francés fue canonizada en 2006. (Foto: CNS/Cortesía de las Hermanas de la Providencia)
¿Cómo se reflejó esto en la vida de la congregación que dirigía Theodore?
Para mí, no hay ejemplo más claro que el incendio del 2 de octubre de 1842. Durante la mayor parte de ese año, la pequeña comunidad de Providence luchó por llegar a fin de mes. El sentimiento anticatólico influyó en las familias para que retiraran a sus hijos de nuestra escuela, lo que provocó una disminución de la matrícula en el internado y una pérdida significativa de ingresos. Los acreedores se negaron a conceder más créditos. El obispo, que había prometido pagar las deudas de la congregación, utilizó el dinero para mejorar su convento y construir la nueva iglesia parroquial. No es de extrañar que estos años se denominaran "Los años de nuestro dolor".
La temporada de siembra de 1842 había dado una cosecha abundante. Con sus provisiones guardadas a buen recaudo en el granero, la comunidad de Providence celebró la fiesta de los Santos Ángeles y el cumpleaños de la Madre Theodore el 2 de octubre en la paz de un día de retiro. Esa paz se vio perturbada por el terrible grito de una postulante: "¡Fuego! ¡Fuego!".
Un Libro de salmos utilizado por la Santa Madre Theodore Guerin se exhibe en su santuario el 6 de octubre de 2016, en la congregación de las Hermanas de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods, Indiana. (Foto: CNS/Katie Breidenbach)
Lo que siguió podría haber sacudido al espíritu más fuerte, especialmente cuando se sospechaba que este incendio parecía ser "el resultado de un acto malicioso".
De entre los escombros de este incendio y la pérdida de sus provisiones nuestra Santa Madre Teodora se convirtió en una arquitecta de la esperanza.
Al día siguiente del incendio, escribió una carta a la Madre María en Francia, describiendo sus intentos por apagar el fuego:
No teníamos agua, ya que no tenemos ni pozo ni cisterna; tomamos el agua que nos es indispensable de un pequeño manantial que brota naturalmente y que apenas basta para las necesidades de la casa; nuestro único recurso era el buen Dios. Dejé a todos trabajando y me dirigí un momento ante nuestro Señor para pedirle que protegiera esta casa, que le había sido confiada y donde se dignaba vivir; fortalecida y llena de confianza, volví con los trabajadores... Casi todos tenían algunas quemaduras, pero por una Providencia especial, nadie resultó gravemente herido... Nuestro trigo, nuestro pobre trigo, todo aplastado, ardió ante nuestros ojos.
En la carta también informó que su casa se salvó y concluye: "El buen Dios nos ha preservado... y todo nos da esperanzas de que lo peor ya ha pasado".
En el centro de su proyecto de esperanza estaba la confianza absoluta en este Dios bueno.
Jesús proclama esa misma verdad en la lectura del Evangelio que siempre leemos en su festividad, el 3 de octubre: "No temáis más, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre (nuestro buen Dios) le complace daros el Reino".
El buen Dios nos ha preservado; nuestro buen Dios nos preservará.
La esperanza de la Madre Theodore era activa. Tenía la mirada puesta en la misión y trabajó decididamente para hacerla avanzar. Ese era su plan. No dejó que el fracaso o el odio le impidieran llevar la luz de un Dios amoroso y bondadoso al desierto.
A pesar de las terribles circunstancias de la comunidad, continuó con la costumbre de sus fundadoras francesas de abrir una escuela gratuita para niños pobres cada vez que abrían una escuela para niños cuyos padres podían pagar la matrícula. Esa primera escuela gratuita estaba en St. Mary's Village, Indiana.
No dejó que el sentimiento anticatólico le impidiera admitir a niños no católicos en su escuela. En una carta de 1850 a su querido amigo y confidente, el obispo Bouvier de LeMans, Francia, dice que siempre hay entre 600 y 700 alumnos en sus escuelas. Aproximadamente dos tercios son católicos. Sobre el otro tercio, bromea: "Casi podríamos decir que el otro tercio también son católicos".
Veo la esperanza de Theodore viva en sus decisiones diarias. Joanna Macy y Chris Johnstone, autoras de Active Hope, definen la esperanza como "la participación activa en la creación de un futuro mejor, una herramienta para la resiliencia y el empoderamiento que permite a las personas y las comunidades responder a circunstancias difíciles transformando la ansiedad en propósito y acción".
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La misma carta de Madre Theodore al obispo relata sus propias inquietudes. Escribe que se les pidió que se hicieran cargo de los niños del orfanato porque el padre Sorin, líder de la congregación Holy Cross en Indiana, no podía enviar hermanos para esta labor. Admite: "Me temo que no lo conseguiremos…", y luego añade: "Bueno, Haremos todo lo posible".
A menudo vuelvo a esas palabras: "Haremos todo lo posible".
Quiero que esas palabras sean el modelo de mi esperanza. Quiero tomar cualquier inquietud que pueda tener sobre todo lo que está sucediendo en mi vida y en nuestro mundo y hacer todo lo posible por transformarla en esperanza activa, en propósito y acción para la vida de nuestro mundo.
La Madre Theodore me recuerda que "... nuestra esperanza está en la providencia de Dios, que nos ha protegido hasta ahora y que, de alguna manera, proveerá para nuestras necesidades futuras".
Que yo pueda contribuir a que así sea.
Nota: Este artículo se publicó originalmente en inglés el 5 de enero de 2026.
