La alegría en la vida consagrada es el tema de agosto de La Vida. En la imagen, hermanas bailan durante una celebración de la 70.ª asamblea de la Conferencia de Liderazgo de Religiosas (LCWR, por sus siglas en inglés), celebrada en Orlando, Estados Unidos, del 10 al 14 de agosto de 2026. (Foto: Dan Stockman)
Hay momentos difíciles que se quedan grabados en la memoria: decisiones que cambian nuestro rumbo, desafíos que ponen a prueba nuestra fe y situaciones en las que parece que nuestras oraciones se pierden en el silencio. Pero también hay momentos que llevamos en el corazón con una profunda gratitud y asombro. Esos instantes son tesoros de la memoria que con el paso del tiempo nos siguen recordando la bondad de Dios y todo el bien que hemos encontrado en el camino.
Este mes preguntamos a nuestras panelistas: ¿Cuál ha sido el momento más alegre de tu vida, ese que te sorprendió y te acercó más a Dios?
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Cinco #HermanasCatólicas comparten los momentos de alegría que las han acercado a Dios: familia, misión, oración, encuentros y experiencias que transformaron sus vidas. #GSRenEspañol #panelLaVida
La Vida, testimonios de la vida consagrada
Ingrid Zhamaira Cortés Urbina, misionera y catequista, está en la etapa del juniorado de las Hermanas Dominicas de la Doctrina Cristiana. Tiene diplomados en Catequesis (Centro Catequístico Obra Niño Jesús, Colombia), Pastoral Juvenil Vocacional (Cebitepal del Cema) y Antiguo Testamento (Instituto San Pablo). Ha trabajado en Colombia y Perú con diversas poblaciones en contextos urbanos y rurales, en retiros y formación de grupos parroquiales. Actualmente reside en Perú y continúa su formación académica y espiritual.
Luego de donar mi vida y corazón al Señor, Él me concedió una alegría que no es de este mundo: la conversión progresiva de mi familia, lo cual agradezco infinitamente.
Al ingresar al postulantado tuve que irme de casa. El convento de formación de mi congregación quedaba muy lejos. Nunca me había ido y mucho menos había dejado Bogotá, mi ciudad natal. Era una experiencia nueva y dolorosa, especialmente para mi familia. Veía en sus rostros una tristeza que traspasaba mi corazón. Con el tiempo y la oración, aquella tristeza se convirtió en desprendimiento mutuo.
El primer año hubo poca comunicación con mis padres por un desapego intencional de mi parte. Deseaba entregarme al Señor con todo mi ser, pero en casa no existía ese mismo deseo. ¿Quién iba a imaginar que la 'niña de casa' se iba para no volver? Solo Dios sabe el desarraigo que vivieron mis padres y hermanos al verme partir a tierras desconocidas. Sin embargo, fue un desprendimiento que comenzó a dar frutos de conversión y donación. ¡Un gran misterio!
En aquel entonces, solo yo era activa en la parroquia, mientras ellos se dedicaban al negocio familiar y a ocupaciones del mundo que, sin ser malas, los distraían de lo verdaderamente importante.
El abrazo y la cercanía pueden ser signos de una alegría que transforma los vínculos. (Foto: Pixabay)
Pasados cinco años, el Señor llevó sus corazones a la oración y a la eucaristía dominical. Cuando mi madre me contó sobre el grupo de oración que se reunía en casa, su servicio parroquial y cómo acogían a las hermanas de mi congregación, sentí una alegría inexplicable al saber que Dios sanaba sus corazones a través de la fe.
La última vez que los visité, ya se veían en las paredes cuadros de la Virgen Santísima y del Sagrado Corazón de Jesús, además de tres pesebres que me mostró mi madre y que ponían en distintos lugares. "¿Qué pasó aquí? ¿Quién se llevó a mi mamá?", pensé. Incluso mis hermanos me pedían que les compartiera el Evangelio por WhatsApp. Papá no expresaba mucho, pero sentía su apoyo incondicional.
Comprendí que el Señor ocupó mi lugar en mi ausencia, cumpliendo la promesa que le hizo a santa Catalina de Siena: "Ocúpate de mis cosas, que yo me ocuparé de las tuyas". Ver esto en mi hogar renovó mi entrega y me confirmó que el Señor cuida de mi familia mientras estoy en su misión.
Hoy sigo orando por ellos a diario, especialmente ante el Santísimo, agradeciendo a Dios por sus gracias espirituales y materiales y por la alegría de ver que hoy existe un lugar para Él en sus vidas. Dios permita que perseveren hasta el final.
"La conversión progresiva" de su familia es una alegría que la Hna. Ingrid Zhamaira Cortés Urbina, dominica, atribuye a Dios y a su entrega vocacional. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #panelLaVida
María Eugenia Lloris Aguado, misionera de la Fraternidad Verbum Dei desde 1985, tiene bachillerato en Teología por FAJE (Brasil) y posgrado en Comunicación por la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. Vivió 20 años en Belo Horizonte, Brasil, incluyendo ocho como asesora nacional en la Conferencia Episcopal Brasileña (CNBB). Desde 2016 trabaja en la Amazonía, participando en el Sínodo para la Amazonía y en equipos interinstitucionales. Se especializó en historias y culturas indígenas con Unila y CIMI, enfocándose en el pueblo madiha-kulina. Actualmente está en tránsito para misión en el vicariato de Iquitos, Perú.
Toda mi vida, el motivo de mi vocación y mi juventud han estado marcados por una búsqueda: "¿Hay más alegría? ¿Es posible ser más feliz de lo que soy y vivo? Si la hay, yo la quiero". Esa búsqueda, que me inquietaba durante mi adolescencia, me llevó a experimentar una felicidad distinta y permanente al ofrecer mi vida para que otros vivieran mejor.
En aquel tiempo comencé, por medio de la parroquia, a visitar ancianos, enfermos y personas necesitadas. Así experimenté que 'hay más felicidad en dar que en recibir'. Nada se compara con la felicidad que siento cuando un joven al que acompaño desde su adolescencia o juventud encuentra su camino o su vocación y es feliz. Ver feliz al otro me produce una alegría muy grande.
Esa felicidad también la experimento en cosas sencillas. La siento cuando jóvenes humildes consiguen llegar a la universidad o cuando jóvenes que crecieron en familias desestructuradas y sin recursos logran formar una familia estable, cimentada en el amor y en valores profundamente humanos.
Reconozco que la vida me ha dado también la felicidad de ser camino, puente, lugar de encuentro para Dios. En 2015, dediqué mi vida a acompañar a las comunidades tupinambás de la margen izquierda del río Tapajós, en Santarém, Brasil. Y cuando hacíamos mi despedida, un año me parecía muy poco.
La mayor alegría fue cuando un comunitario me dijo: "No te preocupes, te has sentado a comer el pescado con nosotros, has celebrado nuestras fiestas, disfrutado nuestras costumbres, te has bañado en el río con nuestros jóvenes. Tú has venido de tan lejos, has estado con nosotros como una más y nos has hecho entender el valor de nuestras vidas. ¿Por qué una persona de tan lejos viene a vivir con nosotros? Hemos entendido que Dios nos ama y te ha traído aquí para que veamos que nuestra vida vale mucho".
Esa es una alegría que guardo en mi corazón.
Una vivienda junto al río, en la Amazonía, evoca la experiencia de encuentro y misión compartida que marcó a María Eugenia Lloris Aguado. (Foto: Pixabay)
Hoy en día, cada vez que me abro a acoger la propuesta que Dios me hace de estar en los ríos de la Amazonia, con los más alejados, y caminar con ellos en sus luchas de cada día, celebrando sus conquistas, me hace muy feliz. Reconozco que es un camino propuesto por el Dios de la Vida, que no estoy ahí por interés propio ni en busca de beneficio. En ese andar de gratuidad me uno a Él y a los demás.
Esa es la doble felicidad: entrar cada vez más en comunión con la Fuente del Amor y ser puente, lugar de encuentro para que otros beban de ese Amor, sin importar la religión, confesión de fe u opción de vida, ni tampoco los caminos o las formas de expresión; solo el amor.
Ojalá me encuentre al final de la vida sin nada más que el amor. Sin más deuda ni riqueza que el amor.
En la mochila de mi itinerancia llevo lo esencial: una hamaca y una muda. En la mochila del corazón, solo el amor a Dios y al hermano. Mi corazón está lleno de nombres, de historias, de experiencias sencillas de convivencia que han dilatado mi familia. Los lazos que hemos creado, las luchas que hemos compartido, y las historias que han compartido conmigo, me llenan de alegría.
Y si un día, al pasar de los años me llaman o me mandan un WhatsApp, y me dicen que lo vivido les sirvió, que continúan fieles a lo que aprendimos, que recuerdan lo vivido, que son hoy lo que son por lo que vivimos juntos, de nuevo se encenderá el rescoldo del amor sembrado.
Caminamos juntos en el amor, alegrándonos con el otro. ¿Hay más alegría que ser feliz? Yo creo que sí: hacer que el otro lo sea.
"Ver feliz al otro me produce una alegría muy grande": Hna. María E. Lloris Aguado, misionera de Verbum Dei, sobre su servicio a jóvenes y comunidades de la Amazonía. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #panelLaVida
María Maura Aranguren, originaria de Venezuela, es miembro de la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación. Tiene una licenciatura en Educación con mención en Ciencias Religiosas. Vive en la comunidad del Colegio Nuestra Señora del Valle, en Porlamar, Venezuela, donde coordina la pastoral escolar. Ha sido docente de Educación Religiosa y maestra de primaria, y también ha trabajado en pastoral vocacional, acompañando a grupos de adolescentes y jóvenes. Actualmente coordina el coro Siempre con María en la parroquia San Nicolás de Bari. Disfruta la lectura, el silencio, la contemplación, la naturaleza y los animales.
La Virgen de Guadalupe, símbolo de un encuentro que dejó una huella profunda en María Maura Aranguren. (Foto: María Maura Aranguren)
Agradezco a Dios la oportunidad de haberme permitido vivir una de las experiencias más significativas de mi vida, que me llenó de gozo y fortaleza y me conectó espiritualmente con la Madre de Dios bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. La viví en 2017, cuando fui convocada a la Asamblea Provincial de mi congregación, celebrada en México.
Antes de iniciar la asamblea, todas las hermanas convocadas peregrinamos hacia la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Durante el camino cantamos a la Virgen y rezamos el rosario. Mientras caminábamos, nos sorprendió la lluvia, que llegó acompañada de granizo. Lejos de desanimarnos, seguimos cantando, aunque estábamos un poco mojadas.
Al llegar a la basílica, vi a muchas personas con una devoción y una fe mayores que las mías. ¡Qué devoción! Al entrar, mi gran deseo era verla a ella, estar cerca de ella y rezarle. Y así fue. Estuve mucho rato delante de su presencia. Fue un momento de mucha devoción y amor. Aún lo recuerdo y mis ojos se llenan de lágrimas de emoción. Le pedí por mi país, por mi familia, por las hermanas y por mi propia conversión y fidelidad a Dios. Fue un sueño cumplido y por eso estoy muy agradecida a Dios.
Ya no fui la misma después de este encuentro. Se lo debo a ella, mi Madre Amada, Madre de todos y Madre de Dios.
"Ya no fui la misma después de este encuentro": Hna. María M. Aranguren, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, al recordar su peregrinación a Guadalupe. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #panelLaVida
Nancy Negrón Ortiz, religiosa puertorriqueña de las Hermanas Misioneras del Buen Pastor, estudió Consejería Psicológica en la Universidad del Turabo, Puerto Rico, y es psicóloga licenciada. Actualmente realiza estudios de posgrado en Misionología en la Universidad Católica Boliviana, sede Cochabamba. Ha servido en el liderazgo en su congregación, en la Conferencia de Religiosos/as de Puerto Rico (COR) y en la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR). Como misionera, ha actuado en Puerto Rico y Colombia. Actualmente ofrece acompañamiento psicológico y espiritual a jóvenes, adultos y personas consagradas.
Encuentro de miradas. Casa de Espiritualidad Haro, España. (Foto: Magda Bennásar)
Tendría aproximadamente catorce años cuando un encuentro inesperado cambió para siempre el rumbo de mi vida. Fui invitada a participar en un retiro juvenil y, durante aquellos días, Jesús salió a mi encuentro, no como lo había visto en las películas, sino de una manera cercana y sencilla. Me buscó en una esquina del salón donde me había refugiado para que no me vieran llorar. Allí se arrodilló frente a mí, porque ese es su modo de acercarse al corazón humano: agachándose. Me miró con una mirada penetrante, de esas que sientes que te leen por dentro, pero que no te lastiman porque están cargadas de amor infinito, compasión y misericordia. Quedé sin palabras, sumergida en un silencio profundo. Su manera de mirarme me sorprendió y sembró en mi corazón la certeza de que Él caminaría a mi lado.
Fue un encuentro de miradas, un instante en el que el tiempo se detuvo con sabor a eternidad. Mi rostro se reflejó en sus pupilas como signo de que era visibilizada y reconocida. Su dulce voz pronunció mi nombre y me invitó a iniciar una aventura de amor. Aquel instante inundó mi corazón de una alegría desbordante. Jesús de Nazaret, de quien mi madre me hablaba desde niña, había salido al encuentro de una joven buscadora que anhelaba encontrar un sentido profundo a su vida y, finalmente, lo encontró.
Desde entonces, su tierna mirada me ha acompañado a lo largo de mi vida consagrada y misionera. Su mirada en mi mirada se ha convertido en testigo de múltiples encuentros en los que los ojos se hacen protagonistas. Miro y le veo en los ojos, muchas veces cargados de lágrimas, de las personas que acompaño y que anhelan encontrar una mirada de confianza que les permita levantarse. Miro y le veo en la mirada alegre de mis hermanas de comunidad, que se acercan con cariño a quien sufre. Miro y le veo en la mirada cargada de consuelo de quienes se entregan cada día en la misión compartida para regalar esperanza.
Y la sensación en mi interior sigue siendo la misma que aquella primera vez: una alegría desbordante. Sonrío porque el encuentro de miradas habla un lenguaje que va más allá de las palabras; un lenguaje silencioso sostenido por el amor, capaz de potenciar y sacar a la luz lo mejor que habita en el corazón humano.
Su mirada, mi mirada, nuestras miradas abren horizontes de sentido, y tienen el poder de levantar al caído, desdibujar un rostro sufrido y dibujar en él una sonrisa restaurada.
No hay alegría más plena que transparentar y reflejar la mirada penetrante y cálida de Jesús. Estoy convencida de que una mirada que reconoce, una presencia que acompaña y un abrazo que sostiene anuncian y encarnan el Evangelio.
"No hay alegría más plena que transparentar y reflejar la mirada penetrante y cálida de Jesús": Hna. Nancy Negrón Ortiz, Misionera del Buen Pastor, sobre el encuentro que marcó su vocación. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #panelLaVida
Sandra Margarita Sierra Flores, religiosa de la Congregación de Notre Dame, profesora y licenciada en Teología, ha trabajado en acompañamiento de catequesis, JPIC y pastoral social, además de impartir cursos a jóvenes en formación. Fue secretaria de la Conferencia de Religiosos de Guatemala y actualmente organiza la catequesis en la diócesis de Chalatenango, El Salvador. En estos momentos concluye su maestría en Teología Latinoamericana en la UCA de El Salvador. Disfruta los idiomas, la lectura y la meditación.
Hay oraciones que parecen perderse en el silencio. Y hay días en que el cielo, simplemente, se abre.
Tenía dieciséis años y un sueño claro: terminar mi bachillerato para ingresar a la vida religiosa. Pero el último año de colegio se convirtió en un desierto. No por las notas —que eran buenas— sino por un proyecto que amenazaba con derrumbar todo mi futuro.
Con tres compañeros, creamos una microempresa de cajas para zapatos. Yo trabajaría la madera; ellos, las ventas. Pedimos un préstamo al colegio, compramos materiales e invertimos meses de trabajo. Logramos producir cien cajas perfectas, listas para entregar. Hasta que uno de ellos llegó con la noticia: "El contrato se canceló". Y luego, lo peor: mis compañeros renunciaron, se fueron a otros proyectos y me dejaron sola con la deuda y la responsabilidad.
Sin el pago, no habría graduación. Y sin graduación, adiós a mi vocación.
Pasé semanas en angustia. Salía a parques y lugares de limpiabotas a vender aquellas cajas, sin éxito. Mi familia era pobre; mis padres no podían ayudarme más que con palabras de aliento. Por las noches, escribía mi informe final de más de cien páginas en la vieja máquina de escribir de mi madre, y sacaba copias con el poco dinero que había ganado. A veces, lo hacía sin comer.
Pero también rezaba rosarios enteros, uno tras otro, pidiéndole a Dios un milagro. Y aunque el tiempo pasaba y nada parecía moverse, tomé una decisión: pondría todo en sus manos, hiciera lo que hiciera, ocurriera lo que ocurriera. Ya había hecho mi parte.
Tres pares de zapatillas evocan los caminos compartidos y las historias que se entrecruzan en la vida. (Foto: Pixabay)
Llegó el día de la rendición de cuentas. No tenía el dinero. Me alisté para ir a pedir una prórroga, con el corazón apretado y los documentos bajo el brazo. Fue entonces cuando mi madre me llamó: "Hay un muchacho en la puerta. Te busca".
Era él. El compañero que nos había engañado. Y venía con el dinero completo.
Me pidió disculpas, reconoció su culpa y me entregó todo lo que necesitaba para pagar la deuda. Sin condiciones. Sin letras pequeñas. Solo me pidió que lo incluyera en el trabajo. Acepté, llorando de alegría. Cuando fui al colegio, el profesor me confirmó que, con las deudas canceladas, podría graduarme. Mi compañero, por su abandono, tendría que esperar seis meses. Pero yo estaba libre.
Ese fue el día más feliz de mi vida. No solo por la solución económica, sino porque entendí algo profundo: Dios escucha, aunque parezca que no. Y responde, muchas veces, por caminos que no imaginamos.
Al día siguiente, mi compañero no volvió a buscar las cajas. Nunca apareció. Así que las regalé a quienes pudieran necesitarlas, porque ya no eran mías: se habían convertido en un símbolo de que la fe, cuando es genuina, mueve montañas.
Al año siguiente, con diecisiete años, entré a la vida religiosa. Aquella experiencia con las cajas de madera quedó grabada en mi alma como una certeza: cuando hacemos todo lo que está de nuestra parte, Dios siempre hace el resto. A veces, en el último minuto, pero siempre, siempre, a tiempo.
"Dios escucha, aunque parezca que no. Y responde, muchas veces, por caminos que no imaginamos": Hna. Sandra Margarita Sierra Flores sobre cómo una oración respondió a una crisis que amenazaba su vocación. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol #panelLaVida
