(Foto: Unsplash)
En marzo de 1975 yo tenía 19 años y era una apasionada estudiante de filosofía, con grandes sueños de contribuir a transformar el mundo, a despertar la conciencia de las personas sobre sus derechos y a trabajar por la justicia. Con un grupo de amigos que compartíamos la convicción de que la filosofía no era una actividad de oficina sino un instrumento de cambio social, elaboramos una sencilla revista con los medios de aquella época. Allí publiqué el cuento que ahora comparto.
Hace poco lo encontré entre las cosas que mi padre había guardado durante años. Al releerlo, tuve la sensación de estar recibiendo desde lejos los ecos de una búsqueda que había sido intensa y a veces angustiosa.
La Hna. Lucía Herrerías reflexiona, a través de un cuento suyo, sobre cómo la búsqueda obstinada de un sueño puede dejarnos sordos, ciegos e insensibles ante quienes nos acompañan en el camino vocacional.
La estrella roja
Salió en busca de una estrella roja, brillante y tan grande como sus deseos de encontrarla. Abandonó su vida cómoda de contador de estrellas a las que no tenía tiempo de admirar. Deseaba con toda su alma poseer una estrella grande, roja y brillante, y admirarla día y noche; colocarla en un nicho o colgarla en su cuarto para adorarla como solo puede adorarse a una estrella. Su primer problema fue escoger el lugar más adecuado para buscarla. Empezó por el mar, ese desierto azul sembrado de dunas azules, dunas efímeras como rosas que se deshojan al soplo del viento, como romántico amor adolescente.
Escudriñó cada ola que el mar le ofrecía, en las horas pasadas, sentado en la playa; sus manos revolviendo incansables la húmeda, suave, engañosa, hipócrita arena. Pero no la encontró.
Se sumergió, bajó hasta el fondo de todos los mares del mundo, fue abrazado por las aguas de todos los mares. Hizo de cada grano de sal un compañero, una amiga de cada gota de agua. Caminó mucho, mucho tiempo, dejando sobre el lecho arenoso huellas tristes, mortales y vanas, que el mar borró a su paso porque ya a nadie servirían. Pero allí no había estrellas.
Quiso bajar más, hundirse y llegar al centro de la tierra, al ígneo núcleo generador de estrellas rojas. Pero no le fue permitido porque no había sido suficientemente purificado.
Alguien le dijo que no había sabido buscar, que el mar estaba saturado de estrellas de muchos colores... que eran como las flores de los valles no asaltados por el Hombre, que eran sonrisas de Neptuno repartidas por las nereidas. Pero él no buscaba sonrisas ni flores; él deseaba tan solo una estrella roja que calentara más que el sol, que pintara de rojo sus tardes, sus días y sus noches; un torrente de Rojo que lo abrazara y lo hiciera suyo para siempre.
Entonces empezó a recorrer los infinitos caminos de la tierra, caminos que no llegan sino parten, que marchan inexorablemente hacia la nada; Camino circular en el que cada momento es diferente.
En su viaje oyó voces infantiles que reclamaban su presencia, palabras de mujer que lo llamaban o que ofrecían acompañarle, imprecaciones de hombres que envidiaban su destino o que deseaban ayudarle. Pero él siguió adelante, con la mirada al frente y los oídos prestos tan solo a descubrir los pasos de su estrella. Pero de tanto caminar sin escuchar, se quedó sordo. Y no escuchó a su estrella.
Entonces quiso continuar su exploración en los mares sin peces, en el océano abismal del Universo. Por infinitas rutas aún más infinitas que el circular camino de la tierra. En una soledad más soledad que la del mar erizado por los vientos. Se le ocurrió llamar a gritos a su Estrella, mas si ella respondió, no pudo oírla; y si la pudo oír, no la escuchó porque el idioma que ella hablaba no era humano, porque su voz estaba más allá de los sonidos.
Y siguió caminando por etéreos caminos que él iba creando. Otras muchas estrellas, estrellas blancas, pequeñas, de todos los días, salían a su paso. Pero él no podía ver más que a la suya, a esa que tal vez ni siquiera existía. Las estrellas pequeñas de todas las noches pretendían enseñarle el Camino, pero él no veía, y de tanto caminar sin ver, se quedó ciego. Y no vio a su Estrella.
Algunas frías nebulosas errantes, que vagaban por sus eternas rutas circulares, lo tocaron, lo envolvieron, lo abrazaron, lo hicieron suyo y él no se dio cuenta. Todo él esperaba el abrazo quemante del rojo fuego de su roja Estrella. Y esperando encontrar lo caliente, no sentía ni lo frío ni lo tibio siquiera. Y de tanto caminar sin sentir, quedó insensible. Y no sintió a su Estrella.
Después de siglos de andar —de milenios— un ser que no veía buscaba, solo, una Estrella Grande y Roja; un ser que no oía buscaba, solo, una estrella de pasos de rumor de hojas; un ser que no sentía buscaba, solo, una cálida Estrella. Y no la encontró.
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Al releer este cuento me reconozco en él. Yo tenía grandes ambiciones y no quería que nada ni nadie se interpusiera en mi camino para alcanzar mis metas. No me gustaba trabajar en equipo; sentía que sola avanzaba más rápido y hacía las cosas mejor. Pero, al mismo tiempo, tenía la intuición de que aquel no era el camino, que estaba en peligro de incapacitarme para encontrar mi Estrella.
Poco después, la vida empezó a desmontar mis certezas. Yo, que tenía la firme convicción de no salir con nadie para preservar mi independencia, me enamoré de un compañero y comenzamos un noviazgo con la mayor naturalidad del mundo. Y justo cuando tenía 20 años, Jesús de Nazaret me salió al encuentro y me llamó a seguirlo en ese ideal infinito que era el único capaz de colmar mi corazón.
Descubrí que aquella Estrella no era algo que pudiera poseer ni una meta que pudiera alcanzar yo sola. Era una llamada. Y se recorría en compañía: con Él y con una comunidad de hermanos y hermanas también cautivados por el Evangelio.
Por eso me acompaña desde hace años un verso de León Felipe: "Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo".
Aquí queda el cuento. Y me queda también la pregunta: ¿cuántas veces, en la búsqueda de nuestra vocación, de nuestros sueños o incluso de Dios mismo, caminamos tan empeñados en encontrar una gran estrella que dejamos de ver las pequeñas luces que nos salen al encuentro, de escuchar las voces que nos llaman o de sentir los abrazos que ya nos están indicando el camino?
O quizás… si no hubiera buscado con tanta fuerza, con tanto ímpetu, con tanto empeño, no habría descubierto cómo y con quiénes y con Quién tenía que recorrer el camino.
