(Foto: Unsplash/Janardan Mahto)
Me encontré reflexionando sobre la luz durante un reciente encuentro comunitario que comenzó en torno a la celebración del Deepawali, el festival de las luces. Aunque el festival ya ha pasado, su símbolo permanece conmigo ahora que nos acercamos a la Pascua, otro momento en el que los cristianos proclamamos que la luz brilla en la oscuridad.
En muchas tradiciones religiosas, la gente celebra la victoria de la luz sobre la oscuridad. El Deepawali (o Diwali) en la tradición hindú, el Hanukkah en la tradición judía y las fiestas cristianas de Navidad y Pascua comparten este tema. En el islam, el Corán habla de Dios como "luz sobre luz" (Sura An-Nur 24, 35), una presencia divina que nos guía incluso cuando nos sentimos perdidos.
Mi fe católica me enseña que a Jesús se le llama "la Luz del Mundo" (Juan 8, 12). El Evangelio de Juan nos recuerda: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido" (Juan 1, 5). Sin embargo, hay momentos en la vida en los que esa luz parece lejana.
Hace unos años, viví uno de esos momentos.
La pérdida de mi trabajo la sentí como una tormenta que arrasó mi vida. Había puesto todo mi corazón en ese trabajo, pasando a menudo largas horas tratando de cumplir con las expectativas de todos y de llevar a cabo mis responsabilidades fielmente. Sin embargo, el ambiente a mi alrededor se fue convirtiendo poco a poco en uno de críticas y reproches. Se tomaban decisiones sobre mí sin contar conmigo. Las voces que antes me apoyaban se callaron.
"Si sientes que tu luz es fuerte en este momento, ofrécela a otra persona": Hna. Rexilla Raymond sobre la fe, la amistad y las pequeñas luces que ayudan a atravesar los momentos más oscuros
IMe sentía acorralada por los juicios y agobiada por el desánimo. Mi confianza comenzó a desmoronarse. Empecé a dudar de mi propia fuerza y mis capacidades.
Poco a poco, empecé a encogerme en mi propia piel. El silencio de aquellos en quienes antes confiaba me resultaba ensordecedor. Cada día era como caminar entre la niebla. Por fuera seguía adelante con una sonrisa, llevando la conocida máscara de "todo va bien". Pero por dentro, algo se había oscurecido.
La luz que una vez llevaba —la alegría, la claridad, los objetivos que tenía— parecía haberse apagado.
Entonces empezó a suceder algo inesperado.
Un amigo me envió un mensaje de improviso: "Hola, estoy pensando en ti… no hace falta que respondas… tú importas". El apoyo de un mentor, que me escuchó con compasión y me brindó su presencia tranquilizadora, fue suficiente para que siguiera adelante, sirviendo y sanando a los enfermos. Incluso personas de las que nunca lo habría esperado me ofrecieron palabras de aliento: "Has estado intentando mantener tu luz encendida en soledad. Déjanos ayudarte a volver a encenderla".
Esas palabras empezaron poco a poco a cambiarlo todo.
En medio de todo ese desmoronamiento, tuve una profunda revelación. Durante el Diwali encendí una diya —una pequeña lámpara de barro— y me di cuenta de que incluso una pequeña llama puede detener la oscuridad.
Esa revelación me ayudó a entrar en mi propia lucha.
Desde mis días de colegio, recuerdo haber oído el canto de mantras sánscritos durante celebraciones importantes:
Oṁ Asato mā sadgamaya, tamasomā jyotir gamaya
mrityormā amritam Gamaya, Om śhānti śhānti śhāntiḥ
Su significado es sencillo y profundo:
De lo irreal llévame a lo real,
de la oscuridad llévame a la luz,
de la muerte llévame a la inmortalidad.
Que haya paz
Esta antigua oración del Upanishad, que se enseña en las escuelas, independientemente de la casta, el credo o la religión busca la sabiduría, la claridad y la paz. Es un recordatorio de que la humanidad, a través de todas las culturas, anhela el mismo movimiento: de la confusión a la verdad, de la desesperación a la esperanza.
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En los días difíciles, esta oración cobra vida para mí de un modo nuevo. Me recuerda la interacción cósmica entre la luz y la oscuridad, y que, aunque la verdad parezca lejana, sigue estando presente.
Poco a poco, las partes destrozadas de mi ser comenzaron a recomponerse. Recuperé la confianza en mis servicios profesionales. En esta interacción entre la luz y la oscuridad había ángeles, amigos y mentores que no solo me escuchaban, sino que me apoyaban. Cuando no tenía fuerzas para luchar por mí misma, me ayudaron a escribir cartas a los sindicatos, me guiaron a lo largo del proceso y me recordaron que mi voz importaba. Juntos, luchamos por la justicia. Y con el tiempo, recuperé mi trabajo.
En el proceso, lo que gané fue mucho más que un empleo: fue dignidad. Fue el recordatorio de que no estaba sola.
El Bhagavad Gita dice: "A aquellos que son devotos, yo les destruyo la oscuridad con la lámpara de la sabiduría" (10.11). He llegado a creer que la lámpara de la sabiduría suele llegar en forma de personas que aparecen cuando menos lo esperamos. La justicia siempre se niega a mirar hacia otro lado cuando nos servimos unos a otros con amor y responsabilidad compartida.
A medida que nos acercamos a la Pascua, los cristianos recordamos la historia de la resurrección: la creencia de que la vida puede surgir incluso de la oscuridad más profunda. Para mí, ese mensaje se hace eco de la sabiduría que se encuentra en muchas tradiciones: la luz siempre aparece cuando la oscuridad es más sombría.
Si sientes que tu luz es fuerte en este momento, ofrécela a otra persona. Y si apenas te mantienes en pie, ten presente que nunca se pretendió que lo lográramos solos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 20 de marzo de 2026.
