La Hna. Vicky Larson, presidenta de la LCWR, pronuncia el discurso presidencial el 12 de agosto durante la asamblea de la organización en Orlando, Florida, Estados Unidos. (Foto: GSR en español/Helga Leija)
"Si la melodía revela la belleza de cada una de nuestras voces, la armonía revela lo que es posible cuando esas voces se encuentran".
La Hna. Vicky Larson, presidenta de la Conferencia de Liderazgo de Religiosas (LCWR, por sus siglas en inglés), recurrió a la música el 12 de agosto para explicar la sinodalidad durante la celebración del 70.º aniversario de la organización en Orlando, Florida, Estados Unidos. Unas horas antes, la Hna. Nathalie Becquart, misionera javeriana, había comparado la sinodalidad con una "migración cultural".
Las dos imágenes, la migración y la armonía, nos llevan a una misma realidad. La Iglesia está llamada a dejar atrás formas conocidas de relacionarse y a aprender a acoger los dones de los demás.
Becquart, subsecretaria del Sínodo de los Obispos en el Vaticano, explicó que la sinodalidad es una "migración cultural" y afirmó que la Iglesia está llamada a pasar de una cultura marcada por el clericalismo, las estructuras jerárquicas y la autosuficiencia institucional a una cultura de escucha, corresponsabilidad, discernimiento y verdadero intercambio.
La Hna. Helga Leija reflexiona sobre la sinodalidad a partir de la 70.ª asamblea de la #LCWR y la metáfora musical de su presidenta, Vicky Larson: escucharnos para crear juntos una nueva armonía. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #CLAR
Una Iglesia que aprende a escucharse
Migrar significa dejar atrás lo conocido y adentrarnos en un lugar que todavía no conocemos del todo. No siempre sabemos qué vamos a encontrar al otro lado. Y aunque nos vayamos, llevamos con nosotros las costumbres, las ideas y las maneras de relacionarnos que aprendimos en el lugar que dejamos.
Quizá eso ayude a entender por qué la sinodalidad no resulta fácil. Durante mucho tiempo hemos aprendido a ser Iglesia de un cierto modo. Sabemos quién habla, quién enseña, quién decide y quién escucha. Cambiar esas formas de relacionarnos no consiste simplemente en modificar estructuras. Supone aprender una nueva manera de vivir como Iglesia y, en última instancia, dejarnos transformar también nosotros.
Para Becquart, el corazón teológico de esta nueva manera de ser Iglesia está en el intercambio de dones. Nos necesitamos unos a otros porque "ninguna voz, tradición o carisma por sí solo puede expresar toda la riqueza de la Revelación". Y, al citar el documento final sobre la sinodalidad, recordó que "cada carisma aporta algo irremplazable a nuestra comprensión de Cristo y del Evangelio".
En su discurso presidencial, Larson —de las Hermanas de la Presentación de Dakota del Sur— comparó cada carisma con una nota musical. Haciendo uso de su formación musical, explicó que cada nota tiene su propia belleza, pero que necesitamos también melodía y armonía. Dijo que la armonía no significa que todos los instrumentos toquen la misma nota. Al contrario, si todos tocaran siempre la misma nota, perderíamos mucho de la belleza de la música. La armonía nace precisamente de esa diferencia. Cada instrumento conserva su sonido propio pero al unirse a los demás pasa a formar parte de algo más grande.
Eso es precisamente lo que significa reconocer los carismas como dones. Mi carisma como benedictina no deja de ser valioso porque el carisma de otra persona sea diferente del mío. Y mi vocación no se realiza plenamente solo al reconocer los dones que he recibido. También necesito descubrir y reconocer los dones que Dios ha puesto en los demás.
Larson habló de la invitación de san Benito a escuchar "con el oído del corazón". Escuchar de esa manera requiere algo más que oír palabras. Nos pide hacer silencio dentro de nosotros para poder acoger lo que la otra persona nos ofrece. Recordó también la enseñanza del monje trapense Thomas Keating, quien dijo que "el primer lenguaje de Dios es el silencio".
La escucha es fundamental para una Iglesia que todavía está aprendiendo a vivir la sinodalidad. Podemos crear todos los espacios necesarios para que las personas hablen y, aun así, seguir sin ser una Iglesia que escucha. Podemos oír sin escuchar realmente.
Escuchar, dijo Larson, "requiere que acallemos el ruido del ego", esa parte de nosotros que ya está preparando una respuesta, defendiendo una posición o decidiendo de que la otra persona está equivocada.
Larson habló de escuchar en busca de la resonancia, como hacen los músicos cuando afinan sus instrumentos o buscan que sus voces suenen como una sola. Pero también habló de escuchar en busca de la disonancia, y eso puede ser un poco más difícil, porque la disonancia es incómoda, y no suena bien. Sin embargo, en la música, la disonancia puede crear una tensión que nos lleva hacia algo nuevo. En una comunidad sucede algo parecido: los desacuerdos pueden abrirnos a mirar las cosas desde la perspectiva de otra persona.
"La escucha es fundamental para una Iglesia que todavía está aprendiendo a vivir la sinodalidad": Hna. Helga Leija, tras participar en la 70.ª asamblea de la #LCWR. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #CLAR
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Escuchar también la disonancia
La sinodalidad nos invita a prestar atención a lo que esas notas disonantes pueden estar diciéndonos. Para hacerlo, Larson habla de la necesidad de "reeducar nuestra memoria muscular comunitaria". Las comunidades, al igual que las personas, desarrollan hábitos. Aprendemos a responder al cambio, al desacuerdo, a la pérdida y a la incertidumbre. Con el tiempo, podemos acostumbrarnos a hacer las cosas de una determinada manera simplemente porque siempre se han hecho así. Pero entrar en una nueva época puede exigirnos aprender nuevas formas de escuchar.
Larson sabe lo que significa este tipo de cambio porque su propia comunidad lo ha vivido. Su congregación ha tenido que renunciar a obras apostólicas, a su casa madre y, lo más doloroso, a su querida capilla. Eran lugares y apostolados que habían marcado la vida de la comunidad y en los que se guardaban los recuerdos de varias generaciones. Dejarlos atrás significó hacer duelo por lo que habían sido, pero también abrir espacio para lo que vendría. Ahora están restaurando los terrenos de su antigua casa madre con especies nativas y, en el lugar donde estaba la capilla, están creando el Círculo de Paz de la Presentación, un espacio que podrán disfrutar las futuras generaciones. Estos cambios muestran cómo una comunidad puede tomar decisiones difíciles cuando aprende a escuchar tanto la resonancia como la disonancia.
Becquart describió las comunidades religiosas como laboratorios para el tipo de vida sinodal que la Iglesia necesita. La vida religiosa reúne a personas de distintas edades, personalidades, culturas, dones y perspectivas, y les pide aprender a vivir y discernir juntos. La vida religiosa nunca ha existido simplemente para sí misma, dijo; su propósito es la transformación de quienes profesan los votos religiosos y de las personas a las que están llamadas a servir.
Desde la 70.ª asamblea de #LCWR, la Hna. Helga Leija comenta cómo escuchar la resonancia y la disonancia puede ayudar a la Iglesia a acoger otras perspectivas y aprender nuevas formas de relacionarse. #GSRenEspañol #HermanasCatólicas #CLAR
En ese mismo sentido, Larson habló de escuchar juntas el clamor del mundo. En un mundo marcado por la polarización, la desigualdad, la migración, el cambio climático y la división política, aprender a escuchar por encima de nuestras diferencias tiene consecuencias que van más allá de la vida religiosa. Nos exige escuchar no solo al mundo que nos rodea, sino también unas a otras.
La música, tal como la presentó Larson, nos ayuda a imaginar qué significa escuchar de esta manera. Imagino a las religiosas y los religiosos como músicos, cada uno con una voz y su propio instrumento, y a Dios como el compositor. Para tocar juntos, tenemos que escucharnos con atención, mantenernos afinados, seguir el ritmo y estar atentos a los silencios. La música no la creamos nosotros solos. Nuestra tarea es escuchar lo suficientemente bien para interpretar nuestra parte como el Compositor la concibió.
Eso es lo que la sinodalidad pide a la Iglesia: que aprendamos a escucharnos lo suficientemente bien como para tocar juntos. Cuando lo hacemos, la música puede convertirse en algo que ninguno de nosotros podría crear por sí solo, una armonía que refleja la belleza que Dios quiso desde el principio.
