(Foto: Pixabay/Cliff Hang)
Desde hace algunos años, las Hermanas Benedictinas de Mount St. Scholastica, en Atchison, Kansas, Estados Unidos, han sido blanco de una estafa internacional dirigida a congregaciones religiosas.
Todo empieza con un correo electrónico. La remitente se presenta como la hermana benedictina Mary Elizabeth Schweiger, priora de las Hermanas Benedictinas en Estados Unidos. Suena convincente, pero no lo es. En la vida benedictina estadounidense no existe ese nivel de centralización. Los monasterios benedictinos son autónomos. Cada uno tiene su propia priora y su propia forma de gobierno. Esa suele ser la primera señal de alerta.
Aun así, los mensajes pueden parecer muy reales.
Traen un membrete parecido al nuestro, aunque casi siempre con pequeños errores de formato, ortografía o redacción. Me recuerdan a esas imágenes creadas por inteligencia artificial: a primera vista engañan, pero cuando uno las ve con más cuidado, empiezan a aparecer pequeños detalles que no encajan. Siempre aparece algún elemento fuera de lugar, una sombra extraña o algo que rompe la ilusión.
Las cartas explican que benefactores generosos han puesto en manos de nuestra comunidad una gran suma de dinero, la cual deseamos compartir con otras congregaciones y ministerios que sirvan a personas en situación de pobreza. La supuesta donación, explican, se ofrece prácticamente sin condiciones. El único requisito es presentar un informe sobre cómo se utilizaron los fondos.
Ahí es donde aparece la trampa.
Se solicita a las hermanas que envíen sus datos bancarios para poder realizar la transferencia. El correo electrónico promete que posteriormente llegará el comprobante de la operación.
Las cartas incluyen sellos y firmas que parecen auténticos. Ninguno lo es.
"Si una comunidad recibe un mensaje que promete apoyo económico, vale la pena verificar directamente con la congregación involucrada": Hna. Helga Leija alerta sobre estafas que usan el nombre de un monasterio benedictino de Kansas, EE. UU.
Estos correos electrónicos han llegado a comunidades de México, España, Polonia, Filipinas, Hungría, Haití, Brasil, Francia, Italia, Australia y China, entre otros países.
En el mejor de los casos, las comunidades sospechan. Buscan información de nuestro monasterio en internet y se ponen en contacto con nosotras a través del sitio web oficial. Otras llaman directamente para confirmar si es cierto que estamos distribuyendo donaciones para apoyar ministerios en comunidades empobrecidas. Cuando nuestra priora les explica que se trata de una estafa, del otro lado suele haber alivio. La mayoría ya sospechaban que algo no estaba bien.
Otras conversaciones son más difíciles.
Algunas comunidades nos contactan para preguntar por qué el dinero nunca llegó. Se preguntan si enviaron información bancaria incorrecta o si hubo algún retraso en la transferencia. Esas son las llamadas que más me preocupan. Nuestra comunidad nunca ha ofrecido dinero alguno y desconocemos qué consecuencias han tenido estas estafas para las congregaciones que han sido víctimas de ellas.
A lo largo de los años hemos recibido cientos de llamadas y consultas.
Al parecer, los estafadores son bastante convincentes. Lo que más me inquieta no es la sofisticación del fraude en sí, sino la manera en que se aprovecha de la bondad de las religiosas y los religiosos. Los estafadores entienden que la vida religiosa se sostiene sobre la confianza. Las comunidades suelen compartir recursos y responder a necesidades urgentes para apoyar ministerios mucho más allá de sus propios institutos.
Cuando nuestra priora responde a llamadas y correos electrónicos de comunidades que intentan verificar si estas ofertas son reales, una y otra vez se repite la misma experiencia: las comunidades religiosas siguen esperando buena voluntad unas de otras, sin importar el país, el idioma o la cultura. Esa expectativa no nace de la ingenuidad, se ha forjado a lo largo de años de colaboración en la educación, la atención sanitaria y el servicio a las personas pobres o vulnerables.
Pero esa confianza también puede ser usada en su contra.
Aun así, no creo que la respuesta sea dejar de confiar unos en otros. La vida religiosa es fuerte gracias a la confianza y el apoyo mutuo. Esta situación, sin embargo, nos ha hecho estar más atentos a la forma en que nos comunicamos con el público. En nuestra comunidad tenemos la fortuna de contar con personas dedicadas a las comunicaciones, las relaciones públicas y la seguridad informática, que nos ayudan a revisar y verificar los numerosos mensajes y solicitudes que llegan cada día a través de nuestro sitio web.
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Al mismo tiempo, nos dimos cuenta de que la vigilancia interna no era suficiente. Por eso, para proteger a nuestra comunidad y a otras de nuevos fraudes, nuestra priora denunció la estafa ante el departamento de policía local y posteriormente presentó un informe ante el Internet Crime Complaint Center del FBI [Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos].
Nos dijeron que poco podían hacer, ya que nuestra comunidad no era la que había sufrido directamente la pérdida económica, aunque nuestro nombre, nuestro membrete y nuestra identidad estaban siendo utilizados para engañar a otras congregaciones. El FBI explicó que las comunidades que realmente hubieran perdido dinero o compartido información bancaria tendrían que presentar las denuncias por su cuenta, ya que se trata de una estafa que opera a nivel internacional.
Como benedictinas, hablamos con frecuencia de la hospitalidad y la confianza. Respondemos correos electrónicos, recibimos huéspedes y procuramos estar atentas a las necesidades de los demás. Quizás por eso estas estafas resultan especialmente invasivas. No solo explotan nuestra identidad legal, sino también los valores monásticos que consideramos sagrados.
Sin embargo, pienso que estas estafas solo funcionan porque la generosidad entre las comunidades religiosas sigue siendo creíble. Que un monasterio en Atchison, Kansas, apoye ministerios en otros continentes no suena imposible porque eso ha ocurrido durante generaciones.
Tal vez por eso el discernimiento es hoy más importante que nunca. Si una comunidad recibe un mensaje que promete apoyo económico, vale la pena tomarse el tiempo para verificar directamente la información con la congregación involucrada.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 15 de mayo de 2026.
En nuestra experiencia, reportar estos casos a las autoridades locales y al FBI ha sido un paso importante. También animaría a cualquier comunidad que reciba un mensaje similar a que también lo denuncie. Protegernos mutuamente del fraude se ha convertido en una forma más en que las comunidades religiosas se cuidan unas a otras más allá de las fronteras.
