(Foto: Pexels/J. Barboza Meca)
Encontrar a Dios en lo cotidiano es don y tarea. Para mí, en este último tiempo, ese encuentro se ha dado de manera especial en el camino que recorro regularmente para ir a la universidad. Al principio, lo recorría rápidamente y con miedo. Me habían advertido que era peligroso, y yo casi corría, con la mirada al frente, tratando de llegar rápido a la estación del metro.
Ha sido un proceso. Las invitaciones externas e internas, recibidas en clase y en mi oración personal y comunitaria, fueron llevando mi atención al camino. Poco a poco me atreví a mirar, a contemplar el camino, los rostros y los detalles. Encontré una realidad muy dolorosa que siempre había estado ahí y que no me había atrevido a mirar: personas tiradas en la calle, enfermas, pidiendo…
Comencé con una persona. Me decidí a mirarla a los ojos, a sonreírle y a saludarla. Era un señor que todos los días estaba sentado en el suelo del puente para entrar a la estación del metro. Un día, cuando iba a entrar al puente, él me miró y me saludó.
"Empecé pensando que les devolvía la humanidad al mirarlos. Pero son ellos los que me devuelven la humanidad a mí": Hna. Daylenis Lara Rodríguez sobre el descubrimiento del rostro de Dios en quienes viven y trabajan en la calle #UnaMiradaJoven
Después fue otro señor que estaba en una silla de ruedas. Tenía tornillos en las piernas y parecía desagradable. Sabía que estaba ahí, pero no me había atrevido a mirarlo. Un día me propuse saludarlo y, cuando iba llegando al metro, lo encontré. No podía avanzar porque la silla de ruedas estaba atascada. Me acerqué, lo ayudé, lo miré, le sonreí y descubrí un rostro humano, un rostro hermoso.
Así fueron apareciendo más personas en el camino o, más bien, las empecé a ver. Siempre estuvieron allí. Fue difícil y, a la vez, bello. Las personas eran las mismas, pero las veía de verdad y sus rostros me parecían hermosos.
Durante la Cuaresma, de manera especial, me decidí a compartir mi merienda con estas personas del camino. Quería compartirla con alguien diferente cada día y, aunque en algún momento pensé que tendría que repetir personas, no fue así. Me sorprendió encontrar tantas personas en la calle, tan necesitadas.
Al principio, cuando me acercaba, me miraban con miedo o como si fuera una amenaza. Luego, cuando sacaba lo que les quería compartir, su mirada cambiaba. Algunos me daban las gracias o me sonreían. Lo recibían como un niño cuando recibe un gran regalo. Otros casi devoraban lo que les ofrecía al instante.
A veces encontraba personas dormidas en la calle o en las terrazas (los portales o la entrada de las casas) y les dejaba la comida al lado para que la encontraran al despertar.
Una vez pasó algo que no me esperaba. Pasé junto a un señor que estaba tirado en el suelo. Se veía mal. Me detuve para compartirle algo de comer, pero él lo rechazó. Me sonrió, me dio las gracias y no lo recibió.
Ese día pasaron por mi mente, mi corazón y mi oración muchas cosas. Realmente, ese hombre necesitaba algo diferente. No simplemente algo de comer, sino respuestas concretas a todo lo que lo había llevado a estar ahí. Pensaba en toda la injusticia estructural, en las distintas formas de pobreza, en todas las personas del camino y en el modo de poder ayudar más.
Reconocía que lo que hacía no solucionaba los problemas de esas personas, pero sentía que quizá podía ser, al menos, una pequeña luz.
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También descubrí a otras personas en el camino: algunos trabajadores informales; otros, con oficios sencillos, a quienes me propuse saludar cada día. Trabajan duro y pasan todo el día en la calle, muchos en el mismo lugar, tratando de vender lo poco que tienen.
Está una señora que siempre se sienta en el mismo sitio, con su cajita abierta, ofreciendo algunos dulces. Otra, está siempre en la esquina con su niña. Está también una señora mayor que vende café y cosas variadas. Y una que barre la calle cerca de la universidad. Está también un señor mayor que vende dulces, sonríe y les desea cosas buenas a todos los que pasan por su lado.
Todas estas personas son del 'mundo trabajador pobre' y, en muchos momentos, me descubrí pidiendo por ellos y, como a los otros, mirándolos, saludándolos y sonriéndoles. Empecé pensando que les devolvía la humanidad al mirarlos, porque muchos los ignoran y pasan como si no existieran. Pero me di cuenta de que son ellos los que me devuelven la humanidad a mí.
Ha sido hermoso reconocer cuánta ternura hay en el camino, cuánta gente linda y especial, y poder descubrir en sus rostros el rostro de Dios.
Estas experiencias del camino me siguen invitando a abrir la mirada, a desarmarla de odios y miedos. En una realidad como la que estamos viviendo, de guerras, conflictos y polarización, donde se está volviendo 'normal' mirar al otro como posesión o propiedad que puedo adquirir o utilizar, la invitación es vivir el camino como Jesús, con coherencia y sencillez.
Eso comienza por aprender a mirar de otra manera, dejando que cada encuentro transforme también nuestro corazón. Solo desde esa mirada nueva es posible mirar como él miró, con entrañas compasivas; detenernos ante la tierra sagrada que es el otro; compartir el pan y la palabra; partirnos y repartirnos en los encuentros cotidianos. Como Jesús, estamos llamados a caminar por la vida haciendo el bien, buscando la justicia y sembrando esperanza.
