(Foto: Unsplash/Erick Zajac)
La espiritualidad de los católicos de la primera mitad del siglo XX, al menos en América Latina, estaba bastante teñida de una frase que se repetía a menudo: "Aquí en la tierra tenemos que sufrir con resignación, porque nuestra felicidad está en el cielo". Con estas palabras, u otras similares, se alimentaba una dinámica que llevaba a poner el concepto del "Reino de Dios" más allá de las nubes.
Pasados los años, y de la mano de la sociología y la teología de los años sesenta, comenzamos a considerar el Reino de Dios que se hace presente acá, en medio nuestro, incluso a través de nuestras humanidades: un Reino que se construye, que se prepara o que se recibe como don. Esos tres acentos marcaron también épocas dentro de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.
No creo que tengamos que volver atrás. Sin embargo, sí tengo la impresión de que este tiempo, por duro que sea, nos está invitando a una nueva síntesis de fe. Sin abandonar el compromiso por construir el Reino aquí y ahora, quizá necesitamos redescubrir que su plenitud no está en este mundo.
En medio de guerras, crisis y desesperanza, la Hna. Susana Pasqualini propone una nueva síntesis de fe para seguir construyendo el Reino de Dios. "La historia no tiene la última palabra", escribe. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
Hace un tiempo comenzamos a experimentar que se nos iban 'quemando los papeles'. Muchas de las certezas sobre las que habíamos construido nuestra vida comenzaron a tambalearse. La confianza en el progreso, en las instituciones, en la democracia, en la paz o incluso en la capacidad de la humanidad para resolver sus problemas dejó de parecer tan firme como antes.
La posmodernidad puso en crisis esos grandes relatos que durante décadas dieron sentido a la vida colectiva, como la confianza en el progreso, en la razón o en un futuro cada vez mejor. Y en estos últimos años parece que también se han debilitado los pequeños relatos que sostienen la vida cotidiana: la confianza en el vecino, en la comunidad, en la familia, en el trabajo o en el futuro de nuestros hijos.
La pandemia fue uno de los acontecimientos que hizo más visible esta fragilidad. Pero no fue el único. También asistimos al cuestionamiento de los acuerdos internacionales, al resurgimiento de las guerras, al avance de discursos de odio y a una creciente sensación de desesperanza a la que nos vamos acostumbrando cada vez más. Nuestro planeta agoniza, y seguimos viviendo como si nada pasara.
La apocalíptica parece surcar nuestros horizontes. Las películas que mirábamos hace 10 o 20 años como ciencia ficción se han hecho realidad.
Por eso a los que creemos en Jesús nos hace bien leer nuevamente el Apocalipsis, el último libro de la Biblia.
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Igual que para aquellos primeros cristianos, también para nosotros se transforma en un libro de esperanza. Descubrimos que, aunque tenemos que seguir construyendo el Reino de Dios, también tenemos que acordarnos de que la felicidad completa no está en este plano. Y mientras seguimos intentando hacer más feliz la vida, sobre todo la de los que más sufren, se transforma en Buena Noticia aquello que nuestros abuelos tenían muy claro: nuestra patria definitiva no está aquí, esto también pasará; y lo único que no pasará es el amor, dado y recibido.
Tal vez esa sea la nueva síntesis de fe que este tiempo nos está regalando. No abandonar el compromiso con la historia, pero tampoco olvidar que la historia no tiene la última palabra.
¿Y qué lugar tiene la vida religiosa en todo esto? Creo que, a la par que continúa preparando, recibiendo y construyendo el Reino, la vida religiosa se convierte, junto a otros, en acompañante terapéutica de esos pequeños relatos sostenidos por la esperanza para que no mueran, para que cobren fuerza y se rehabiliten. Esos relatos otorgan el sentido de vida por el que muchos de nuestros contemporáneos están clamando, de diversos modos: con lágrimas o con silencios, con suicidios o con adicciones, con indiferencia o con arrebatos de ira. También orientan la vida a ese 'más allá' que da orientación a todo 'más acá'.
¡Que el Señor nos regale ser parte de la resistencia del amor y de la vida jugada en favor de los demás y que sigamos construyendo tu Reino, Jesús, entre los más pobres y abandonados, y mirando junto con ellos hacia el Reino que Vos estás acondicionando en el más allá, para todos, todos, todos!
