El bautismo de Cristo, óleo de Nicolas Poussin, 1642. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él yo dije: 'Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo'. Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel". Juan dio este testimonio: "Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: 'Aquél sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo'. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios"» (Juan 1, 29-34).
El domingo pasado el Evangelio de Mateo nos relataba el bautismo de Jesús. Este domingo el Evangelio de Juan también nos habla de ese suceso, pero notemos que no nos relata el hecho del bautismo, sino el testimonio que da Juan el Bautista de ese acontecimiento.
Recordemos que el evangelista Juan quiere que su Evangelio sea un testimonio de fe de la vida de Jesús, y por esto nos relata de esa forma este acontecimiento. Los hechos son muy similares a los que vimos el domingo pasado: el Espíritu baja del cielo en forma de paloma y se posa sobre Jesús. Pero el énfasis está en diferenciar el bautismo de agua que realizaba el Bautista y el bautismo en el Espíritu que va a realizar Jesús.
Un bautismo que transforma: Jesús inaugura el "bautismo en el Espíritu", que supera la lógica del castigo y nos introduce en la gracia y la misericordia incondicional de Dios, explica la teóloga Consuelo Vélez
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Es decir, se marca la novedad que trae Jesús: el bautismo en el Espíritu, realizado por el mismo Hijo de Dios. Ese es el bautismo que ya nosotros recibiremos, distanciándonos de un bautismo de conversión basado en el castigo a uno de gracia y misericordia incondicional de Dios hacia cada uno de sus hijos e hijas.
Antes de esto que hemos relatado, el Evangelio comienza con Juan el Bautista dándole un título cristológico a Jesús: "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Los exégetas relacionan el uso del término 'cordero' con diferentes aspectos de la vida judía. Podríamos señalar aquí la relación con el cordero ofrecido tantas veces en el templo, que con Jesús ya no hace falta ofrecer más, porque su entrega es de una vez para siempre. También podría relacionarse con el siervo sufriente de Isaías que es llevado al matadero como un cordero. Sea la interpretación que sea, Jesús es el cordero que ha entregado su vida para nuestra salvación y esta entrega tiene valor salvífico para siempre.
Por lo tanto, el Evangelio nos invita a dar testimonio, como lo hizo Juan el Bautista, de todo lo que hemos visto y oído de Jesús para que muchos otros puedan creer en este "Cordero de Dios" que transforma toda la realidad.
