(Foto: Unsplash/Todd Kent)
Hay recuerdos que permanecen intactos en el alma. Yo tenía once años cuando viví un acontecimiento que marcó un antes y un después en mi historia. No sabía ponerle nombre, pero algo dentro de mí cambió para siempre. Sentí que Jesús me miraba de una manera distinta, como si pronunciara mi nombre en lo más profundo del corazón. Aquella experiencia no fue espectacular hacia afuera, pero sí profundamente transformadora por dentro.
Desde entonces comenzó un diálogo silencioso con Dios que me acompañó en la adolescencia. Participaba en la pastoral juvenil, servía como catequista y compartía la misión en comunidades vulnerables. En cada encuentro con niños, jóvenes y familias heridas, algo en mí se confirmaba: mi vida encontraba sentido cuando se entregaba. Entre momentos de oración, silencios largos y reflexiones personales, la llamada fue creciendo como una semilla paciente, sostenida por la gracia de Dios y por el testimonio cercano de las hermanas de la congregación. Ellas, sin imponer nada, me mostraban con su vida que era posible amar así.
Mi discernimiento no fue lineal ni exento de lágrimas. Hubo luchas internas, preguntas, temores y también incomprensiones. Aunque mis padres me formaron en la fe y me enseñaron el valor del servicio gratuito, para mi madre no fue fácil aceptar que su hija quisiera ser religiosa. Recuerdo sus silencios, sus dudas y también su amor profundo. Ese proceso nos transformó a las dos. Yo aprendí a esperar, a no imponer mis tiempos y a confiar en que, si la llamada venía de Dios, Él mismo abriría caminos. Y así fue. Con el paso de los años, las resistencias se fueron suavizando y la paz se hizo más clara en mi interior.
El día que ingresé formalmente a la congregación, fue mi propia madre quien me llevó a la comunidad. Ese gesto selló mi historia de una manera que todavía hoy me conmueve. Comprendí que la vocación no rompe los vínculos, los ensancha. El amor de Dios no compite con el amor humano, sino que lo purifica y lo hace más grande. Desde entonces camino con la certeza humilde de que fui llamada por gracia, sostenida por la comunidad y enviada a amar sin medida.
“Seguir a Jesús hoy me impulsa a escuchar los gritos y esperanzas de su pueblo, a dejarme afectar por las heridas de las personas en las comunidades, a caminar con paciencia, a descender y acompañar procesos”: Hna. Vuelo en V
Desde la fe sé que mi vocación nació de mi encuentro personal con Jesús, de la experiencia de ser llamada por mi nombre. (Is 43, 1). Ese encuentro inicial, que un día resonó como invitación y promesa, se desplegó en el tiempo como tarea, acompañamiento y entrega. Esa llamada guarda la delicadeza de Dios y la densidad de mi historia, y aunque a veces me descentra, también me pone en camino y me invita a confiar. Como a los primeros discípulos y discípulas, también me dice: "Vengan y verán" (Jn 1, 39) y, más tarde: "Sígueme" (Mc 2, 14).
Al seguir a Jesús experimento un dinamismo que atraviesa toda mi vida. No entiendo la llamada como una decisión tomada de una vez y para siempre, sino como una relación que debo cultivar, renovar, y la cual, a su vez, se despliega y me transforma. En ese proceso voy descubriendo razones, certezas e intuiciones que me sostienen. También aprendo a discernir entre la voz del Espíritu y las voces de mis búsquedas humanas, donde también Él habita.
Seguir a Jesús implica, además, asumir su modo de estar en el mundo. Para mí, la consagración no significa salir del mundo ni buscar refugio espiritual. Reconozco que Jesús no me llamó para apartarme, sino para enviarme (Mc 3, 14). Por eso entiendo la vida consagrada como memoria viva de una misión. Intento vivirla como una manera de estar en el mundo con el corazón anclado en el Evangelio y los pies en la realidad. Seguir a Jesús hoy me impulsa a escuchar los gritos y esperanzas de su pueblo, a dejarme afectar por las heridas de las personas en las comunidades, a caminar con paciencia, a descender y acompañar procesos. Comprendo que la misión no consiste en ofrecer respuestas prefabricadas, sino en encarnarme donde la vida clama, dejarme transformar por los encuentros y discernir los signos del Reino que brotan en medio de la fragilidad humana.
Vivo la comunidad como mediación y hogar. Allí discierno, sostengo, celebro y renuevo la llamada. En ella mi vocación se teje con hilos de humanidad, gracia y paciencia. Reconozco que no me he consagrado para mí misma, sino para compartir en libertad y gratitud el don recibido. Por eso, acompañarnos mutuamente, escucharnos, corregirnos y consolarnos forma parte constitutiva de mi vida misionera. En lo cotidiano descubro que la vocación se concreta en gestos pequeños, en trabajos diarios, en decisiones compartidas y en la búsqueda común de la voluntad del Dios de la vida, que continúa acompañando mi proceso vocacional.
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También experimento que mi vocación se encarna en mi propia historia. Soy una persona con memoria, con entusiasmo y también con cansancio; habito un cuerpo que busca sentido, necesita vínculos y aprende a amar. He comprendido que la llamada no elimina mi humanidad, la transfigura. Por eso no puedo hablar de vocación sin hablar de afectividad, límites, heridas y búsquedas. Jesús llamó a personas reales, con historias concretas, con sombras y deseos. "No tengan miedo" (Lc 5, 10) fue una de sus primeras frases a quienes invitó a seguirle. Dios entiende que el miedo, la vulnerabilidad y la búsqueda son parte de la llamada.
He aprendido que la fidelidad vocacional no consiste en no tambalearme, sino en volver una y otra vez a la 'fuente' que me llamó. Volver al amor primero, dejarme mirar nuevamente por Él con todo lo que soy. Comprendo que permanecer es una apertura confiada en la gracia del Dios de Jesús, que llama, invita y capacita para responder. Vivo la vocación como don y tarea, misterio y respuesta. En medio de crisis, noches y distanciamientos, descubro que el seguimiento de Jesús no se sostiene solo en mis fuerzas, sino en la gracia. La vocación se sostiene en el amor, y Jesús lo expresa con claridad: "Permanezcan en mi amor" (Jn 15, 9). Para mí, permanecer es habitar la relación. Confío en que Él permanece incluso cuando yo me canso de permanecer.
En este tiempo, seguir a Jesús desde la vida consagrada también me invita a reconfigurarme. La realidad me exige buscar nuevas formas de presencia, misión, acompañamiento y escucha. Me invita a nombrar la fragilidad, revisar lo que hago y preguntarme nuevamente por el sentido del envío. Percibo que esta revisión abre caminos de Evangelio y me permite reconectar con el sentido más profundo de mi llamada.
Creo que la vocación consagrada es memoria viva de que la vida se comprende mejor cuando se entrega y de que el amor, cuando se encarna, se vuelve servicio. Me siento llamada para que el Reino acontezca un poco más en este mundo. En ese misterio sigo descubriendo que el seguimiento no consiste en llegar, sino en caminar; no en poseer la verdad, sino en dejarme transformar por ella.
Tal vez, al final, puedo resumir la vocación en esta experiencia: Dios me llama, yo respondo y, en esa danza, la vida se vuelve camino y la historia se vuelve gracia. Permanecer en su amor es permanecer en misión. En ese permanecer, la llamada continúa resonando, susurrando mi nombre y enviándome nuevamente hacia donde la vida clama.
